
Con la recuperación de las Islas Malvinas el día 2 de abril de 1982, la Fuerza Aérea Argentina (FAA) se vio inmersa en un conflicto en el que no estaba preparada ni equipada para afrontar.
Sin embargo, sus pilotos llegaron al conflicto con una preparación teórico-práctica que pronto iba a ser puesta a prueba ya que serían protagonistas de misiones que asombrarían y causarían admiración en todo el mundo por lo arriesgadas, por lo imprevistas y, sobre todo, por la pericia y coraje con que las efectuaron.
Al comienzo del conflicto, la FAA contaba con siete C-130H y dos KC-130H, de los sólo que el C-130H TC-67 estaba fuera de servicio.

La necesidad de contar con aviones de exploración lejana y eventualmente disponer de cierta capacidad de ataque y bombardeo, sobre todo después de haber quedado fuera de servicio los P-2 Neptune de la Aviación Naval, obligaron a la Fuerza Aérea a buscar una solución alternativa y tal vez poco convencional.
Para ello ya se contaba con la valiosa experiencia de vuelos de larga duración sobre el agua.
Explorando el Atlántico Sur
En efecto, el 27 de septiembre 1980 el KC-130H TC-69, despegando desde la Base Aérea Militar Río Gallegos, había sobrevolado por primera vez Grytviken en la Isla San Pedro (Georgias del Sur), la estación científica Corbeta Uruguay en la Isla Morrell del grupo Tule del Sur (Sándwich del Sur) y la isla Laurie en las Orcadas del Sur; efectuando lanzamiento de sacas de correspondencia en las estaciones Corbeta Uruguay y Orcadas.

(foto: Vía Fundación Marambio).
Mas tarde despegó de Río Gallegos, sobrevoló las Islas Malvinas y aterrizó en El Palomar a la madrugada del día siguiente.
El 20 de noviembre se efectuó un segundo vuelo de exploración lejana con el KC-130H TC-70, sobrevolando las islas Georgias del Sur y Sándwich del Sur, con regreso a la BAM Río Gallegos después de volar 17:45 horas ininterrumpidas.
Justamente el TC-67 efectuó el primer vuelo de un Hércules argentino a Puerto Stanley el 26 de febrero de 1981, al que le siguieron dos cruces más desde la BAM Río Gallegos transportando carga general.
Llamativamente, ese avión (el TC-67) fue el único Hércules que no participó de la guerra por encontrarse en reparaciones luego del accidente ocurrido durante el aterrizaje en la Base Aérea Marambio (Antártida) el 23 de noviembre de 1981 con rotura del tren de nariz y daños estructurales en ese sector.
Indudablemente, todos estos vuelos eran de alguna manera la preparación para lo que fue poco más de un año después el vuelo para atacar al petrolero “British Wye” y luego al petrolero “Hércules”.
Un ataque increíble
El Comando de la Fuerza Aérea Sur tenía en conocimiento que buques mercantes y petroleros civiles de distinto tipo abastecían a la Task Force británica de forma permanente, manteniendo un tráfico constante hacia y desde la Isla de Ascensión, muy lejos de la costa argentina y fuera del alcance de los aviones de exploración argentinos.
Estando al corriente de ello y conociendo las propias limitaciones técnicas y, aún cuando la FAA ya venía empleando dos Boeing 707 (TC-91 y TC-92) en misiones de exploración de largo alcance, no había forma de atacarlos a semejante distancia.
Es ahí donde comenzó a funcionar el ingenio de los integrantes de la FAA, quienes decidieron poner en práctica un sistema muy poco ortodoxo, aunque efectivo, al utilizar un C-130 Hércules como bombardero de largo alcance, único avión capaz de cubrir semejantes distancias con un adecuado margen de seguridad.

Peligro de defensas antiaéreas no existían toda vez que en la mayoría de los casos se trataba de buques civiles que navegaban sin ningún tipo de escolta.
Durante el mes de mayo se puso en marcha la idea de utilizar un C-130 como bombardero estratégico, motivo por el cual se eligió al matriculado TC-68 por estar en muy buenas condiciones (como todos los aviones de la FAA en aquella época) y además por haber venido adecuadamente cableado de fábrica.
Por ello, el 21 de mayo se lo llevó al Área de Material Córdoba (AMC), donde se le hicieron las conexiones correspondientes para permitirle lanzar bombas desde los pilones disponibles en los semi-planos.

Hercules “artillado”
En lugar de los tanques auxiliares sub-alares, se instaló un adaptador fabricado a los efectos y del mismo se colgó un lanzador norteamericano MER (Multiple Ejector Rack) capaz de soportar seis bombas Expal (Explosivos Alaveses) de producción española de 250 kg. cada una.
Los trabajos concluyeron a los tres días y el TC-68 emprendió el regreso a El Palomar.
Con la mira de tiro la situación fue distinta: Primero se planteó la posibilidad de que el navegante dibujara una escala horizontal en el parabrisas del Hércules y utilizara ese precario sistema de puntería (algo muy parecido a las mira de tiro de los antiguos I.Ae.24 Calquín), pero finalmente se llegó a la conclusión que lo mejor era instalar una mira MATRA SFOM como las utilizadas por los IA-58 Pucará.

Para extender su radio de acción se le colocaron cuatro tanques sub-alares dentro de la bodega, tal como se hizo con el TC-66 para el vuelo transpolar (aunque en ese histórico viaje fueron colocados solo dos tanques).
No hubo tiempo para hacer muchas pruebas, por lo que el sistema quedó en tan solo siete días en condiciones para ser utilizado cuando se presentase la primera oportunidad.
Más del C-130 bombardero argentino
- «Combatiendo en el Atlántico Sur»
- «Juicio, abandono y redención» (el viernes 7/6 en Gaceta Aeronáutica)
Reconocimientos: Esta serie de tres artículos no hubiese sido factible sin la valiosa cooperación de Juan Carlos Cicalesi (QEPD).