En primera persona: Vuelo de repatriación desde Punta Cana

El típico desorden de los aeropuertos cuando algo falla (foto: H. Diego).

El año había sido activo, fundamentalmente porque nos mudamos a otra ciudad, con todo lo que ello significa y por otros problemas familiares. Así surgió la idea de pasar unos días en Punta Cana, un lugar que ya conocíamos, y optamos por un paquete de Club Med, que parecía muy atractivo.

Viajamos en auto hasta Bariloche a principios de marzo, y de allí por Aerolíneas Argentinas a Buenos Aires, donde pasamos unos días.

Ya se hablaba del tema del coronavirus, y pensamos en posponer el viaje, pero las condiciones para hacerlo eran leoninas, casi había que pagar todo el paquete nuevamente, y eso nos impulsó a seguir, nos dieron (Club Med mediante el vendedor, por mail) todas las garantías de que no pasaba nada. Nadie parecía preocupado por el tema.

Volamos por Avianca y llegamos el lunes 16 de marzo a la mañana a Punta Cana, en un vuelo absolutamente normal, con escala en Bogotá. Se hablaba algo de la epidemia, pero no parecía ser un tema importante. Llegamos al hotel en la mañana y nos recibieron muy amablemente y con total normalidad, de protocolo diría.

El panorama se oscurece

En un almuerzo, al cuarto día de estadía (el paquete era de diez) nos interceptó una persona que preguntó:

Buen día, ¿se van hoy o mañana?

Ni hoy ni mañana. Respondimos.

Y entonces nos informaron que el hotel cerraba y que nos teníamos que ir. Desde ese momento, todo cambio…

El hotel se fue vaciando, porque los huéspedes, mayormente europeos y norteamericanos, se fueron retirando paulatinamente, por gestiones de sus embajadas o porque simplemente se les terminaba el plazo de estadía y se retiraban. Todo fue muy rápido, en dos días no quedó nadie, salvo personal del hotel y alguna que otra familia, además de la nuestra.

El hotel realizo una reunión con los huéspedes que quedaban en la que el único funcionario de habla hispana —el resto de los hispanoparlantes era personal doméstico o de recepción— me dijo claramente que tenía que ir yo mismo al aeropuerto a reprogramar mi vuelo. Le expliqué que había comprado un paquete y que no tenía ningún contacto con Avianca, pero insistió, agregando que ellos no podían hacer nada, que sus gestiones no tenían éxito y que por eso debía hacerlo yo mismo.

Fuí al aeropuerto y, junto con otros argentinos, repactamos en un vuelo que nunca salió. El mensaje de Avianca era: tienes el vuelo, pero no tienes los asientos asignados, y además tu hija tiene otro número de reserva… todo un incordio. En ese momento sentí mucho pánico, porque entendía que así no abordaríamos y sospechaba que el hotel no nos dejaría quedarnos en sus instalaciones.

Pasajeros en el aeropuerto de Punta Cana. Varios en sillas de rueda (foto H. Diego).

Al no poder embarcar el 21 de marzo, volvimos al hotel para pedir explicaciones, la postura insistente de parte de los directivos del hotel era que nos teníamos que ir a dormir al aeropuerto, a esperar un vuelo, que llegaría finalmente el 7 de abril. Pedimos quedarnos, pero se nos negó esa posibilidad y, luego de una discusión, nos echaron escoltados con la seguridad privada y literalmente, nos abandonaron en el aeropuerto a nuestros hijos de 6 y 10 años, mi esposa y a mí, con mi hipertensión y asma declarada a ellos antes del viaje. Una brutalidad sin igual, al punto que algunos empleados del lugar no podían dar cuenta de lo que veían. Estábamos muy lejos de casa, habíamos pagado mucha plata, teníamos pendientes seis días de alojamiento y no esperábamos, ni estábamos preparados para el trato que recibimos.

Por suerte teníamos dólares y con eso nos solventamos. Sé que otros hoteles respetaron los plazos convenidos de estadía, o re ubicaron a sus huéspedes, pero a nosotros ni siquiera nos sugirieron alguna alternativa aun a costo nuestro. Nada. Nos echaron y nos tuvimos que arreglar por nuestros propios medios. Ninguna autoridad dominicana tuvo ningún contacto con nosotros.

Pasajeros sin destino durmiendo en el aeropuerto (foto H. Diego).

La República Dominicana, a esta altura ya tenía un alto número de contagios y muertes, y la proyección no era buena.

Un rosarino, que habíamos conocido en el aeropuerto, desamparado como nosotros, nos pasó un número de teléfono de una argentina que tenía un taxi allí. La contactamos y ella nos ayudó muchísimo a encontrar alojamiento, conseguir insumos y mi medicamento de bronquios. Ella también nos trasladaba al supermercado, a mitad de precio. La conocimos bien, porque estuvimos en contacto con ella diecisiete días, un ángel, un amor de persona, sin su ayuda hubiésemos estado bastante peor, como otros que, por ejemplo, durmieron cuatro días en el aeropuerto.

Las expectativas desde Argentina no eran de un vuelo inmediato. Nos conteníamos en grupos de WhatsApp y hablábamos con otros, pero estábamos muy, muy desesperados, perturbados, con mucho pánico.

Los adultos tratábamos siempre de darle un enfoque divertido a nuestros hijos, pero era muy duro. Teníamos miedo, de contagiarnos afuera del país, de que nos pasara algo, fue horrible y, sobre todo, fue larguísimo. Fue terrible pasar diecisiete días encerrados en otro país.

Los turistas estaban indignados por el rol de Cancillería y de la Embajada Argentina en República Dominicana. Un desastre. Al principio hubo dos grupos de WhatsApp, luego varios. Pero, ante las consultas, el mensaje de la Embajada argentina era de queja por la cantidad de requerimientos, Increíble, Mucha desinformación y sobre todo muy poca presencia. Luego de varios días atendieron algunos casos con medicamentos y pagaron algunos hospedajes, en línea con lo que en ese momento el ministro Solá predicaba por la televisión argentina.

Pasajeros en el aeropuerto en busca de información (foto H. Diego).

Con el correr de los días muchos fueron acomodándose y consiguieron alojamiento, medicamentos y otros suministros esenciales. Pero tenías que ser casi indigente para recibir ayuda de la Embajada argentina, es decir, no tenías que tener plata encima, ni en tu cuenta, ni poder recibir ayuda de un familiar y recién allí, surgía la colaboración. Hubo algunos que pudieron recibirla, pero está claro que si estás en un resort de Punta Cana, indigente no eres, y actuaron sobre esa base.

La embajadora argentina no apareció, a diferencia de otras embajadas como la de Alemania, que envió cuatro funcionarios al aeropuerto para atender a su gente, el cónsul chileno fue al aeropuerto a hablar con su gente… Los desamparados, que nunca pasamos de comunicaciones por WhatsApp, fuimos nosotros los argentinos, hasta el día de la repatriación que dos funcionarios coordinaron el acceso al vuelo en el aeropuerto

La primera respuesta

El día del desalojo, sábado 21, mi mujer, mando un mail a Club Med, dirigido al vendedor, informándole que nos habían abandonado en el aeropuerto, que nos había echado del Village con modos violentos y que eso constituía un abandono de persona. El domingo se contactó con nosotros personal jerárquico de Club Med Argentina, vía WhatsApp.

Después se agregaron otras personas de habla inglesa y personal de seguridad e higiene, todos de Club Med, ya que las autoridades dominicanas nunca cumplieron ningún rol en este tema. Nos invitaron, sorprendentemente, a volver al hotel a una de las suites más exclusivas, a darnos comida y seguridad, siempre por WhatsApp

Otro sector del aeropuerto de Punta Cana en la emergencia (foto H. Diego).

El 25 de marzo, creo, nos notificaron que tenían un lugar en un vuelo para mí, pero que mi familia tendría que esperar, sin fecha, algo inaceptable y que rechazamos.

Luego el 6 de abril nos confirmaron los cuatro pasajes, antes de que salga la oferta de compra del vuelo programado por Aerolíneas.

El vuelo de regreso

Nos fuimos enterando por la tele, las redes sociales y los grupos de WhatsApp de los vuelos de repatriación der Aerolíneas Argentinas. Club Med también nos habló del tema.

Otra vista de los pasajeros varados en el aeropuerto (foto H. Diego).

Pero no hubo ningún censo, trabajo de la embajada o el consulado, para definir quién y por qué viajaría. Viajaron los que viajaron, independientemente de su edad o situación sanitaria. A mi juicio, el acceso fue una cuestión de política y contactos. No dieron prioridad a los mayores, o a los enfermos, nada de eso. Cuando yo me fui, quedaba gente mayor en Punta Cana.

Hubo mucho de tirarse la pelota entre Cancillería y Aerolíneas Argentinas, nada fue claro en ningún momento, nada de nada. De todos modos, yo siempre traté con Club Med, que estuvo a cargo de la gestión. Nunca traté directamente con Aerolíneas Argentinas pero validaba cada paso con amigos que tenían acceso a información oficial de la aerolínea porque se decían mil cosas distintas.

Nuestros pasajes de vuelta los pago Club Med, como correspondía. Pero hubo gente que adquirió vuelos por 57.000, 104.000 y hasta 120.000 pesos argentinos y disparidades así. Disparates que se hacen en una situación desesperada. Había aperturas vía web, se liberaban ventas por minutos. Nosotros quisimos comprar y nunca pudimos.

Personal de Aerolíneas Argentinas en el aeropuerto de Punta Cana dando explicaciones a los pasajeros varados (foto H. Diego).

Por otro lado Avianca fue un desastre. Dejo a un encargado que no podía resolver nada y el jefe, que hablaba por teléfono, nunca se presentó. Sobrevendió pasajes, sacó y puso gente en los vuelos, dividió las reservas, fue lamentable. Ahora ofrecen un bono abierto para que lo aprovechen luego, pero ese bono se desvaloriza… Realmente un desastre.

Entretanto, el ánimo del grupo estaba muy mal, al enorme malestar que siempre hubo se fueron sumando quejas políticas, reproches entre miembros de los grupos de WhatsApp y todo eso. Yo fui saliendo de los chats porque eran insoportables. Así somos los argentinos…

Nos trasladamos por nuestros propios medios al aeropuerto, antes de embarcar nos tomaron la temperatura y firmamos una declaración jurada. Por tratarse de un vuelo de repatriación, la tripulación fue voluntaria, algo que se informó antes de partir.

El vuelo fue normal, cargado de emotividad. Nos dieron un servicio, que realmente no esperaba, por lo cual estoy agradecido, y luego ofrecieron en la cola del avión, bebidas y snacks, todo gratuito.

Los pasajeros

Pero lo que no fue normal fue la gente, que producía vergüenza ajena. Yo estaba sentado en la última fila, y vi pasajeros que repitieron el viaje desde sus butacas hasta los carritos del final hasta ocho veces, cuando el comandante pedía que se quedaran en sus butacas y la señal de cinturón abrochado permanecía encendida.

El día de la repatriación (foto H. Diego).

También hubieron otras cosas realmente desagradables, e inconcebibles en estas circunstancias. Una mujer metió la mano desnuda en un recipiente que contenía hielo para ponerse en su vaso en lugar de utilizar la pinza, para luego sacudirse el agua que le quedó en su mano encima del resto de vasos de plástico y snacks. Después se agarró de todos los asientos para desplazarse, dando muestras de una ignorancia infernal y, sobre todo, de mucho egoísmo. Yo soy asmático y estaba aterrado, pero a ella, que era joven y saludable, y seguramente no era grupo de riesgo, no le importaba nada.

Otro, con guantes de latex, se baja el barbijo para tomar jugo, y a continuación se seca la boca con la mano, que tenia el guante puesto. Mucha ignorancia…

Otro más, fue sujetándose de los asientos para desplazarse, y a mano pelada, tocó la pantalla táctil del asiento de mi hijo. Ahí no aguanté y tuvimos un entredicho, y en ese momento el avión sufre una turbulencia, el hombre se cae, primero hacia la puerta de salida, y luego hacia nosotros…

Y era gente que se pagó un viaje a Punta Cana, gente que se dice “bien”.

La llegada a Buenos Aires

En Ezeiza nos recibieron ordenadamente, y nos destinaron a cada uno al lugar que correspondía de acuerdo a su domicilio y destino de cuarentena.

Aquí pude ver y comprender, un poco más, la demora en la repatriación. El operativo fue importante y verlo me ayudo a entender y a aceptar, se necesitó tiempo para traernos. Además, creo que para nosotros organizar esas cosas es un poco más difícil que para otros países.

En Ezeiza, la gestión estuvo al principio a cargo de la policía y luego gente del gobierno de la ciudad y voluntarios, gente joven.

Nos destinaron a un hotel donde estuvimos encerrados por cinco días. No separaron al grupo familiar y nos dieron las cuatro comidas diarias. Terminado el plazo nos hicieron un hisopado, del cual tuve el resultado muchos días después, y finalmente nos mandaron a casa. Luego nos monitorearon telefónicamente desde el Ministerio de Salud

Ahora lo puedo contar como una experiencia extrema, que lo fue. Esperaba que Club Med reconociera los gastos extraordinarios que tuvimos (unos 2.000 dólares), y los días no gozados de estadía en el hotel pero, a dos meses de la repatriación, la empresa se niega a reconocer esos gastos y solo reconoce los días de estadía no gozados.


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