
El bombardeo del 1 de mayo, fue el primer síntoma importante de alerta que cambió radicalmente la manera de pensar. Se habían perdidos varios días viviendo una realidad ficticia.
Teníamos también un fuerte indicio de que la invasión estaba en marcha. Una de nuestras funciones era la de reenviar los air letters al personal de la Antártida de las distintas bases extranjeras.
Recibíamos los textos y los retrasmitíamos por nuestro sistema de telex. En los textos de las
cartas veíamos que los primos estaban por visitarnos, mi primo ya se embarcó, tu primo llega dentro de unos días y me trae regalos, etc.
Por medio de este circuito conocimos al instante la rendición de Gritviken, y cuando fui a dar la novedad al Estado Mayor, el personal de la Armada reaccionó y me amenazó con hacerme un Consejo de Guerra por emitir falsos testimonios. Se me informó oficialmente que los Lagartos eran una tropa de elite
y que poseían un arma secreta que era el Mambo, lo que los hacia invencibles. Le ordenaron al Vicecomodoro Miari realizarme un Consejo de Guerra.
Me fui desmoralizado a la estación, pero allí pude comprobar que en las Bases Antárticas estaban de fiesta, los primos habían llegado. Comprobé que la información que tenían algunas autoridades de la Isla era totalmente falsa. Recuerdo como llorábamos de impotencia junto al receptor cuando escuchábamos que enviaban un C-130 a hacer reconocimiento sobre Gritviken.
Gracias a Dios no les sucedió nada. Cuarenta y ocho horas desde el momento que había dado la
novedad sobre la rendición, las evidencias eran tantas que ya nadie creía en los Lagartos. Nunca nadie me informó que pasó con mi Consejo de Guerra. Esa amargura me duró toda la Guerra.

Nuestras tareas continuaron con mayor empeño, cada vez venían más personas a hablar por teléfono con sus familiares. Muchos de ellos ya estaban viviendo experiencias muy especiales como derribar algún Harrier con su sistema de artillería, haber sido heridos por esquirlas del bombardeo naval enemigo, o haber sufrido algún accidente con armamento. Estas permanentes visitas nos permitían conocer como evolucionaba el conflicto y cuáles eran los principales problemas.
Algo que me asombró durante ese periodo fue la entereza del personal militar de todas las jerarquías cuando hablaba con algún familiar, nosotros escuchábamos las comunicaciones, ya que nuestros auriculares y micrófonos estaban en paralelo. Escuchamos personas que estaban heridas de gravedad, que habían sufrido mutilaciones de miembros o quemaduras muy importantes que se sentían orgullosos por haber podido combatir. Llamaba poderosamente la atención la tranquilidad de espíritu de todos ellos, sin ninguna duda se sentían como Quijotes de tan digna causa.
Otro recuerdo muy interesante fue el día que lo comunique al Oficial de Gendarmería cuyos hombres habían tenido un grave accidente con un helicóptero y le explicaba a su Jefe los actos heroicos que se habían vivido, rescate de personal herido en medio del helicóptero en llamas y próximo a explotar. Quienes lo habíamos vivido sabíamos lo que es un acto heroico, hecho que la persona que estaba
en la otra punta del teléfono no podría nunca entenderlo, esos momentos pueden ser evaluados solo por los participantes.
Pasan los días y avanza el conflicto
El bombardeo nos fue generando problemas en el campo de antenas de la planta transmisora,
pero nuestra gente en forma diaria y heroica fue solucionando los problemas.
Entrado el mes de junio, la situación se fue complicando, los bombardeos navales eran diarios, el
personal que venía a hablar por teléfono eran combatientes que habían tenido contacto con el enemigo en emboscadas, se habían eyectado o sus embarcaciones habían sufridos ataques aéreos. Pero el espíritu era muy alto y en general todos se sentían motivados.
Había un grupo importante de personas que no tenían un rol específico de combate, y que en
forma permanente aparecían a hablar por teléfono. Daba la sensación que sobraban, nosotros los
habíamos bautizado como los mutantes. Como tratábamos de facilitarle las comunicaciones a aquellos
que venían de lugares muy distantes, las escasas dos líneas que poseíamos las encontraban ocupadas. Para evitar que eso suceda a los asiduos concurrentes les empezamos a pedir autorización de sus jefes, pero eso no fue obstáculo, se conseguían autorización escrita para hablar por teléfono.

Los últimos días Una de las personas que venía a hablar por teléfono era el periodista Kazansew, el vio que el lugar más importante para saber cómo estaba realmente la situación era la estación de comunicaciones. Muchas de las anécdotas de su libro fueron sacadas de ese recinto.
Un día nos enteramos que a fines de mayo era el cumpleaños de Kazansew, lo invitamos a nuestra casa a cenar, si mal no recuerdo el cocinero era el Vicecomodoro Mendiberri quien había hecho unas milanesas utilizando como pan rallado las galletitas Criollitas, fue una velada agradable. Recuerdo
que en ese momento Mendiberri que es un hombre con mucho conocimiento de inteligencia y un
estudioso de la historia, profetizó con lujo de detalles como iba a terminar la guerra y hasta arriesgó un
pronóstico de fecha de rendición. Kazansew estaba asombrado de lo que escuchaba. Los hechos le fueron dando la razón con precisión milimétrica.
Unos días antes de rendirnos me llamó por teléfono el Vicecomodoro Mendiberri, me pidió que
observe por la ventana de la estación que daba hacia la costanera y le contara lo que veía. Para mi
asombro, observé como una procesión de soldados en estado deplorable caminaba por la costanera e iba en dirección al centro de Puerto Argentino. Eran los soldados que huían de la artillería de los cerros Dos Hermanas. Muchos de ellos llevaban arrastrando por medio de sogas o cintos a los compañeros heridos. Era un espectáculo muy triste. La hora final estaba por llegar.
Algunos soldados con los que tuve oportunidad de hablar me comentaban que en los puestos de
artillería normalmente se cumplían turnos, y mientras sus compañeros estaban combatiendo en las alturas donde generalmente se ponen las piezas de artillería, ellos descansaban en los campamentos en la parte inferior de los cerros, muy cerca del único camino que venia del norte. Esa noche, mientras estaban descansando, se infiltró una patrulla de Gurkas, muy bien equipados con anteojos de visión nocturnas, y aquellos que estaban durmiendo fueron sorprendidos. Nuestros soldados se despertaron sobresaltados y amenazados. Los dejaron correr por la noche despavoridos, lo que generó pánico al resto y como un efecto cascada los soldados encontraron como alivio el camino a Puerto Argentino, donde trataron de estar a salvo en el menor tiempo posible alertando al resto de sus compañeros. La confusión que se generó hizo que en breve plazo existiera una usina de rumores, desde que mutilaban a los soldados, los decapitaban, etc etc, esta transmisión oral de anécdotas fue muy favorable para los ingleses. Nuestros soldados solo llevaban el casco, la mayoría del armamento personal lo habían dejado en sus campamentos. Los oficiales y los suboficiales siguieron combatiendo.
Cuando fui designado como Jefe de la Estación de Comunicaciones, pensé en mi fuero interno que iba a estar lejos de donde se iban a realizarían los combates, pero los últimos días fuimos blanco de esquirlas de morteros, granadas y disparos de armas largas. Como el edificio era de madera, comenzamos a poner las fuentes de alimentación como barreras contra los proyectiles y las esquirlas. La estación terminó altrecha, pero operativa hasta el último minuto.
Dos días antes de rendirnos la situación era insostenible, evacuamos en avión al personal civil de
ENTEL que había trabajado con nosotros, fue un momento nostálgico, nos habíamos hecho amigos en el
peligro.
Última entrega: El fin de la contienda