La central de comunicaciones Cables and Wireless durante la Guerra de Malvinas (4/4): El fin de la contienda

Personal inglés vigila a efectivos militares argentinos tras la rendición en el centro de Puerto Argentino (foto: Wiki Commons).

El día de la rendición estaba operando los equipos cuando apareció amablemente un oficial ingles quien me dijo que yo estaba en territorio inglés, que debería entregar la estación y dirigirme a la zona argentina. Me fui con cierta nostalgia, quise llegar a mi casa a retirar mis objetos personales, no me
dejaron. Habían quedado pequeñas cosas, que para uno en ese momento tienen un valor incalculable. Fui obligado a ir caminando hacia el centro de la ciudad. Mis únicas pertenencias eran lo que llevaba puesto.

Llegué hasta la oficina comercial de LADE que estaba a pocas cuadras de distancia y comencé a operar con los equipos de la empresa utilizando la red de radioconversación. Sentía que el estar comunicado con alguien me daba tranquilidad.

Esa noche mientras estábamos alojados en la oficina en el segundo piso, vimos como comenzaba
a quemarse un aserradero o deposito que estaba en la parte de atrás del edificio. El incendio tomo
dimensiones muy grandes, la población civil (hombres y mujeres) dirigidas por personal de seguridad
ingleses trabajaron en apagar el fuego, nosotros fuimos solamente espectadores. Siempre pensamos que era un incendio intencional producido por los Mutantes.

Al día siguiente nos llevaron al aeropuerto, que era la zona argentina, mientras íbamos podíamos
observar como los soldados entregaban sus armamentos al costado del camino. Se veía una infinidad increíble de fusiles FAL apilados en la ruta en las afuera de la ciudad. Los oficiales argentinos mientras estaban los soldados no tuvimos que entregar las armas y en el caso particular mío continué con mi pistola provista.

Mateerial bélico argentino capturado tras la rendición (foto: Wiki Commons).

En la zona del aeropuerto había aproximada unas 1000 personas, estaban prácticamente en los lugares donde habían estado combatiendo. Yo me sentí como un extraño. El paisaje que se veía eran muy triste, había un número importante de aviones rotos entre los escombros de la zona bombardeada de la pista, una gran cantidad de fogatas dispersas, y personal militar con los uniformes embarrados y barbudos. Muchos caminaban sin rumbo entre el barro y los desperdicios. Algunos vehículos como topadoras a oruga y tractores seguían moviéndose por la zona.

Ese espectáculo desgarrante y desolador se veía también agravado por los días grises y lluviosos
de esa época del año. Los mutantes en esta zona y a esta hora eran centenares. Cada uno de ellos era un peligro en potencia, por lo que robaba, por lo que destruía y por lo que hacía, eran un mal endémico, operaban libremente durante el día y la noche.

Me acuerdo un ejemplo que nos dejó a todos con la boca abierta, uno de ellos se subió a uno de
los aviones Pucará que se encontraban fuera de servicio. Se sentó, se ató e hizo funcionar el asiento
eyectable, se vio como el asiento volaba por los aires y después el paracaídas se abría, salvando su vida de casualidad.

A pesar del caos imperante pude rápidamente ubicarme con los camaradas en el lugar donde funcionó la jefatura del aeropuerto. Al pasar por un sector del mismo, encontré un equipo de HF portátil marca Grinnel, que era de los que habíamos llevado nosotros a la Isla. Nos conseguimos una batería y nos
comunicamos con el continente siempre por medio de la red de LADE, recuerdo que tuve oportunidad de hablar con el Brigadier Crespo que estaba en Comodoro Rivadavia y también con mi familia. Cuando ya estábamos por ser trasladados con mucho dolor del alma rompimos nuestros fieles equipos.

Los ingleses fueron poco a poco llevando los prisioneros a los barcos y la zona se fue despoblando.

Mi experiencia como prisionero de guerra

Al día siguiente fuimos separados y en un grupo grande nos llevaron a la zona de administración
del puerto. Nos alojamos en una habitación muy reducida donde pasamos la noche. En un momento
pudimos por una ventana ingresar al segundo piso, donde estuvimos más cómodos, también  encontramos algunos productos en lata y chocolate de origen inglés. Nos vino muy bien, porque ya comenzaba a hacer mucho frío y uno tenía que tener sus provisiones, ya que éramos prisioneros autónomos, comíamos lo que podíamos conseguir.

Cerca de medio día nos llevaron hasta cerca del Town Hall donde había un terreno bastante amplio, desde allí fuimos embarcado en un helicóptero Chinook que nos llevó, pese al mal tiempo hasta un frigorífico abandonado en San Carlos que fue, a partir de allí, nuestra prisión.

Como ya tenía experiencia que en combate todo elemento que se ve es útil, antes de entrar al frío
y triste local donde iba a ser nuestra celda colectiva, ya me había apropiado de una caja de cartón, que una vez desarmada, iba a ser mi colchón por varias semanas. Fue algo envidiado por varios y prestado en algunas horas a algunos amigos. Por razones de afinidad y de amistad, nos juntamos en un sector aquellos que sin distinción de armas, ya teníamos unos cuantos días de haber vivido experiencias bélicas.

Mi primera comida caliente fue para mí una experiencia nueva, los ingleses no nos daban cubiertos y platos, y no todos teníamos bolsa de rancho. En la cola para servirse, nos correspondía un cucharón por persona. En mi caso particular, utilicé como plato mis manos cubiertas por un pequeño trozo de nylon, la comida estaba caliente lo que me quemaba las manos, pero sin perder tiempo me llevé las manos a la boca y me puse a comer como un perro. Para la segunda vez comenzamos a conseguir elementos como latas de conserva y maderas para hacer tenedores y cucharas. Por primera vez supe lo que significa en la vida militar elemento de circunstancias. Todo servía.

Un pequeño grupo electrógeno nos daba luz, y también nos permitía por medio de dos conductores colocados en una lata sobre un cartón calentar agua. La jerarquía de mutante la teníamos todos, ya sabíamos cómo hacer corto circuitos en el sistema para poder obtener algo en la oscuridad o simplemente para generarles malestar a los ingleses. Ya nos habíamos ofrecido como cocineros, lo cual nos permitía hacer la comida al gusto argentino y poder obtener algo extra de las despensas.

Nos comenzaron a visitar los observadores de la Cruz Roja, dos hombres y una mujer, todos de origen suizo. Reclamábamos por el estado que estábamos viviendo, la falta de baños, y la imposibilidad de higienizarnos que fue aumentando día a día Al principio nos llevaron a caminar en un corral que quedaba al lado del frigorífico y pegado al cementerio argentino, hacia siempre mucho frío y el piso del corral era puro barro. Esta actividad no se suspendió por lluvia, nieve o mal tiempo.

Al cabo de varios días, desde allí pudimos ver que en un descampado algo estaban haciendo a unos 200 metros de nuestra prisión. Eran cuatro pilares de madera, de unos dos metros de altura, donde en la parte superior se construía una plataforma y se estaban colocando tambores de 200 litros. En la parte
inferior habían instalado 4 duchas. Cuando terminaron la instalación nos llevaron en grupos. Nos teníamos que desvestir y durante dos minutos caía agua tibia sobre nuestras cabezas. El agua se calentaba con unos calentadores a gas, era izado hasta la parte superior donde se volcaba sobre uno de los tambores y desde allí se abría el paso del agua durante dos minutos. Tres elementos fundamentales faltaban para hacer placentero el baño, era al aire libre, con temperatura cercana a los cero grados, no teníamos jabón, ni toallas para secarnos. Después de esta experiencia, creo que todos íbamos a  reflexionar antes de seguir pidiendo que se nos concedieran algunos de los derechos que tiene el prisionero de guerra.

A las dos semanas de estar prisionero en San Carlos fuimos embarcados en el buque Saint Edmund, en cada camarote fuimos instaladas tres personas, pero sólo había dos camas. Teníamos agua y jabón lo que nos permitió ir higienizándonos de a poco y de vez en cuando bañarnos. Allí tuvimos algunas ventajas, nos daban un desayuno y una cena, bien frugal, También nos daban dos cigarrillos diarios
En una de las visitas del personal de la Cruz Roja, me dejaron una novela El pájaro canta hasta morir, la desarmamos e íbamos prestando hoja por hoja para que muchos la pudieran leer en forma simultánea. Fui bibliotecario de un solo libro, pero con muchos usuarios.

El ferry de los Ferrocarriles Británicos Cross Channel, el St. Edmund, fue contratado por el Ministerio de Defensa británico después de la Guerra de las Malvinas en 1982. Administrado por Blue Star Ship Management Ltd., Liverpool, operó en un recorrido regular de tropa entre Isla Ascensión y Puerto Stanley, capital de las Islas Malvinas (foto: archivo)..

Al principio estuvimos anclados en la Bahía de San Carlos, y a la semana fuimos a fondear a Puerto Argentino, donde permanecimos hasta la partida a Puerto Madryn. Éramos llevados a cubierta una vez por día durante una media hora. Pudimos ver muchas veces la cubierta del barco cubierta de nieve y observamos como reparaban algunos barcos que estaban anclados a nuestro alrededor.

En la noche del 8 de Julio, sucedió un hecho muy raro, sonó en el barco la alarma de ataque aéreo, nos obligaron a meternos en nuestros camarotes y se apagó la luz de los compartimentos. Pude ver por el reflejo de unas lámparas rojas que indicaban las salidas de emergencias que seguían encendidas, a
uno de nuestros custodios que estaba arrodillado rezando.

Al día siguiente, lo encontré cuando fui al baño y le conté que lo había visto arrodillado. Me comentó que era de los marinos que salieron de Liverpool, que su barco sufrió un ataque feroz de la Fuerza Aérea y tuvieron que evacuarlo. Su vida la había salvado por milagro y ahora tenía terror cuando sonaba la alarma de ataque aéreo.

El día 9 de Julio en el sector del buque donde estábamos prisioneros, hicimos una pequeña formación en homenaje a la Patria, la presidía el Teniente Coronel Halperín, quien era el más antiguo de los oficiales en ese sector.

Antes que el Saint Edmund nos desembarcara en Puerto Madryn, un marino ingles que había estado viviendo en su juventud en Buenos Aires nos dio la despedida en castellano por los altoparlantes
simulando el final feliz de un crucero de placer en la Empresa Sea Link que era la propietaria del Barco. Las palabras dichas fueron aproximadamente las siguientes: «Su atención por favor, la Empresa Sea Link les desea a los señores pasajeros que hayan tenido un crucero muy feliz, les agradece haber seleccionado a nuestra empresa para realizar esta travesía, y los espera muy pronto para realizar un nuevo crucero de placer. Feliz retorno».

Desde Puerto Madryn fuimos trasladados hasta el Aeropuerto de Trelew, y desde allí solicitamos al Brigadier Castellano que el Boeing 707 que nos esperaba, hiciera escala en Comodoro Rivadavia, ya
que la mayoría de nuestras cosas habían quedado allí desde Abril.

Con alegría nos fuimos reencontrando con nuestros camaradas, y en Ezeiza nos esperaban nuestros familiares, fue algo muy emotivo, ver los rostros, hablar, reírse. Me di cuenta que era una alegría distinta, única, había regresado sano y salvo de una guerra.


 

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