
Aquél o aquella que tenga la audacia de aventurarse en el lugar donde nadie lo ha hecho nunca y cuyo actuar permita ampliar el campo positivo de los posibles, merece, según mi entender, que se le preste particular atención. El primer homínido o la primera, ¿cómo saberlo? que con devoción y ensoñación observó el vuelo de un pájaro era un ser maravillosamente original – destacado.
En la En la Cordillera de los Andes, cuando se trata de caer en picada desde los glaciares, desde las más altas cumbres a la turbulencia de los mortíferos vientos descendentes, todos los pájaros dudan, sean machos o hembras, incluso el cóndor debe enfrentar ese difícil problema. Es por eso normal que se considere a este pájaro fuera de lo común, un símbolo de la cohesión, de la fuerza y la unión bravía de los pueblos, a menudo rivales, en estos extensos parajes solitarios.
Para comprender mejor los desafíos de este hito, de esta indiscutible e histórica proeza aérea, habría que describir primeramente el escenario: comienzos de los Años Locos en Francia, las palabras «cordillera de los Andes» aparecen escritas en chiquito en la página «Continente de América del Sur» del Atlas geográfico Vidal-Lablache. Pero, a diferencia del hexágono, cartografiado desde hace tiempo, los planisferios de la época no hacen justicia con lo que puede verse desde un avión sobrevolando sus 7.000 kilómetros de largo: un revoltijo, una seguidilla de desfiladeros y vericuetos, miles de laberintos engarzados uno con otro alrededor de los picos, actualmente ya identificados y medidos.
Del otro lado del Océano Atlántico y a 10 mil kilómetros de Francia, vista desde el avión, la Cordillera de los Andes despliega, infranqueable, toda su evidencia de frontera natural autoritariamente divisoria de muchas culturas y pueblos de América del Sur, los que se reunían rara vez, por no decir nunca, debido a que los movimientos telúricos de la montaña destruían regularmente los puentes y túneles que ellos mismos construían para juntarse.

Pero ¿ Y, Adrienne Bolland ?
Aquí vuelvo… Ya que:
Adrienne Bolland (1895-1975) cruzó la Cordillera de los Andes en avión el 1ro de abril de 1921.
Es literalmente lo que dice el diccionario al buscar su nombre y ese año 1921… Pero ahora que conocen el escenario físico y temporal en que se desarrolló ese vuelo, comprenderán la sorpresa colectiva, la furia general que provocó el éxito del primer cruce de los Andes en aerostato. Ya que cuando en 1916, los países más prometedores, entre los 8 que la Cordillera de los Andes separaba (Argentina y Chile), se enteraron que los pilotos Bradley y Zuloaga (ambos argentinos) habían podido admirar desde el cielo la extensión faraónica de su Cordillera a 8 mil metros de altura (y con -30ºC), un sentimiento de admiración embargó a todo el continente sudamericano.
Por fin las miradas se habían fijado en su montaña y por fin algunos hombres podían contar lo que habían visto desde el cielo.[1]

Ahora bien, sólo 5 años antes que Adrienne Bolland descendiera del trasatlántico Lutetia en el puerto de Buenos Aires, dos hombres habían decolado de Santiago de Chile y su globo aerostático, empujado por los vientos permanentes del Pacífico, se había deslizado franqueando la Cordillera hasta la ciudad de Mendoza, ubicada al otro lado de la frontera, en Argentina. Cuatrocientos años después de que la Argentina fuera conocida por los europeos, ese 24 de Junio de 1916, fue el acontecimiento del año.
Por supuesto que la noticia circuló lentamente por los confines del continente. Muy pocos sudamericanos tenían nociones de lectura y pocos tenían además un medio de comunicación digno de ser llamado así. Las noticias transcontinentales instantáneas no existían aún, pero gracias al cable submarino trasatlántico instalado en 1874 por los ingleses, el telégrafo hacía furor, por lo tanto la noticia circulaba. Además, finalmente todo se sabe.

Aislada, pero no abandonada a su suerte, ya que su importancia económica era reconocida por los mismos europeos que la habían colonizado, América del Sur gozaba plenamente de su estatus privilegiado de antigua Eldorado transformada en «Granero del mundo». Con un ánimo de apertura y curiosidad, recibía todas las innovaciones técnicas conocidas sobre los «más pesados que el aire», inventados en gran medida por Clement Ader, es decir, un primo, un pariente cercano, un hermano. Sólo que ella ignoraba que, si con su aviación Europa creaba fuertes lazos fantásticos y genealógicos, exportaba también sus peores defectos.
Enemigos jurados, competidores encarnizados, beligerantes rencorosos desde siempre – y en guerra a partir de 1914 – las firmas alemanas, inglesas, francesas e italianas enviaron enseguida sus mejores ingenieros a Argentina para garantizar subsidios externos indispensables en tiempos de guerra, pero también para sentar sus futuras posiciones diplomáticas, fragilizadas por su anemia financiera común.
A partir de 1918, Buenos Aires asiste a la llegada de los endebles aeroplanos de antaño, chapas pesadas y potentes y los aviones de combate sobrevuelan en esa época, sin bombas, los «docks» en huelga y los barrios que crecen como tentáculos en una Buenos Aires acosada por la depresión. Sin embargo, Argentina es rica y lo excéntrico que era la aviación se transforma en «una parte del mercado», ideal para impresionar a aquellos que resisten poniendo bombas y a otras anarquías habituales.
Las importaciones recomienzan exitosamente. Van a llegar, cada vez más numerosos, grupos de instructores, pilotos y mecánicos. Todos han comprendido que el dominio del cielo sudamericano será ese acceso fantástico, que la clave está en vencer, afrontar, sobrevolar, cruzar esa famosa Cordillera de los Andes.
El primer piloto que sobrevive durante este primer vuelo es el argentino Luis Candelaria, que tiene 25 años de edad en 1918 cuando, a bordo de un Morane Saulnier de 80 CV, atravesó la cordillera, allá lejos por el sur del país, en el lugar donde la montaña es más tímida y aterrizó del otro lado, en Chile, por primera vez en el mundo. Seguirán una serie de «cruces» memorables de los Andes, que buscarán, con el más potente, con el que vuele más alto, con el que llegue más rápido, lograr posarse lo más cerca de Santiago de Chile y de Mendoza, ya que hay que ser eficiente – los lazos comerciales dependen mucho de ello -.[2]

Y cuando nadie lo esperaba, en la época más calurosa del año (23 de diciembre), aparece Adrienne Bolland. Principiante francesa de 25 años de edad, los mismos años de vida que la aviación, y que no habla una palabra de castellano. No le importa, siente como que le han crecido alas y tiene un gran entusiasmo ahora que ha podido convencer, no sin dificultad, a su querido y tierno René Caudron para que la envíe a Argentina a realizar una gira triunfal, forzosamente triunfal, de exhibiciones aéreas.

Es una joven decidida y optimista. La firma de su patrón, René Caudron, necesita una buena publicidad… haber sobrevolado la legendaria “Ciudad Prohibida” de Pekín ya está muy lejos – 1912- y el diseñador y fabricante de aviones se endeuda para poder pagar el impuesto a los beneficios de la guerra. Por otro lado, el raid heroico de Poulet y Benoist (que unieron Australia y Paris en un G4) no permite olvidar los recientes accidentes mortales de Jules Verdines y de la Baronesa de Laroche.
René, aceptó pues el pedido de su piloto más original, pero antes la ayudó a darse cuenta que no podía desaparecer como lo había hecho cuando atravesó la Mancha el 25 de agosto de 1920, cruce exitoso ciertamente, pero muy ingrato desde el punto de vista mediático, porque su protegida había desaparecido en tres ocasiones… y tres veces los medios anunciaron su muerte. Y la señorita se encontraba en Bruselas, con unos amigos pilotos, recuperándose de una noche de fiesta y champaña. Por eso esta vez prometió y juró e incluso firmó un contrato de aprendiz de propaganda esponsorizada : nada de escándalos, sólo buena propaganda y muchos pedidos, así lo habría prometido y jurado.
Una vez instalada en el lugar, «Zizi», como la llamaba su familia, «Miss Bolland» como la apodaban los medios franceses desde hacía un año, se siente capaz de sobrepasar todos los desafíos. Sólo unos pocos días después de alojarse en el Majestic (Palacete hoy desafectado) telegrafía a René para reclamarle un avión más potente, ya que en el aeródromo de San Isidro (que tenía al frente al Mayor Kingsley) sus dos viejos GIII (F-ABGO y F-ABGP) provocaban la risa de todos. Además ella quería intentar cruzar la Cordillera de los Andes como los otros.
Desconfiado, temeroso, aún marcado por las extravagancias de Adrienne y mal aconsejado por su anciana madre, con una justificada reputación de mamá tirana, René decide… no decidir nada y no le responde. Así no correría el riesgo de que su protegida, su anterior novia, la única mujer piloto de Francia, le hiciera una escena si no le daba lo que quería. Así fue como durante los 5 meses que duraron sus peripecias y periplos en América del Sur, Adrienne no recibió ni avión potente ni dinero.
Primeramente, el silencio de Caudron la ofende, luego la pone fuera de sí. Y como las diferentes colonias europeas la denigran y se muestran en Buenos Aires como en terreno conquistado, va a mostrarles que a pesar de ser mujer, de su edad, su nacionalidad y su equipamiento ridículo, puede alcanzar el protagonismo. A partir de ese momento, dedica todos los fines de semana a hacer exhibiciones de acrobacia sobre el hipódromo de Palermo – único placer pero también única fuente de ingresos…

El día en que decide regalar lo recaudado en una de esas exhibiciones a los habitantes de Mendoza, que habían sido víctimas de un terremoto en diciembre de 1920, despierta en esa población el interés por verla volar a Mendoza. Mientras tanto, bautiza a la alta sociedad con el nombre de «Porteños» y les hace descubrir, a los valientes, los placeres de la acrobacia aérea (después de todo, ¿ no había ganado su primer GIII gracias a un «looping» realizado en el cielo de Le Crotoy ?).
El efecto es inmediato : los periodistas la adoran, la población sólo habla de ella, la gente se agolpa para ver sus acrobacias y ella, a su vez, se burla de la colonia francesa bien pensante al salir a la calle sola y a cabeza descubierta. En los años 20, en Buenos Aires, las mujeres debían salir a la calle acompañadas y llevando sombrero.
El 26 de febrero de 1921, ante 3000 testigos, bate el record de altura femenino – superó los 4850 metros que poseía la Baronesa De Laroche. Pero el jurado le rechaza la homologación de ese record debido a que no se había precintado reglamentariamente su altímetro. Esta humillación le hace tomar la decisión, el 16 de marzo de 1921, hace desarmas y embalar uno de los dos GIII, con la intención de dirigirse a Mendoza. Corriendo el riesgo de ser considerada una aventurera, prefiere cumplir su sueño y admirar por si misma esa fantástica Cordillera de la que tantos hablan desde su llegada (Antonio Locatelli, 1895-1936, orgulloso de haber realizado el primer vuelo postal el 30 de julio de 1919, da conferencia tras conferencia en el Jockey Club).
A pesar de ser injuriada y amenazada con la expulsión de la colonia francesa – noticia publicada en los diarios nacionales – partirá a Mendoza y allí decidirá qué hacer.

Sin embargo, contrariamente a esos 10 pilotos que ya pasaron esa trampa de rocas y hielos, no tiene ni Morane Saulnier tipo L « Parasol », ni Bristol M.1C de 110 CV, ni Ansaldo SVA con 220 CV, ni Breguet Renault de 300 CV personalizado. Su lastimoso y frágil Sesquiplan de 1912 tiene más de cuerdas de piano que de cuerdas de barrilete. Su cubículo de madera y tela está abierto a los 4 vientos. El asmático rototo de 80 CV que su mecánico, René Duperrier, de 27 años de edad, tiene dificultad en regular, con los escasos medios que posee, menea penosamente su hélice de madera de tres metros. Por otro lado, si los diarios hablan de ella como la «reina del aterrizaje con hélice calada», es porque en Rouen, Buc y durante sus viajes de escolta, sus motores siempre se han rajado en vuelo. Adrienne está habituada también a realizar aterrizajes accidentados, pero sólo en la campiña francesa. Durante el cruce de la Cordillera, no podrá aterrizar, ni dar media vuelta y no podrá tampoco alcanzar los 6000 de altura necesarios para evitar los vientos descendentes, ya que su techo es de 3000 a lo sumo 3200 metros.
Entonces, no es tonta… sabe que hacer este vuelo es un suicidio. Más aun, sabe que tiene su licencia de piloto desde hace sólo un año y dos meses, que cuenta con sólo 40 horas de vuelo y que a pesar de haber instalado un segundo tanque adelante, para duplicar su tiempo de vuelo, Duperrier le ha pedido ir lo más liviana posible. A pesar de todos estos inconvenientes, prefiere transformarse en un icono muerto, que ser toda su vida, un piloto viviente, pero desconocido. Además el miedo opera en ella como un imán.
El cruce
El miedo no la deja dormir los dos días anteriores y cuando el reloj de su habitación, el 1 de abril de 1921, en el Gran Hotel, hoy desaparecido, indica las cuatro de la mañana y escucha que Duperrier le dice : « está despejado, todo está listo, ¿qué decide? Adrienne Bolland responde: – ¡Despegar!

Respecto a su ropa es liviana : debajo de su mameluco masculino de grueso algodón marrón, se unta con grasa, ubica sobre su busto capas de papel del diario Los Andes que pidió le guardaran durante una semana, se pone el único pulóver de cuello alto y por encima un kimono de seda que le recuerda a su hermano mayor Benoît, que se fue a vivir a China, para poder ser capitán de barco en el Yang-Tseu-Kiang… Ben es un ejemplo para ella desde siempre y el único hermano varón de seis hermanas mujeres.

Son las seis de la mañana cuando el auto de los periodistas la lleva al aeródromo de Mendoza (Los Tamarindos, actualmente el Plumerillo), y seis y veinte cuando Duperrier le da pala. Desde hace once días se acerca a esta improvisada pista, ubicada a 20 minutos del centro de la ciudad. Revive las dificultades técnicas acontecidas en las dos pruebas precedentes (el 28 y el 31 de marzo) : frío glacial, vientos, litros de combustible a tener en cuenta, aceite que se endurece, trayecto desconocido, soledad… pero posiblemente esta piloto ya haya intuido una salida posible a su problema y que, a pesar de su equipamiento indigno, algo ocurrirá para que ella, para que la aviación…
Así es como su GIII decola hacia la sombra negra que es la Cordillera a las 6 y 30 horas de la mañana. Después de 4 horas de un vuelo alucinante, demasiado largo para contar aquí, «lo» que los chilenos ven aparecer, como escupido por su montaña sagrada y que aterriza en el aeródromo y Escuela Militar de Santiago de Chile (Lo Espejo, actualmente El Bosque), no es una aviadora, sino un sueño hecho realidad.
En un instante, con 25 años de edad, Adrienne Bolland se convierte en el símbolo más encantador, más digno y natural de la unidad, la cohesión y la armonía entre los pueblos. Agotada, al borde de sus fuerzas – no existe un término para describir su estado -, fascinada por su vuelo de pesadilla, en un estado “bastante” malo de salud, Adrienne va a encarnar no obstante toda la femineidad francesa y europea, enviada a Chile por la voluntad y la gracia de los Dioses, vistiendo un pijama kimono de seda con arabescos chinos.

Ese 1ro de abril ya no es la broma mal intencionada ni el “feliz día de los inocentes” que imaginaron los diarios satíricos para burlarse del embajador francés en Santiago, sino una real revolución: una de las burlas más irreverentes a las diferencias y a la incomprensión que haya conocido la historia humana.
De regreso en Buenos Aires, Adrienne Bolland será recibida en la estación de Retiro por 300.000 personas. Luego, a lo largo de 5 kilómetros hasta el Congreso Nacional pudo ver las avenidas más importantes de la metrópolis cómo una muchedumbre frenética se agolpaba en la calle, los balcones, los techos, para verla solo a ella, para admirar a esa jovencita solitaria, inesperada, optimista, revanchista y profundamente pacifista.
Durante los meses que duró su triunfal y muy mediatizada gira aérea, participó en la fundación y promoción de los aeródromos, y asistió al cambio de opinión de toda la colonia francesa.
Con sólo 25 años comprendió que la libertad es mucho más que un atractivo visual y pasajero. Se dio cuenta sobre todo que el combate por sus ideas humanistas y pacifistas acababa de comenzar ese 1 de abril.
Luego de muchas hazañas, records y aventuras de todo tipo, sobre aeródromos del mundo entero, esta «resistente y rebelde por principio» que viajaba ilimitadamente en su propio «reino interior » partió, un 18 de marzo de 1975.
Su partida fue sólo física. La Diosa de los Andes, la que había igualado al Cóndor, la terrible Zizi existe aún hoy…
Notas:
[1] Nota del autor : Hay que decir que desde 1921 hasta 1978, atravesar en avión los 1000 kilómetros de la pampa argentina, esa « llanura sin árboles », saliendo del puerto de Buenos Aires y llegando a Mendoza, a los pies de los Andes, no tenía ningún interés : el ferrocarril, el confortable Transandino, permitía hacer el trayecto en 4 días.
[2] Otro dato : la ruta aérea no es la misma desde Argentina que desde Chile.
Nota: Traducido por Coline Béry, Gabriel Pavlovcic, la Dirección de Estudios Históricos de la Fuerza Aérea Argentina, y María Delia Sors de Aguirre Faget, Instituto de Instrucción de Idiomas de la FAA.