
Días atrás regresando de Cuba, la noche estaba realmente oscura con meteo complicada y engelamiento a sorprendentes 15.000 ft (feet), cuando normalmente empieza a haber engelamiento por encima de 18.000 ft. Centro Habana nos repitió al menos tres veces que había reporte de hielo a esa alturas, quizás no quieran que se repita el accidente de Aerocaribbean. Como dije la noche parecía la boca de un lobo, negra, pero con el aliciente de que había varias tormentas eléctricas en la zona. Y a 15000 ft que íbamos, es la altura ideal para comerse todo lo que haya.
Los rayos iluminaban el horizonte y de vez en cuando la cabina, donde teníamos sólo las luces imprescindibles para poder ver el exterior con mayor claridad. El vuelo era con cero turbulencias, siempre y cuando uno no se metiera en ningún tipo de nubes. De vez en cuando teníamos un ligero CAT (Clear Air Turbulence, o turbulencia de aire claro) pero nada destacable. El radar, gran amigo del piloto en estas situaciones, nos decía por dónde teníamos que ir y por dónde no. Yo era el PNF (Pilot non flying) así que asistía al capitán en todo lo que necesitaba.
Pensamos desviarnos al norte de la ruta pero íbamos a estar demasiado cerca del FIR de Miami y a los gringos no les gusta que se metan en su espacio aéreo sin permiso. No era 100% necesario pero era una opción. Otra posibilidad era desviarnos al sur, pero después del desvío íbamos a estar demasiado cerca de la capital de Haiti, Puerto Príncipe, y por experiencia sabemos que prácticamente siempre si la zona del caribe está mal, Puerto Príncipe peor. La razón es que es un país deforestado casi al completo, y con montañas de relativa gran altitud. Si juntas aire caliente, humedad y corrientes ascendentes tienes el cóctel perfecto para unos cúmulos donde Zeus, Dios del rayo, se desenvuelve excelentemente bien.

La única opción viable era un pequeño hueco que, en el rango de 100 millas de radar, nos daba una idea que podría ser bueno. Pero claro, a ese alcance el hueco era mínimo o así se representaba. A medida que íbamos acercándonos poníamos el alcance del radar más y más pequeño, y con eso el hueco se hacía más y más grande. Era un verdadero alivio ver eso. Cuando llegamos a poner el alcance a 25 millas el hueco, aunque no era ideal ya nos indicaba que podíamos pasar por él.
Cuando estábamos justo en medio de los dos cúmulos los rayos, o más bien el resplandor de ellos, eran impresionante. Iluminaban la cabina como en una discoteca. Por suerte nunca hubo ningún tipo de peligro ni situación tensa y mientras estábamos entre los cúmulos no hubo nada de turbulencia. El resto del vuelo fue más tranquilo aún, y aterrizamos en Punta Cana dos horas y veinte minutos después de despegar de Holguín. Esas horas las anoté en el logbook como cualquier otro vuelo, pero sin duda no lo fue.