Reconstrucción del poder aéreo nacional (X): Una deuda de Honor con la Patria

El halcón que se va
El A-4AR “a pleno” con todo lo mejor que hoy puede ofrecer para garantizar el control del espacio aéreo nacional. Para el ojo avezado se trata de una imagen tremendamente simbólica obtenida durante el Ejercicio Soberanía 2019 y que destaca por sobre todo el supremo respeto y devoción por los Héroes de Malvinas. Pero al mismo tiempo debería también permitirnos reflexionar sobre cuál es el futuro que le depara a la aviación de caza de la Fuerza Aérea Argentina ante la irresoluta carencia de equipamiento para enfrentar las hipótesis de conflicto que pesan sobre nuestra Nación. Según versiones trascendidas recientemente se procura poner el máximo esfuerzo técnico y económico para potenciar el sistema de armas A/OA-4AR ante la imposibilidad de destinar un presupuesto adecuado para la compra de nuevos aviones combate que desde hace ya un lustro debieron reemplazar a la familia Mirage. Una paradoja que considera la disponibilidad de limitadísimos fondos necesarios para reponer al servicio una mayor cantidad de aeronaves, justamente en el mismo período en el que debería concretarse la baja del mismísimo SDA (foto: Horacio Clariá).

La historia reciente da cuenta de que tanto el Ministerio de Defensa (MINDEF) como la Fuerza Aérea Argentina (FAA) no han conseguido formalizar un reemplazo para el sistema de armas (SDA) de la familia Mirage, cuya baja del servicio fue declarada hace casi cinco años. Esta instancia ha generado una inadmisible restricción en su capacidad de combate por no existir una alternativa de sustitución a la vista, exponiendo las dificultades que prevalecen actualmente para reconstruir un arma aérea creíble en favor de la defensa de los intereses territoriales de la Nación. Cabe preguntar entonces ¿cómo fue posible que la fuerza se las haya arreglado durante décadas para procurarse y sostener operativamente un parque aéreo de combate aceptablemente creíble, mediante SDA que representaron un adecuado peso estratégico durante buena parte del período en el que prestaron servicio?

Desde mediados de los años ‘40 ese mismo poderío aéreo militar se basó en la provisión de armamento de origen occidental, esencialmente procedente de Gran Bretaña, Estados Unidos, Francia e Israel. No corresponde ni resulta relevante aquí discutir si en todas aquellas circunstancias obtuvimos los equipos efectivamente pretendidos o solicitados ya que, en honor a la verdad, se trataba de los únicos oportunamente ofrecidos, disponibles sin objeciones y con el nada despreciable aliciente de un firme respaldo de políticas de Estado coherentes con las necesidades de defensa a la hora de concretar su adquisición.

En algún punto de esta secuencia de incorporaciones entramos en guerra con el Reino Unido, nada menos que los socios genéticos de los Estados Unidos y, guardando las distancias, aquella instancia fue el equivalente a la de haberle declarado las hostilidades a los Aliados durante la II Guerra Mundial. Aún hoy estamos pagando las consecuencias de nuestras acciones, muy a pesar de la buena letra que llevamos cumpliendo desde hace 38 años con la entrega de la soberanía de nuestras Islas Malvinas; una servil actitud que ni siquiera cuenta a favor de nuestro comportamiento ya que, cortesía de Su Majestad, ante una buena parte del mundo prevalece la certeza de que en aquella transgresión los legítimos representantes del eje de mal fuimos nosotros.

La pregunta en este punto es si, aún con nuestras penalidades a cuestas, hemos podido replicar desde entonces aquella posibilidad de obtener aeronaves de combate con fines de reequipamiento. De hecho sí hemos podido, habiendo recibido durante los años ’90 especialmente cuantioso hardware militar de menor o mayor valía, capacidades de combate reales más que discutibles y en la mayoría de los casos, asimilados en lo que me atrevo a denominar modalidad “conformate, es lo que hay”. Asumiendo que durante ese período la gran mayoría del material aéreo incorporado fuera obtenido vía EE.UU. y sin perder de vista que desde 1998 Washington nos otorgó nuestro aún vigente estatus de Major Non-NATO Ally (MNNA, o Aliado Extra OTAN) advertimos que a pesar de semejante privilegio siempre nos hemos quedado con un amarguísimo “sabor a poco”; sensación que encuentra justificativo en las sucesivas intromisiones foráneas sobre nuestros asuntos de defensa y que hasta el presente hemos sido incapaces de neutralizar.

No hay secreto alguno por descubrir en cuanto a que la guerra de las Malvinas nos produjo un estigma que, bajo el patrocinio del Reino Unido, no cicatrizará jamás. Resultaría trivial mencionar la instancia de nuestra rendición como un hecho atenuante porque, aún ante la alternativa de haber conseguido que la Task Force regresara a casa derrotada y humillada para rendirle cuentas a la Reina, la cosa tal vez hubiera sido igual, o probablemente hasta mucho peor. El aletargamiento en la reconstrucción de las capacidades militares de la Argentina, materializado mediante el suministro de equipamiento de escaso valor para el combate real y con cuentagotas, fue un objetivo sólo posible dosificándolo a través de su mayor aliado, los EE.UU., configurando una sociedad ideal para bloquear cualquier intento por recomponer una adecuada defensa territorial y evitar con especial énfasis restaurar todo tipo de capacidad ofensiva. El SDA A/OA-4AR es una muestra cabal de la imposición de un cebo bastante tentador que terminó en una verdadera trampa ya que, entre las dificultades de mantenimiento por obsolescencia del material, la consecuente escasez de repuestos y la incapacidad de incorporar armamento guiado de precisión, reprodujeron un caldo de cultivo ideal para degradar y prácticamente neutralizar al más avanzado avión de combate a disposición de la FAA desde su mismísima incorporación (1997) hasta la fecha.

Todos los caminos conducen a “la nada misma”…

Águila de transición
El F/A-50 Golden Eagle aún se aprecia como un modelo mucho más adecuado para sustituir oportunamente al SDA A-4AR Fighting Hawk que al SDA Mirage, tal como se pretendió bajo la excusa de asimilarlo como una “aeronave de transición”. Aún con la aprobación coreana y la anuencia norteamericana, en el caso de haberse incorporado a la FAA el peso de la interdicción británica hubiera impulsado sin dudas todas las restricciones posibles sobre el contrato argentino en lo que respecta al equipamiento y armamento a proveer. Para el rol aire-aire probablemente no hubiera sido mucho más que misiles AIM-9L/M Sidewinders de los que puede portar hasta cuatro unidades en una configuración como la de la imagen, donde se aprecian los dos misiles de puntera alar así como también los pilones sub alares para dos misiles adicionales; mientras que para el rol de ataque seguiría apelando exclusivamente al uso de bombas convencionales de la serie Mk.82 (foto: Chan Hyuk Han @ Airliners).

Como una muestra adicional de esta verdadera situación de cautiverio basta un botón; o tal vez dos. La más reciente oportunidad de concretar una provisión de aviones de combate apelando a la vía norteamericana mediante el convenio Excess Defense Articles (EDA, Artículos Excedentes de la Defensa) tuvo lugar durante 2015, cuando los Vipers fracasaron en un nuevo intento por afincarse en la VI Brigada Aérea de Tandil. Aun suponiendo que en aquella instancia se haya invocado la siempre vigente excusa de falta de presupuesto, no ha quedado muy en claro si la convencionalmente referida operación “Peace Condor” se frustró como consecuencia de una vuelta atrás de los EE.UU., que soportaron hasta el hartazgo nuestras idas, vueltas y mendicidad, o bien cayó una vez más producto de nuestros propios prejuicios sobre el modelo. De aquel menjunje entre los pretendidos F-16C/D de la Guardia Aérea Nacional de Texas y de los patéticos F-5E/F Agressors de la US Navy, sólo ha prevalecido la entrega de una docena de Texan II completamente desprovistos de armamento y sólo aptos para un adecuado entrenamiento de los futuros pilotos de la FAA.

En este punto es hora de destacar también la imposibilidad de adquirir, como también se pretendió durante 2016, un SDA absolutamente “off the shelf”. Y creo que aplica aquí mencionar el breve pero eficaz proceso de evaluación, selección y definición de compra en el que resultó vencedor el SDA KAI F/A-50 Golden Eagle. No obstante el hecho de terminar en una operación completamente frustrada en su ejecución final, el proceso se percibió como extremadamente prolijo, encarado mediante una legítima competencia contra el Leonardo M-346 Master, resultando a juicio personal el más serio y comprometido de todos los tanteos de mercado que se hayan encarado por parte de la FAA desde siempre. Aún persisten las dudas acerca del por qué este interesantísimo y más que adecuado SDA no fue adquirido, especialmente cuando los representantes de KAI y el gobierno surcoreano modelaron créditos de país a país casi a la medida de nuestra patética y avara estrechez presupuestaria, la que siempre aflora cuando se tratan estos menesteres. ¿O será que tal vez se daba por hecho que “la Pérfida Albión” metería la cola nuevamente y, tal cual lo sucedido con los Fighting Hawk, arreciarían las presiones amparadas en la injerencia de Lockheed Martin sobre el modelo, por lo que sólo recibiríamos hard & soft degradados, junto con un mísero puñado de Sidewinders Mike y tontísimas bombas Mark 82? Prefiero tomar partido y abonar esta teoría final de que sin dudas hubiéramos sucumbido, con carácter de reincidencia, ante la compra de un SDA a medias, esperando obtener un verdadero maná del cielo con la venia norteamericana pero que finalmente nunca llegó, ni siquiera disfrazado de coreano.

Amén de nuestras reiteradas frustraciones, sean estas inducidas o no por intromisiones tanto externas como propias, habrá que sincerar Políticas de Estado respecto a lo que realmente pretendemos de nuestra aviación militar y definir el verdadero alcance de su capacidad de combate para hacer frente a las hipótesis de conflicto vigentes. A modo de conclusión quisiera retornar a la mención del principal objeto de análisis contemplado en esta serie de ensayos, que es la impostergable definición y adquisición de un SDA que permita restituir las capacidades de nuestra aviación de caza. Más allá de cualquier consideración sobre las reales probabilidades de confrontación que puedan existir en la actualidad, la Fuerza Aérea Argentina debe contar urgentemente en su arsenal con un avión de combate multirrol de alta performance que represente una defensa aérea creíble frente a potenciales incursores de la categoría del F-16C y Typhoon F2; un detalle no menor considerando que se trata de adversarios a los que definitivamente no se los intimida con un par de AIM-9M Sidewinder y la leyenda “SELECTE 121.5” aplicada sobre los tanques sub alares de aviones subsónicos fabricados durante la década del ’70.

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