
La sabiduría popular dice que cuando un piloto se encuentra en una tormenta busca un claro, un agujero en las nubes, para poder salir de ella y llegar sano y salvo a destino. No es una idea errada, aunque hay otro viejísimo dicho aeronáutico que sostiene que el mejor modo de pasar una tormenta es en el bar del aeropuerto.
A mediados de 2001 Aerolíneas/Austral parecía estar en medio de una tormenta que la llevaba a la desaparición sin escalas. Iberia primero, American Airlines después y, finalmente, la SEPI, no habían sabido qué hacer con la empresa y la habían degradado a niveles inimaginables años antes, cuando Menem anunciaba alegremente la privatización como herramienta para el progreso del país.
La SEPI, Sociedad Estatal de Participaciones Industriales, había heredado la compañía y tenía la misión política de venderla, era un ente liquidador de activos indeseados del Reino de España, y nadie dudaba de cuál era su objetivo. La única alternativa era que debía hacerlo con buenos modales.
El organismo trató de negociar un “plan director”, que implicaba muchísimos despidos, porque consideraba que ése era el único modo de poder encontrar algún interesado en la compañía. Los gremios se opusieron férreamente al principio, un poco menos después, y finalmente todos menos los técnicos nucleados en APTA firmaron su acuerdo. Cosas del sindicalismo y la política.
El gobierno argentino se desentendió del asunto y dejó hacer y deshacer a los españoles. SEPI hizo algo parecido a un concurso de ofertas, del que todavía hoy no está todo claro, y en esto estaban las cosas cuando ocurrió el atentado a las torres gemelas.
Unos días después, el 2 de octubre de 2001, los españoles anunciaron que habían vendido su participación en las empresas argentinas a Air Comet, una empresa del grupo Marsans, cuyas cabezas visibles eran Gonzalo Pascual Arias, Gerardo Díaz Ferrán y Antonio Mata Ramayo.
La primera voz que se escuchó del gobierno argentino fue la de la ministra de trabajo Patricia Bullrich, que se reunió con los gremios y les informó que estaba garantizada la continuidad de los puestos de trabajos por dos años, y que el comprador, que haría un aporte de capital de cincuenta millones de dólares y recuperaría la operatividad de las empresas.
Nadie vio el contrato de transferencia, no se informó sobre el precio pagado, y todo fue muy confuso. Hubo que esperar hasta 2006 para que se publicara el primer Informe de fiscalización del Tribunal de Cuentas español, donde se confirmó que la venta se había realizado por un dólar norteamericano, que la SEPI había entregado a Air Comet unos setecientos millones de dólares para pagar deudas y recuperar la empresa y que Marsans no había puesto un centavo en la operación.
Las cuestiones penales tardaron algo más en conocerse.
El aviso que hoy mostramos fue publicado en varios medios y circuló como folleto de la empresa durante la primavera de 2001, cuando no se sabía nada concreto de la operación de SEPI y Marsans, y el sentimiento de todos era de una gran esperanza, en medio de una inmensa crisis argentina y mundial.
La imagen muestra, precisamente, ese agujero que se supone que buscan los pilotos para salir de las tormentas, y el texto es un mensaje estudiado para alentar esa esperanza.
Con el tiempo supimos que todo era mentira. Probablemente muchos lo supieran en ese momento.