En primera persona: Viajando en el año del coronavirus

Barajas, un aeropuerto vacío: La T4 es un páramo. A la misma hora de un año cualquiera estaria repleta de viajeros (foto: F. Puppio)

La realidad que trajo la pandemia del coronavirus claramente ha afectado muchos ámbitos de nuestra vida, y el viajar es uno de ellos.

La industria aérea ha padecido, y padecerá mucho aun, pero ha buscado adaptarse. Desde la reanudación de los vuelos comerciales y la reapertura de fronteras en Europa, a partir de mediados de mayo de 2020, todos los actores tomaron distintas medidas tendientes a procurar la seguridad sanitaria e los vuelos comerciales.

Desde el punto de vista del viajero, la pandemia trajo una multitud de cambios. El primero de ellos fue el cierre de fronteras y la restricción a la libertad de circulación, y la sugerencia de limitar al máximo los desplazamientos. Si a ello le sumamos la percepción del público que los aviones son un núcleo de contagio y transmisión de enfermedades, la tormenta perfecta para la aviación comercial está sobre nosotros.

Propaganda de IATA, que siendo parte interesada, busca informa de la situación sanitaria de la industria (imagen: IATA)

La sumatoria de restricciones, información confusa respecto a ellas y la publicidad contraria a los desplazamientos, trajo una brutal reducción de los pasajeros dispuestos a subirse a un avión. También una experiencia de viajero distinta a lo previamente establecido.

Aeropuertos

La llegada al aeropuerto sea en transporte público o en nuestro coche particular es relativamente normal hasta que nos aproximamos a alguna de las puertas de acceso a la terminal. Allí un vigilante de seguridad privada pide a todo el mundo tarjeta de embarque, número de reserva,  credencial de trabajador del aeropuerto o personal aeronáutico. Básicamente ya no accede al aeropuerto nadie que no viaje o que no trabaje allí. Quien no lleve mascarilla, tampoco. Su uso es obligatorio y las que llevan válvula están prohibidas.

Mostradores de Iberia en la T4 de Barajas: Pocos pasajeros y grandes zonas sin un alma (foto: F. Puppio)

Pasar de la puerta es acceder a un mundo desconocido. Ver el aeropuerto vacío en pleno verano europeo es una cosa rarísima, que ni siquiera de asemeja a los días invernales de muy bajo tráfico (25 de diciembre o 1 de enero por la mañana).

La recomendación de la aerolínea es despachar el equipaje de mano, por tanto nos dirigimos al mostrador correspondiente. Dado el escasísimo número de viajeros en el aeropuerto no hay esperas. Eso sí, antes de nada, la empleada de la aerolínea nos indica nos pongamos gel hidroalcohólico en las manos.

Barajas, un aeropuerto vacío: Zona comercial sin viajeros y con las tiendas cerradas (foto: F. Puppio).

Tras despachar las maletas de mano nos dirigimos al control de seguridad. Allí lo que abunda es el alcohol en gel y escasean los viajeros. Afortunadamente el número de puntos de control abiertos es elevado, con lo cual pasar la seguridad es una experiencia mucho menos estresante que en el pasado. Casi no hay gente, no hay colas. Llama la atención favorablemente que las bandejas porta objetos personales están muy limpias, y hay personal de limpieza repasándolas tras su uso, algo completamente infrecuente.

Pasado el control lo siguiente que vemos es el duty free (free shop), que es lo único que parece estar a pleno, como siempre bien iluminado, todas las vendedoras en sus puestos de trabajo, pero poca gente. A partir de allí, comienza la desolación.

Barajas, un aeropuerto vacío: A muchos comercios o cafeterías nos les merece la pena abrir, no importa lo conocidos que sean (foto: F. Puppio)

La amplia terminal está vacía. Se ve a algún viajero de tanto en tanto. Las tiendas del aeropuerto cerradas, a pesar que son más de las once de la mañana. Peor es el caso de los bares o restaurantes: Solo hay dos abiertos en toda la terminal uno de ellos una conocida cadena de comida rápida.

En las pantallas escasean los vuelos, por tanto la programación se ve hasta la noche, cuando lo normal suele ser ver tres o cuatro horas para adelante.

En nuestra puerta de embarque ya está anunciado nuestro vuelo, y una hora antes del despegue, sigue casi desierta con muy pocos pasajeros sentados a la espera en las inmediaciones. Aunque irán llegando algunos más.

Barajas, un aeropuerto vacío: Zona de espera de pre embarque de la T4 (foto: F. Puppio).

El embarque se hace rigurosamente por grupo de filas a bordo, aunque solo se permite hacer la cola frente a la puerta a los pasajeros del grupo de filas llamado a embarcar. El resto debe permanecer alejado y en su sitio de espera.

Dado que el país de destino requería llenar online un formulario para obtener un código QR de control, el personal de preembarque solicitaba por adelantado exhibir el mismo, denegándole el embarque a quien no lo tuviera (si el país de destino requiriese cualquier otra cosa, como la presentación de una prueba PCR negativa, este sería el último punto de control antes de viajar).

El uso de mascarilla es obligatorio y debe estar bien colocada. El personal de embarque se encarga de recordárselo a todo el mundo, especialmente a los descuidados que se les va bajando y les comienza a asomar la nariz. Además, dispensadores de gel hidroalcohólico están a la vista y disponibles para su uso.

El vuelo

El emabrque en el A320neo en el que volamos es mas relajada de lo normal, ya que no hay filas a lo largo de la pasarela telescópica. En el avión nos recibe la sobrecargo, quien ofrece toallas higiénicas desinfectantes individuales a cada viajero, e insiste en su uso. En cuanto el embarque está finalizado, el personal de cabina no se hizo esperar y recogió las toallitas usadas.

La ocupación del avión es moderadamente alta y los asientos libres no son muchos, aunque se dejan ver algunas filas libres. La tripulación de cabina rápidamente actúa para aprovechar los huecos libres y distanciar a algunos pasajeros en la medida de lo posible.

Todo el pasaje con sus respectivas mascarillas (foto: F. Puppio).

El toilette delantero del A320neo quedó reservado para la tripulación y pasajeros business, en tanto que los traseros para el resto de los viajeros. Nada fuera de lo común.

El vuelo transcurrió con toda normalidad sin oferta de comida a bordo, aunque la tripulación ofreció en varias ocasiones agua mineral servida por ellos mismos en vasos descartables. Obviamente ese fue el único momento donde se permitió bajarse la mascarilla para poder beber.

Al mensaje habitual del comandante, en esta ocasión se agregó la explicación de la renovación y filtrado del aire en cabina, con detalles de cómo se obtiene a través de la zona de compresores de los motores.

La llegada al destino

El arribo se produjo sin problemas ni demoras. El desembarque, por primera vez en muchísimos años de volar, se produjo de manera ordenada. La tripulación había advertido previamente que todo el pasaje debía permanecer sentado hasta tanto se llamase a la fila del pasajero, y se hizo en llamados de pequeños grupos de filas. En general la gente respetó las instrucciones y se desembarcó razonablemente bien y respetando distancias.

Fila de pasajeros elegidos para pasar el test de coronavirus (foto: F. Puppio).

Apenas desembarcados en el país de destino se nos solicitó presentar el código QR generado a través de la web de su Ministerio de Salud, y mediante control aleatorio varios pasajeros fueron reconducidos a un área sanitaria donde debieron pasar por un test de coronavirus de cuyo resultado se les informaría dentro de las 24 hs. posteriores.

Superada esta etapa, Nos encontramos con una sala de recogida de equipajes desolada. Aunque eso cambiaría en los días y vuelos siguientes. Retiradas nuestras maletas con toda comodidad ya que la recomendación es que solo se acerque a la cinta un pasajero y el resto de los acompañantes se mantenga alejado.

Sala de recogida de equipajes del aeropuerto Eleftherios Venizelos de Atenas casi vacía (foto: F. Puppio).

Vuelos nacionales

Realizamos cinco vuelos de cabotaje a lo largo de tres semanas para desplazarnos por los destinos locales previstos. Todos ellos en aviones commuters Q400, Dash-8 o ATR-42, dependiendo de la compañía y el trayecto.

La llegada al aeropuerto por transporte público o privado no representa ninguna dificultad, y en este caso no hay control de quien accede o no a la terminal. Si de la obligatoriedad del uso de la mascarilla.

Llegados a este punto, aunque se ve menos gente que en años anteriores, el panorama es mucho más animado que en nuestro aeropuerto de origen. Aquí están abiertas todas las tiendas de siempre, los bares y los restaurantes.

Zona comercial del pre embarque de aeropuerto de Atenas. Se observa cierta normalidad con pasajeros que van y vienen, tiendas abiertas y gente comprando (foto: F. Puppio).

Aunque el llamado a embarque se realiza por filas, dado que nuestro commuter estaba estacionado en remoto, tocó ir en autobús. Al parecer el servicio esta reforzado, y aunque un solo vehículo podría llevar todo el pasaje de un ATR-42, los traslados se realizaron siempre con un mínimo de dos buses.

Dependiendo de la aerolínea el servicio de a bordo existió o fue nulo. Eso sí, toallitas individuales hubo a tutiplén. Una de las compañías, que siempre brinda algún tentempié al pasajero independientemente de la duración del vuelo, siguió ofreciéndolo. Ahora en una bolsa de papel individual que incluía todo el servicio: botellita de agua de 330mL, un snack, servilleta, y más toallitas higiénicas con alcohol.

El catering de Olympic Air para vuelos cortos hacia las islas: Todo lo necesario en una bolsa de papel (foto: F. Puppio).

Los desembarques también se realizaron según las filas y respetando distancias.

En el caso de aeropuertos pequeños donde no hay servicio de autobús, los pasajeros alcanzaron la terminal dispersos tras la breve caminata por la plataforma de la manera habitual en esos sitios. En estos aeropuertos la sala de recogida de equipajes suele ser muy pequeña y allí si fue difícil mantener la distancia social a pesar que los acompañantes siguieron de largo hacia el hall general.

Un vuelo singular

A pesar de haber volado en el pasado en trayectos u ocasiones con una ocupación muy baja, nunca lo habíamos hecho solos, como si fuera un vuelo privado. La ocasión se dio para el trayecto Astypalaia – Leros, operador por Sky Express con un veterano ATR-42.

Astypalaia: Una terminal para nosotros solos (foto: F. Puppio).

La primera sorpresa fue al llegar a la terminal y encontrarla vacía. No había pasajeros, ni personal aeroportuario a la vista. Todo indicaba que habíamos equivocado día u horario del vuelo. Pero no, el mostrador de check-in está fuera de la vista desde la entrada al hall por tanto hubimos de llegar casi hasta el propio mostrador para ver que allí estaba la empeada de SkyExpress esperándonos. El resto del personal estaba en sus respectivas oficinas y solo salió en el momento necesario. Así pues, el policía salió a verificar nuestras maletas en la máquina de rayos X, luego se retiró nuevamente a su despacho. Más tarde cuando arribó nuestro avión salió a verificar la llegada de los pasajeros que venían. Una vez que todos estuvieron dentro de la terminal y comenzaron a retirar su equipaje, nos permitió pasar a la sala de pre embarque previo paso por el control de seguridad que él mismo hizo.

Soledad absoluta en la plataforma de Astypalaia. Los pasajeros recién llegados esperan sus maletas en la sala de recogida de equipage, y el avión solo nos espera a nosotros tres (foto: F. Puppio).

Lo mismo ocurrió con el personal de limpieza. Repaso de todas las instalaciones antes de la llegada del vuelo, y nueva limpieza tras la salida de los pasajeros de la terminal.

Estancia en la sala de pre embarque nos hizo notar que éramos los únicos. Vimos claramente como nuestras maletas eran las únicas en ser llevadas hasta el turbohélice.

La señora que amablemente había realizado nuestro check-in, salió ahora verificar tarjetas de embarque, documentos de identidad y despedirnos deseándonos un buen viaje. Tras nosotros, el policía cerró la puerta de la terminal y volvió la tranquilidad total al edificio hasta el siguiente vuelo al final de la tarde.

JTY-LRS: Un vuelo «privado» en un ATR-42 de Sky Express (foto: Fernando Puppio).

Obviamente el embarque fue más que relajado, y aunque teníamos todo el avión a nuestra disposición, nos sentamos según teníamos asignado los respectivos asientos. En esta ocasión, la explicación de seguridad de la TCP fue en exclusiva para los únicos tres pasajeros del vuelo, o sea nosotros. No hubo servicio de a bordo de ninguna naturaleza, aunque el vuelo entre ambas islas es muy breve, tan solo 20 minutos en el aire.

El arribo a la isla de Leros fue normal, aunque la última singularidad del día la llevaría a cabo el personal de tierra. Dado que le daba más trabajo llevar el tractor y el carrito portamaletas hasta el avión, acercaron a mano nuestro equipaje a la terminal y nos lo entregaron en la puerta obviando la cinta.

Conclusiones

La pandemia y las medidas al tuntún aplicadas por los gobiernos han dañado enormemente a la industria aerocomercial. Las restricciones a la circulación y el sistemático miedo inducido a los pasajeros han llevado a una drástica caída de la demanda, lo que en términos generales para la industria y la economía relacionada a los viajes y el turismo es nefasto.

El desconcierto entre los viajeros a la hora de respetar las normas es amplio, y las autoridades no han fijado un parámetro claro y concreto respecto a los equipos de protección individual. Es por ello que en la sala de pre embarque de Leros fue posible ver gente que optó por las mascarillas KN95/FPP2, y a otros que lo hicieron por equipos muy sofisticados, aunque sin garantía para el resto de pasajeros que esos equipos respetasen las normas (foto: N. Santolaria).

A nivel individual, quien pueda viajar debe aprovechar el momento. Las restricciones a la circulación entorpecen alcanzar numerosos destinos. Pero siempre que se pueda, y respetando todas las normas sanitarias, no debemos renunciar a nuestra libertad de movimientos.

Las ofertas de las aerolíneas son numerosísimas, hay poca gente circulando, todo está mucho más limpio que de costumbre y la aviación comercial es más segura que nunca.


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