Iberia… Yo te amo, yo tampoco

Iberia fue tradicionalmente la línea de bandera de España, pero ni el estado ni otras empresas españolas están presentes en el capital accionario de la compañía  (foto: Fernando Puppio).

Una buena parte de los españoles cerraron la primera mitad de 2013 con un sentimiento amargo en el alma. En esos días Iberia Líneas Aéreas de España había cambiado su ya percudida composición accionaria, y ni siquiera con las mejores intenciones podía ser considerada una empresa española. Fue un final previsible para un proceso iniciado hace mucho tiempo.

Según pasan los años

Hubo épocas en las que los países necesitaban, por razones políticas, asegurarse un transporte aéreo que nadie podía pagar. El único modo de lograrlo, entonces, fue pagarlo con fondos públicos, y así nacieron las empresas aéreas privadas subsidiadas y las empresas totalmente estatales. Funcionaron en la medida en que cumplieron su objetivo político, pero no funcionaron en muchos otros aspectos. Fueron caras e ineficientes y, a su manera, demostraron aquel viejo adagio que con dinero ajeno cualquiera hace maravillas.

Esas maravillas se llamaban Pan American, Air France, Aerolíneas Argentinas, Alitalia, Aeroflot y decenas más. También Iberia.

Tiempos de lujo, opulencia y tradición. Este aviso fue publicado en el programa del Teatro Colón de Buenos Aires, en 1960. Se trata de la sala dedicada a la ópera más importante de la Argentina, un lugar exclusivo. Hoy las campañas de las líneas aéreas apuntan a públicos mucho más masivos (imagen: archivo Pablo Luciano Potenze).

En aquel entonces la tecnología no permitía pensar en un servicio masivo. Para unir el mayor imperio de todos los tiempos, el avión más grande del que dispusieron los británicos fue el hidroavión Short “C Class”, conocido como Short Empire, que podía llevar hasta veinticinco pasajeros a unos trescientos kilómetros por hora. Lo máximo que tuvieron los norteamericanos en esos tiempos fueron los Boeing 314, para 36 pasajeros en su versión de largo alcance, con una velocidad parecida. En los años de la postguerra aparecieron aviones más rápidos y más grandes, pero no llegaban a las cien plazas.

Si algo no es popular, es exclusivo y, por eso, aquellas empresas diseñaron servicios de lujo que compitieron por sus detalles. Por supuesto los pasajes eran caros, muy caros, pero gran parte de los que viajaban no pagaba, porque eran funcionarios de los gobiernos, y los que pagaban, inevitablemente, eran ricos.

Eso fue el transporte aéreo hasta que apareció en el panorama un señor que se llamaba Freddie Laker, allá por los finales de los años sesenta, que cometió el sacrilegio de decir que un avión debería ser como un tren suburbano. En realidad, Laker fue el primero que lo dijo claramente, pero la idea estaba flotando en el aire a partir de que la tecnología hizo posibles los transportes aéreos masivos. Evidentemente había una gran diferencia entre un Short “C Class” y un Jumbo, y no era sólo de tamaño, era social.

De amores y pasiones

Tradicionalmente, los habitantes de todos los países aman a sus líneas aéreas. Era difícil de explicar en los tiempos en los que los pasajeros eran pocos, porque era un amor imposible, y quizás la explicación tuviera que ver con la idea de que las líneas aéreas eran íconos que trascendían la nacionalidad fuera de sus fronteras, tal vez haya habido algo de identificación con la pertenencia a la modernidad… Quizás no haya sido nada de esto, pero lo cierto es que este amor ayudó a que los gobiernos destinaran grandes sumas a las líneas aéreas.

Muchas aerolíneas apelaron a elementos folkloricos en su publicidad en los años 50´s y 60´s. El Estudio de Arte del Departamento de Publicidad de la compañía no estuvo fuera de esa corriente, y fueron comunes la publicidades apelando al mundo del toreo y a las fiestas populares (imagen: archivo Carlos Alcántara).

En tiempos más recientes, cuando los vuelos se fueron popularizando, la situación se hizo más compleja. Los nuevos pasajeros volaban porque los pasajes estaban a su alcance, y quienes hicieron el esfuerzo para que esto fuera así no fueron las empresas nacionales tradicionales, sino un grupo de nuevas empresas, en muchos sentidos apátridas, que muy lejos de los antiguos conceptos de lujo y nacionalidad demostraron que era posible ir a pasar un fin de semana a cientos de kilómetros de casa sin tener que pagar fortunas. Un verdadero ideal pequeño burgués al alcance de la mano.

El día en que esto fue posible, el amor fiel y romántico a las líneas aéreas se convirtió en un amor infiel y tormentoso. La aerolínea nacional era la novia oficial, la que se presentaba a la familia y se ensalzaba en las conversaciones, pero había una amante —que cada vez fue menos secreta— que satisfacía todas las fantasías.

¿Quién paga?

A nadie le gusta pagar impuestos. Mientras las líneas aéreas nacionales eran la novia ideal, los gobiernos podían financiarlas sin problemas, porque a toda novia ideal se le hacen regalos, pero cuando aparecieron las amantes, la situación se hizo más difícil. El amor a la novia, aunque no sirviera para nada, todavía existía, pero gastar mucho en ella era otra cosa.

Para complicar más la cuestión, la novia resultó ser muy caprichosa, empezó a plantear exigencias que la amante no tenía, y esas exigencias eran muy caras. Cuando no se le pudo pagar actuó como novia despechada y dejó plantados a todos, mientras que la amante siempre estaba dispuesta.

La relación se hizo imposible.

Amor en España

Cuando a fines de los años ochenta se empezó a hablar seriamente de fusiones y asociaciones de líneas aéreas, y se empezaron a dar los primeros pasos concretos en ese sentido, Iberia pensó que podía enfrentar el futuro sola, pero la realidad fue muy dura con ella. Intentó una aventura sudamericana para la que no estaba capacitada, y no tuvo más remedio que aceptar la fórmula de la privatización y la asociación con otras compañías, pero llegó tarde a la fiesta, y no pudo elegir con tranquilidad su pareja. Debió bailar con quienes estaban disponibles, que además le pusieron condiciones.

Lo que siguió tuvo muy poco de aeronáutica tradicional. La inefable SEPI liquidó las acciones a partir de 2000, y la dejó librada a su suerte. Para la lógica capitalista era perfecto.

Puede discutirse si los nuevos dueños de la aerolínea hicieron las cosas bien, mal o regular. La verdad es que probaron muchas fórmulas (venta de Amadeus, Gestair, Air Atlanta, Clickair, Vueling) y finalmente optaron por la fusión con British.

Iberia Express: un experimento de la dirección más útil para presionar a la platilla de la compañía, que para mejorar los ingresos de la empresa y brindar un buen servicio al pasajero (foto: Fernando Puppio).

Estas fusiones se hacen también con la lógica del capitalismo. No son fusiones, son nuevas compañías de las mismos accionistas, que participan en función de sus aportes de capital a valor bursátil. Cualquiera que leyera los diarios podía darse cuenta entonces que Iberia había perdido su capacidad de gestionarse a sí misma, y que su futuro era dudoso, a pesar de lo que decían los agoreros. La autoridad, aunque tuviera su sede en España, pasó a ser de los ingleses.

Muchos españoles alzaron la voz para protestar por esto en nombre de la patria y las tradiciones pero, en general, siguieron volando por Ryanair.

Los trabajadores también protestaron, pero, como no entendían la nueva dinámica, siguieron molestando a sus pasajeros con todo tipo de medidas. La respuesta del mercado también fue pasarse a Ryanair.

Evidentemente las declaraciones de amor no bastaban, o eran falsas. Muchos siguen jurando en público amor a su novia de siempre, pero a la hora de la verdad eligen a su amante.

Quizás la novia, que es bastante más vieja y tiene varios achaques, un día de éstos se muera. La van a llorar en público y le van a rezar responsos en todas las esquinas, pero para los pasajeros va a ser un alivio, van a poder blanquear a la amante.


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