
La publicidad de las líneas aéreas con iconografías femeninas era un clásico en los años setenta del siglo pasado, pero lo que alguna vez fue un territorio exclusivo de las azafatas, lentamente, fue rotando hacia otro tipo de protagonistas, a veces muy indeterminadas, que buscaron ser la imagen empresaria.
Con la llegada de los Boeing 707, a fines de 1966, Aerolíneas Argentinas inició un proceso de cambios revolucionario, que algunos vinculan con la adopción de los procedimientos del fabricante norteamericano, que no sólo vendió aviones sino todo un método de operaciones y hasta una computadora, y otros a la pujanza del ala liberal del gobierno militar de entonces. La campaña de presentación de las nuevas máquinas fue muy importante,
No hubo azafatas para el lanzamiento de los Boeing, porque el avión era el protagonista, pero cuando los equipos se incorporaron a las rutas del Pacífico, hasta entonces operadas por los Comet, el anuncio en los diarios lo hizo una azafata sonriente.

En 1969 apareció otra familia de caras bonitas, que claramente no eran azafatas, pero hablaban en primera persona como si fueran la empresa. No tenían inconvenientes en vestirse con una recreación de lo que se supone que se usaba en los destinos que promocionaban y tampoco en empuñar un arma de fuego, otra cosa que ahora causaría alguna repulsión.

Cuando llegaron los Boeing 737 se lanzó otra campaña muy importante, que se refirió a todos los destinos de la compañía y estuvo encabezada por otra figura femenina, que evidentemente se trataba de asociar con la empresa y claramente no era tripulante. Para darle más fuerza al mensaje, el lema asociado era “sígueme”.

Un tiempo después, la publicidad destacó la sonrisa de sus azafatas, en una pieza en la que hasta se consigna el nombre y apellido de la protagonista, como para dar un sello de autenticidad a lo que se dice.

La Aerolíneas Argentinas que siguió hasta la privatización no tuvo cara de mujer, porque el símbolo de la empresa fueron fundamentalmente los aviones, que encabezaron el mensaje publicitario, que mostró alguna que otra foto grupal de tripulantes. A lo sumo, se mostró la ropa diseñada para las azafatas.

La empresa incorporó el sistema automatizado de reservas en dos etapas: para la primera unió una empleada de reservas con una pantalla de computadora, como marcando una dupla que potenciaba el trabajo.

Pero la segunda parte, unos meses después, se hizo con una serie de mensajes en los que se hablaba de ella y sus virtudes. Cuando llegó el momento de mostrar quién era ella, en vez de una mujer, apareció una computadora.

Austral
Las auxiliares, como vimos, fueron un punto central de la publicidad de Austral y ALA cuando eran empresas teóricamente independientes. En 1971 se fusionaron, y la gráfica cambió, con menos fotos y más dibujos. Las chicas siguieron presentes, pero ya no eran lo importante, eran una parte de un mensaje en el que convivían la eficiencia con la comida, los aviones y los horarios, todo con una orientación clara hacia el pasajero.

Hacia 1978, sin cambiar el mensaje la gráfica fue distinta, con dibujos en los que siempre aparecía una azafata en lugar bien visible.

Una variante interesante de las auxiliares de a bordo como imagen empresaria se vio en una campaña de reclutamiento realizada en mayo de 1978, en la que se ofrecía ese puesto a chicas que se veían a sí mismas como empleadas administrativas.

Un detalle interesante, que no es un detalle, es que ni Aerolíneas ni Austral, en esos tiempos, exigía ningún estudio específico en el trabajo que requerían. Toda la instrucción se daba dentro de las compañías después de haberlas incorporado.
Al igual que en Aerolíneas, la aparición de las computadoras estuvo acompañada por una figura femenina, también de una empleada administrativa.

En 1983, cuando Austral ya era estatal, una imagen femenina volvió a la publicidad, en un aviso en el que la empresa explicaba que todo su sistema operativo funcionaba basado en computadoras, pero no sabían sonreír, tarea reservada a las azafatas.

Matrimonio y algo más
Detrás de las caras bonitas que representaban a las compañías se escondían políticas empresarias que merecen alguna discusión.
Aerolíneas Argentinas menospreciaba a las tripulantes femeninas, dándoles mínimas posibilidades de progreso en el escalafón y un techo claro que no podían perforar por el simple hecho de ser mujeres. El jefe de la cabina de pasajeros era el comisario, varón por definición, y sus subordinadas eran mujeres. Eso estaba claramente definido desde el mismo momento del reclutamiento de este personal, pero las diferencias incluían varias cosas que hoy nos asombrarían, ya que para ser auxiliar se exigía ser soltera y haber aprobado ciclo básico secundario (hasta tercer año), mientras que a los comisarios, que ingresaban con ese cargo jerárquico, no se les pedía ser solteros, pero sí haber cumplido con el servicio militar (algo muy usual en ese momento) y el secundario completo.

A las mujeres se las recibía con dieciocho años de edad, y a los varones con veintiuno, o sea que con la legislación del momento ellas eran menores de edad y ellos mayores. Se dice —nunca lo vi escrito— que esta política empresaria, que duró décadas, estaba basada en el concepto de que este trabajo era una posición para jóvenes que en algún momento se casarían y por un sentimiento natural lo abandonarían. Nadie pensaba en una carrera de tripulante de cabina femenina larga.
Pero, evidentemente, esto que probablemente fue aceptado sin chistar en los primeros convenios de las sociedades mixtas, donde había pocas categorías y el personal de vuelo tenía un suplemento, algún día empezó a generar roces cuando las empleadas querían hacer algo tan elemental como casarse. Algunas llegaron a hacerlo en secreto.
En 1982 Aerolíneas contrató una camada en la que había mujeres casadas, y algunas con hijos y poco después —durante el gobierno de Alfonsín— cambió el escalafón, que se unificó, obviándose la diferencia por sexos. Alicia Castro, cuando era dirigente sindical, tuvo bastante que ver con esto.
En Austral el tema era distinto, porque todo el personal de cabina era femenino (otra discriminación), pero la exigencia de soltería también estuvo durante muchos años, y el matrimonio secreto también era usual.
De todos modos la presión fue grande, y en los últimos tiempos de la empresa privada el matrimonio estaba aceptado, aunque el reclutamiento se hacía con eufemismos, ya que los avisos convocando personal de cabina no requieren la soltería, pero se refieren a las candidatas como “señoritas”.

Los últimos años
Durante los años en que las empresas estuvieron controladas por Iberia y Marsans, la figura humana prácticamente desapareció de su publicidad, y las que ahora se llamaban tripulantes de cabina no tuvieron lugar en ella.
No fueron buenos tiempos. Los conflictos gremiales arreciaban, hubo muchos despidos y las relaciones no daban para poner a una azafata (o cualquier otro empleado) como imagen de la empresa. Pero podía buscarse otro símbolo que fuera una cara bonita, y así fue que en 1998 se hizo una campaña con el rostro de la modelo Valeria Mazza, por entonces en la cima de su carrera.

Después de la nacionalización de las empresas, la publicidad en medios gráficos se achicó frente a los medios electrónicos, y volvió la figura humana, pero ahora correspondía a pasajeros y no a empleados de la compañía, hombres o mujeres, que dejaron de ser su símbolo.
Pero a veces hay problemas de identificación complicados para los publicistas, y lo humano vuelve. La incorporación a Skyteam se hizo mostrando un grupo de tripulantes de cabina de todas las empresas de la alianza.
En cuanto a las empresas privadas, surgidas a mediados de los años noventa, tampoco mostraron demasiado interés en tener tripulantes de cabina como símbolo, pero, esporádicamente, algunas hubo El gran tema eran los precios.

Una curiosidad fue Dinar, que en junio de 1999 publicó algunas piezas publicitarias con el rosto sonriente de una telemarketer, a la que identificó como el primer contacto entre el pasajero y la empresa, dando su nombre y apellido.

La guardia viva
La aviación tiene muchos rituales tomados de las fuerzas armadas. Se dice, ¡cuándo no!, que fue un invento de Juan Trippe, que copió para Pan American los uniformes con galones la nomenclatura y otros detalles. Lo que nos interesa aquí es que los rituales militares incluyen oficiales o soldados de guardia, que acompañan siempre al personal jerárquico.

Dentro del protocolo aeronáutico esta función está a cargo de las tripulantes de cabina, o mujeres vestidas como tales, que tradicionalmente escoltan a los funcionarios de las líneas aéreas en sus presentaciones públicas, haciendo un papel que, a esta altura de la historia, ya podríamos considerar superfluo.

Me pareció muy interesante! 👏👏