
Todo empezó el 8 de febrero de 2016, cuando el ministro Dietrich dijo en el acto de asunción de las autoridades de la EANA: “Estamos generando las condiciones para duplicar la cantidad de pasajeros que vuelan dentro del país, y para que se incorporen nuevas empresas y operadores en el mercado aéreo local, con la creación de nuevas fuente de trabajo que esto implica”. No hubo ningún documento específico equivalente a un plan de obras, así que todo lo que sigue son suposiciones hechas a partir de declaraciones de los funcionarios.
La palabra “revolución” apareció en la boca del presidente Macri el 6 de marzo de 2017, cuando dijo “Vamos a tener una revolución de la industria aerocomercial” y, el 22 de marzo, Dietrich anunció, en Córdoba, el plan “revolución de los aviones”. Desde entonces el término quedó incorporado al lenguaje oficial.
La propuesta de duplicar la cantidad de pasajeros aéreos del país en cuatro años, es atractiva pero difícil de alcanzar. De hecho, no hay ningún antecedente siquiera parecido, ya que se requeriría tener una tasa de crecimiento del 18,92% anual sostenido durante cuatro años. Lo más comparable fue el período 1976/1980, que tuvo un 65% de crecimiento, bastante lejos del objetivo planteado.
Antes de entrar en detalles, digamos que en 2015, según la ANAC, los pasajeros de todo tipo que volaron en la Argentina fueron algo más de 22 millones (10.525.152 domésticos y 11.672.227 internacionales), lo que significa arribar a 2019 con un gran total que supere los 44 millones.
Un punto sobre el que jamás hablaron las autoridades es la participación de la bandera argentina en este esfuerzo. En el caso del tráfico internacional, aparentemente, el tema no interesa, ya que no hay referencias muy concretas al mismo en el discurso oficial y el dato ha desaparecido de las estadísticas (ver Tenemos estadísticas). También es sintomático que mientras algunas empresas extranjeras (Level, Norwegian) anuncian el inicio de vuelos al país, Aerolíneas Argentinas aumentó al mismo tiempo algunas frecuencias, pero no habla de expandir sus rutas de largo radio de modo equivalente y hasta manifiesta cierta timidez para el denominado mercado regional.
Pero en materia doméstica, la cuestión es diferente. El gobierno repitió hasta el cansancio que el mercado doméstico estaría reservado a empresas argentinas, que operarán con aeronaves de matrícula argentina con tripulantes argentinos, pero aclarando siempre que no habría “ningún inconveniente para que ninguna compañía venga y se instale en Argentina”. Esto no logró convencer a sus detractores (sindicatos y partidos de oposición), que se opusieron férreamente al ingreso de nuevos operadores, asegurando que eso sería el fin de Aerolíneas Argentinas.
Así fue que el presidente, el 6 de marzo de 2017, hizo un cambio en el discurso oficial, afirmando que su plan se basaba en tres ejes, “potenciar a Aerolíneas” para que continúe siendo líder en el país, incorporar nuevas líneas aéreas que den nuevas alternativas de conexión y transformar la infraestructura terrestre y el espacio aéreo.

Por qué se puede crecer
Hay buenos motivos para pensar que éste puede ser el momento del crecimiento del transporte aéreo argentino. Los principales temas son los siguientes:
- Desde que el Estado se hizo cargo de Aerolíneas Argentinas, ésta ingresó en un ciclo de crecimiento notable, y sus actuales autoridades insisten en aumentar rutas y frecuencias dentro del país. Es previsible que este crecimiento del tráfico doméstico se mantenga. También puede pensarse en algún incremento en el mercado internacional, pero el entusiasmo de la empresa estatal por este sector, más competitivo, es más reducido.
- Hay un desarrollo generalizado de las principales empresas de la región que están aumentando sus operaciones en el país, y también diversas low cost mundiales han anunciado futuras operaciones a la Argentina o ya las han iniciado. Es de esperar que por este lado también aumenten los pasajeros que entran y salen del país.
- Argentina está rezagada en la proporción pasajeros aéreos/habitante lo que es una señal objetiva de que hay un espacio para crecer.

- Al mismo tiempo, el país tiene un PBI per cápita razonablemente alto, lo que señala que la población tiene recursos para hacer más viajes.

- Además hay que considerar los temas clásicos que dan ventajas competitivas al avión. Argentina tiene distancias importantes entre sus principales ciudades y está relativamente lejos de los centros económicos mundiales de mayor importancia.
- El turismo es uno de los grandes atractivos de la Argentina, con destinos de todo tipo y una infraestructura básica instalada, aunque mejorable. Al mismo tiempo el turista argentino siempre ha estado dispuesto a conocer nuevos destinos cuando tiene una oferta interesante, ya sea en materia de bellezas naturales, playas, deportes o tours de compras.
Por qué es difícil crecer
Más allá de lo anterior, hay varias cuestiones que complican lo que parece sencillo, y aquí es dónde es necesaria una acción muy especializada de los políticos que proponen este crecimiento sin antecedentes.
- La legislación aeronáutica argentina es muy antigua, y no está pensada para recibir inversiones extranjeras de modo indiscriminado. Cualquier inversor serio va a pedir garantías que no parecen estar a la vista.
- Hay problemas con la infraestructura. El gobierno actual, consciente del problema, ha lanzado un programa de mejoras en una veintena de aeropuertos, lo que implica tanto obras civiles cuanto equipamiento de comunicaciones y navegación. Es bueno, pero no alcanza, fundamentalmente en Buenos Aires, donde no hay un plan de obras importante.

- Es muy difícil saber si existe el personal especializado necesario para satisfacer la demanda que viene. La ley argentina exige que los tripulantes de aeronaves argentinas tengan nacionalidad argentina, lo que podría complicar aún más la cuestión.
- ¿Hay veintidós millones de pasajeros listos para adoptar el avión como medio de transporte? Si la cuestión se limita a un tema de oferta de pasajes baratos podrían estar a la vuelta de la esquina, pero no es tan simple, porque la aviación argentina, en general, no está preparada para ser una aviación popular.
- Y por último hay una cuestión cultural. Medio país está entusiasmado con la llegada de nuevos operadores que propongan nuevas alternativas, sobre todo en material de tarifas, pero la otra mitad del país está furiosa con la posibilidad de que esto ocurra y plantea acciones, a veces violentas, para impedirlo.
La cuestión legal y reglamentaria
Está ampliamente demostrado que el transporte aéreo, en todo el mundo, no evoluciona ni crece si no tiene una legislación adecuada.
Pero la declamada revolución de los aviones no parece contemplar ningún cambio legislativo, una cuestión que, desde el principio, plantea serias dudas sobre su éxito a futuro.
Las leyes que rigen el tema (17.285 y 19.030) son anteriores a las crisis petroleras, a la desregulación, a la globalización, a la salida de los estados del negocio aerocomercial, a las empresas de bajo costo y, en general, a todos los mecanismos con los que hoy funciona la actividad. Hasta ahora el país ha tomado diversos atajos, como el Decreto 52/94, para salvar los problemas de cada momento, pero, si hemos de hablar de inversiones serias, será necesaria una reforma legal de fondo.

La gran pregunta es si se puede, políticamente, reformar esta legislación. Aparentemente no se trata de un tema prioritario para nadie y más aún, una buena parte de la ciudadanía cree que el cuerpo legal es adecuado para nuestra realidad y que deben mantenerse conceptos de propiedad sustancial y prerrogativas para Aerolíneas Argentinas. Quienes están en desacuerdo con esto, el gobierno en primer lugar, no dicen nada sobre el tema, quizás porque no están dispuestos a defender los cambios en el Congreso, donde se descuenta que se discutirán conceptos tales como la “entrega” de Aerolíneas Argentinas. No olvidemos que Macri, para ganar las elecciones, debió prometer que la empresa no sería privatizada.
La llegada de nuevas empresas
En cualquier país, por más desorganizado que sea, una aerolínea debe cumplir ciertos requisitos y seguir una serie de trámites para ser autorizada. Parece lógico, porque es responsabilidad de los estados velar por diversas cuestiones que tienen que ver con la solvencia económica y técnica de los operadores, la protección al consumidor, y la seguridad operacional.
No parece ser el caso de la República Argentina, cuyas autoridades, que muestran un entusiasmo más digno de un vendedor de autos grandilocuente que de funcionarios serios, están pasando por alto casi todos los trámites a que hacemos referencia, dándose el caso de que en los últimos tiempos se han otorgado autorizaciones importantes a empresas que carecen de certificado de explotador de servicios aéreos (CESA), un requisito mínimo a exigir, sobre todo cuando se conceden a esas empresas decenas de rutas.
Esta realidad ha sido bien explotada por la oposición, que ha remarcado, con buenos argumentos, la falta de seriedad, en este sentido, de las adjudicaciones. El tema se ha enrevesado además con la aparición de acusaciones de conflictos de intereses entre las nuevas empresas y las autoridades, algo muy difícil de probar, pero pésimamente manejado por el gobierno y peor por las empresas.
Después de la audiencia pública realizada en diciembre último (ver Una Audiencia Pública muy larga), se anunció que en marzo se realizaría otro acto similar en el que se presentarían otras propuestas, pero hasta la hora de escribir estas líneas (julio), no hay novedades al respecto, salvo los rumores que mes a mes van postergando el llamado. Evidentemente hay complicaciones que superan las buenas intenciones.

Resumiendo la cuestión. La Argentina es un país atractivo para cualquier interesado en hacer negocios aerocomerciales, pero el panorama normativo es confuso y los antecedentes disponibles muestran que la seguridad jurídica es dudosa. Así las cosas, podemos esperar la venida de operadores que ya están en el mercado y necesitan imponer su presencia (caso Avianca y Latam) y el crecimiento de algunos que ya están (American Jet, Andes). El resto deberá demostrar su seriedad y capacidad con hechos y, sobre todo, inversiones reales.
Una situación distinta se da para el caso de empresas extranjeras que quieran volar desde sus países a la Argentina. En principio no hay mayores inconvenientes legales para que esto ocurra, en la medida en que haya convenios vigentes con sus países de bandera. Sí hay inconvenientes políticos, porque la oposición no ha vacilado en calificar estos casos como apertura de los cielos, algo que no resiste un análisis jurídico serio, pero que enardece a quienes no superaron la realidad de los años cincuenta.
