Memorias aeronáuticas

Nuestro redactor de Pablo Luciano Potenze en su estudio en la actualidad.

Nunca trabajé en una empresa aeronáutica, no soy piloto, nunca volé en un avión monomotor ni en un Jumbo, pero tengo una relación con la aviación y los aviones, y la invitación a escribir su historia es tentadora. Es una historia compleja, no lineal, con baches y muchos complementos ajenos a la aviación pero con un resultado final aeronáutico.

Aprendí a leer más o menos a los cinco años, antes de entrar a la primaria, y a partir de ahí leí todo lo que cayó en mis manos. Uno de mis primeros grandes descubrimientos fue el diario, que leo todos los días desde entonces.

Mi primera relación con los transportes fue ir a ver los trenes a la vera de la vía con mi abuelo, donde intuí algo de tecnología ferroviaria. El primer contacto con los aviones fue en Don Torcuato, adonde iba de vez en cuando la familia a ver las avionetas. También íbamos como paseo familiar a Ezeiza, a disfrutar de las terrazas, pero no tenía ningún interés especial por la aviación. De todos modos, algo aprendí observando las maniobras de plataforma. También me atrajeron los micros de todo tipo.

Un joven Pablo Luciano Potenze con uno de sus hermanos posando con una avioneta en Don Torcuato en 1956.

Mi primer recuerdo de vuelo fue un viaje en DC-3 a Villa Dolores, en 1952. No me gustó nada porque me mareé, y declaré que no volvería a volar. No cumplí.

El antiguo edificio terminal de Villa Dolores, adonde llegué en 1952. Allí se mezclaban pasajeros, repuestos de DC-3, lugares de check-in, muchísimos faroles de kerosene, y una montaña de balasto para balancear los DC-3. Todavía está en pie, y hay otro idéntico en La Cumbre. La foto es de fines del siglo pasado (imagen PLP).

El gran cambio ocurrió en el verano de 1956, cuando un amigo me mostró un aeromodelo Origone, y me interesó en la materia. Tenía ocho años. En ese momento empezó mi etapa pasional con la aviación, leí todo lo que pude desde el diario hasta algunos libros como Sobre continentes, mares y polos de Hans Pollog y Erich Tilgenkamp. También inicié una poco perseverante carrera de aeromodelista de madera balsa.

El planeador Origone era uno de los modelos oficiales de la Secretaría de Aeronáutica. Sus planos venían con el sello de la institución (imagen Mercado Libre).

Para esa época armé mi primera red social, que todavía funciona, que fue pedirles a todos mis parientes y amigos que me recortaran noticias de aviación. Yo las pegaba en cuadernos sin mucho orden, pero junté mucho en los años siguientes. También convencí a mi abuelo de que me llevara al Aeroparque a ver los aviones.

En 1958 mi papá me regaló una Revista Nacional de Aeronáutica, que desde entonces fue una de mis lecturas favoritas. Por esa época también empecé a leer Tía Vicenta, con la que aprendí política.

Yo jugaba con trenes y los avioncitos que se pueden conseguir en las jugueterías, pero había problemas. Muy pocos eran fieles a los modelos reales, y no había ningún equipo de tierra. Entonces opté por hacerme mis propios aviones de cartulina y todos sus accesorios, escaleras, grupos electrógenos, carros de equipajes y afines, también hacía aeropuertos con pistas marcadas y hasta antenas y torres de control. O sea, juguetes a medida de mis requerimientos. En menor medida seguía habiendo trenes y colectivos entre mis juguetes. Con la adolescencia pude viajar solo a los aeropuertos (A Ezeiza, en el 129 una hora y media de ida y otro tanto de vuelta).

Hice un secundario de lujo, en el Buenos Aires, donde aprendí muchas cosas que después me servirían en la aeronáutica y la vida.

Hice un bachillerto de lujo en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Aquí se ve la biblioteca (imagen Wikipedia).

A la hora de elegir una carrera universitaria, opté por arquitectura, porque la carreras aeronáuticas que existían (ingeniería y militar) no me atraían. En la facultad aprendí otras cosas de otros temas, pero lo que más influyó en mi carrera aeronáutico/literaria posterior fue el consejo de un ayudante de cátedra: no hacer borradores parciales, trabajar las ideas completas y no dejar nada colgado para que esa labor sirva para el futuro sin necesidad de correcciones.

En ese momento terminó la etapa aeronáutica pasional, porque pensaba que iba a dedicarme a otra cosa. Desaparecieron cuadernos y revistas (no todos) y se dio la curiosa situación de que pasaba todos los días por Aeroparque para ir a la Facultad, pero nunca me detuve a echar un vistazo.

Mientras tanto entré a trabajar en una editorial, donde preparaba originales y corregía textos y pruebas. Allí aprendí mucho sobre cómo debe ser un texto para publicar, y cosas tan elementales (hoy pasadas de moda) como que hay que numerar las páginas, dar jerarquías a los títulos, cuidar los números y muchos detalles más.

Después fui a trabajar a Entel, la Empresa Nacional de Telecomunicaciones, en el área técnica, ya como arquitecto. Era un lugar curioso, donde convivían los inútiles y vagos más profesionales que he visto en mi vida, con profesionales muy especializados en lo suyo. Había que saber ubicarse, dejar bien claro a los jefes dónde estaba cada uno, cuánto estaba dispuesto a trabajar y cuánto no. Mi respuesta, vista en perspectiva, fue siempre ambivalente.

Como vivía en el centro, cerca de mi oficina, iba a almorzar a casa, pero un día me mudé al barrio de Liniers y no pude mantener esa rutina.

Tenía que hacer algo más divertido que almorzar en mi hora de almuerzo que duraba dos hora o más, y me acordé de mi viejo interés por los aviones y llegué a la conclusión de que, como había bastante literatura sobre Aeroposta Argentina, Jorge Newbery y afines, lo que faltaba era un libro sobre el transporte aéreo a partir de la Segunda Guerra Mundial, y me propuse escribirlo en los mediodías que ahora estaban a mi disposición. Tenía como base algunos conocimientos aportados por mis lecturas específicas, lo que recordaba de mis recortes, una buena idea de la política en general, y todas mis observaciones en Ezeiza y Aeroparque. En este punto nació mi relación racional con la aviación, como materia de estudio.

Empecé por la Biblioteca Nacional de Aeronáutica, con el número uno de la Revista Nacional de Aeronáutica y seguí con cuanta revista encontré, culminando con la lectura del Boletín Aeronáutico Público. También encontré balances, otros documentos empresarios y oficiales, y otras cosas de interés. Tomé muchas notas, aunque, ahora lo sé, con mal método de fichaje.

Las entrañas de la Biblioteca Nacional de Aeronáutica, verdadero santuario de la información en la materia (imagen, Gestión Cultural Defensa).

Antes de empezar a escribir, tomé varias decisiones técnicas que, en general, todavía mantengo: El texto tenía que comprenderlo cualquiera, no sería un libro épico y no tendría héroes, los elementos distractivos como los nombres debían ir en notas al pie, los números se entendían mejor en gráficos que escritos, los mapas eran indispensables y las fotos eran necesarias para que los inexpertos supieran cómo eran los aviones. Como modelo elegí una combinación del libro El 45 de Félix Luna y la revista Interavia de los años 70/80. Eso significaba que, para contar la historia, lo político y lo técnico eran fundamentales. También agregué temas no esenciales en varios apéndices. Además formulé la “Regla del Subterráneo”, que dice que en estos tiempos un libro debe poderse leer durante un viaje en subte, con todas las distracciones e interrupciones que esto significa. Así logré un texto de lectura lineal.

En este punto escribí el libro por primera vez. No estaba mal, pero era demasiado aeronáutico, le faltaba relación con el entorno. Entonces empezó la parte más larga y compleja de la investigación, que fue revisar todos los diarios desde 1945 hasta 1980, cosa que hice alternando entre las Hemerotecas del Congreso y del Concejo Deliberante (hoy Legislatura). Fueron alrededor de dos años, en los que conocí el tema gremial, las cuestiones políticas, las quejas de los pasajeros, leí solicitadas y entré en contacto con las publicidades aeronáuticas.

La Hemeroteca del Congreso, donde todavía sigo investigando (imagen PLP).

Con esto terminé la recopilación y lo escribí otra vez. Lo revisé y lo corregí repetidamente, agregué y saqué cosas, y el resultado fue una historia ordenada en la que se explicaba bastante bien por qué ocurrían las cosas. Lo que más me costó asumir fue que la legislación fuera tan errática. Pedí opiniones a algunos amigos y escribí la versión final. Todo en papel, horas y horas de dactilografía pura.

Con la carpeta bajo el brazo, salí a buscar editores. El primero en rechazarlo fue Sudamericana y siguieron dos años en los que toqué todos los timbres que se me ocurrieron y, finalmente, por una gestión de gente de Austral, logré el interés de El Cronista Comercial. Creo que yo le di a Eurnekian su primer negocio aeronáutico.

El libro se publicó y tuvo éxito. Yo había hecho todo al revés, porque lo habitual es empezar publicando artículos, conocer a la gente del ambiente y después animarse con un libro, pero fue así, y con la obra publicada empecé a mandar artículos a diversas revistas y a recorrer el ambiente aeronáutico. Empecé con Aerodeportes, y siguieron otras. Hace más de diez años que escribo en Gaceta Aeronáutica, tratando de dar mi punto de vista sobre las cosas que pasan en la aviación, que muchas veces se explica desde fuera de la aviación (ver artículos).

Durante la búsqueda de editor, entré en contacto con ALADA (Asociación Latinoamericana de Derecho Aeronáutico) donde me propusieron ser docente en una carrera universitaria sobre aviación comercial que estaban lanzando entonces en la UADE, patrocinada por IATA. Me quedé dieciséis años dictando historia y diseño de aeropuertos. Fue una experiencia linda y cada tanto encuentro a algún exalumno trabajando en el tema. Allí hice un largo apunte que se terminó publicando como libro, Historia de la aviación comercial.

Di varias conferencias, fui invitado por universidades argentinas a dar seminarios diversos, publiqué artículos (pocos) en revistas extranjeras, e hice algunas consultorías empresarias. Conocí a mucha gente del ambiente aeronáutico, a la que había leído y a la que respetaba. Con algunos desarrollé excelentes relaciones.

Pero yo tenía un título de arquitecto, y pensé que podría hacer algo más divertido que edificios para equipos de telecomunicaciones, por lo que junté todos los apuntes y fichas que había hecho cada vez que me mudaba (era muy obsesivo) y escribí la Guía para elegir vivienda, que encontró un editor antes de que lo terminara  y pasó sin pena ni gloria.

Hice otro intento, que fue escribir sobre la arquitectura peronista, para lo que investigué mucho y viajé a casi todas las provincias a ver las obras, pero el tema me superó.

Los orígenes de Aerolíneas Argentinas es un libro muy completo, escrito en colaboración por los historiadores más destacados del tema.

Creo haber sido pionero en el uso de la informática para escribir. Mi primer editor fue un máquina télex con memoria que había en la oficina, limitadísima, pero era un salto sobre las máquinas de escribir. Después vino una computadora hogareña Talent y finalmente un clon AT. También usé un modem cuando internet no existía, y los módems eran de 300 bps.

El cuarto libro, Aviones política y dinero, fue una historia realmente completa de todo el transporte aéreo mundial que escribí pensando en lectores de todo el mundo, pero tuvo problemas de distribución. Después vino una participación en Los orígenes de Aerolíneas Argentinas en colaboración con lo mejor de los investigadores del tema.

Me gusta la aviación y todo lo que la rodea. Es un mundo donde están todos los aventureros del mundo, carísimo, controlado por la política, y formado por mucha gente de ninguna parte, que hoy está aquí y mañana del otro lado del mundo, lo que no es sano. También es la vanguardia de la tecnología, la maravilla del vuelo, y la lucha permanente de facciones, como en todas partes.

Siempre hay nuevas cuestiones para investigar. Lo más difícil es publicar libros de papel, que creo que son los únicos que han demostrado que quedan. Ahora, como temas de largo aliento, estoy indagando sobre las relaciones laborales de la aviación y la vida del comodoro Güiraldes, pero siempre surgen nuevas cosas.


 

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