Ford Trimotor

Sesenta años “jodiendo con los avioncitos”

Según dice el mito familiar, el “trastorno aeronáutico” es una “condición genética” que adquirí cuando aún habitaba el seno materno y mi santa madre nos exponía a los inconfundibles sonidos, olores y vibraciones de transportes Douglas DC-3 y Bristol 170 de la Fuerza Aérea Argentina (FAA) mientras volábamos entre Buenos Aires y Córdoba cuando ella estaba embarazada…

Hasta llegar a la mayoría de edad, mi vida estuvo jalonada por una ineludible sucesión de mudanzas entre bases aéreas de la FAA e, incluso, una residencia temporaria en lo más profundo del cinturón agrícola de los EE.UU., donde mi padre integraba la comisión receptora de los primeros doce cazas A-4B (o A-4P) Skyhawk argentinos.

Tuve oportunidad de vivir en (o cerca de) instalaciones aeronáuticas militares en Villa Devoto (Ciudad de Buenos Aires), Río Cuarto (Córdoba), El Palomar (Buenos Aires), Villa Reynolds (San Luis), Tulsa (Oklahoma, EE.UU.) y Córdoba (capital); como así también volar con alguna habitualidad entre ciudades tales como Morón (Buenos Aires), Paraná (Entre Ríos), Posadas y Puerto Iguazú (Misiones), Montevideo (Uruguay), Córdoba y Tulsa vía Nueva York (EE.UU.).

Mi primera asistencia a un festival aéreo, documentada fotográficamente, tuvo lugar en Tulsa a los cuatro años y en ese evento tuve el privilegio de coincidir con un Ford Trimotor en condición de vuelo (el cual hoy es parte del acervo del National Air & Space Museum de Washington DC, EE.UU.) y de presenciar las exhibiciones de la escuadrilla acrobática de la armada norteamericana, los “Blue Angels”, cuando todavía volaban cazas F-11A Tiger.

Fase crónica

Pero mi condición se hizo crónica cuando, poco antes de cumplir los 14 años, un “brigadier muy mala leche” dispuso “trasplantar” a mi padre desde un cargo y la cómoda vida de clase media que teníamos en la Capital Federal a un destino “en medio de la nada”: ¡¡La base aérea de Villa Reynolds!!

Alejado del mundanal ruido de Buenos Aires y residiendo a 15 km. de la localidad más cercana, no podía hacer otra cosa que dedicar mis ratos libres a explorar las instalaciones de la V Brigada Aérea y sus alrededores, fisgonear a través de los alambrados las operaciones de sus A-4P Skyhawk y hacerme amigo de mecánicos y pilotos para que me permitieran acceder al Grupo Aéreo, los hangares, la plataforma de vuelo… ¡o me sacaran a dar una vuelta en aeronaves de dotación de la brigada!

Predeciblemente, al cumplir los 18 años me había incorporado a la Escuela de Aviación Militar (EAM) como cadete de la Promoción XXLIX, donde al poco andar se demostró que mi interés por la aviación no venía necesariamente acompañado de la debida adherencia a las normas, hábitos y costumbres que imponen la cultura y disciplina militar…

Cuando las cosas se pusieron complicadas y un entonces suboficial cadete me bautizó “Jimmy Dean, el rebelde sin causa”, tomé la dolorosa decisión no solo de abandonar la carrera aeronáutica militar sino también de emprender una senda profesional que me alejaría inexorablemente de mi sueño de trabajar en la aviación.

La «cepa editorial»

A fines de 1979, sin embargo, ya había realizado mi primer experimento editorial aeronáutico (una gacetilla de cuatro páginas titulada “Aeronoticias Mensuales”), en la EAM impulsé otro proyecto (el boletín “Alas”) y al volver a la vida civil propuse a varios amigos la formación de una organización sin fines de lucro que publicó varias ediciones del “Boletín del Grupo de Información Aérea”.

Tras relacionarme con veteranos historiadores de la talla de Francisco Halbritter, Jorge Núñez Padín y Horacio Gareiso, el boletín se transformó en una publicación trimestral titulada “Aviación Latinoamericana” (ALA), la cual subsistió un par de años después de la Guerra de Malvinas.

ALA fue sucedida en 1984 por “Latin American Wings” (LAW), proyecto en inglés que lanzamos con mi colega norteamericano/brasileño, Jackson Flores, Jr. (ver «¡Adiós amigo Jambock!»), la que subsistió varios años, incluso tras la partida de Jackson en 1987 y la reconversión del medio al idioma español.

Una «recaída proverbial»

Tras el fracaso de LAW, mi matrimonio y mi graduación como analista de sistemas en 1991, creí que nunca más volvería a impulsar (o participar en) alguna publicación aeronáutica; pero el trastorno aeronáutico seguía latente y en 1994 me impulsó a unirme a Pista 18, un proyecto concebido por Sergio Minchiotti y Carlos Abella para mantener vivo el espíritu que había impulsado a LAW y sus predecesoras.

Ese proyecto pasará a la historia como el pináculo no sólo de mi carrera como cronista aeronáutico sino también del movimiento spotter argentino: Si bien el proyecto comenzó humildemente, en menos de tres años logró hacerse de un staff editorial de lujo que incluía varios grandes cronistas de la aeronáutica argentina (y regional), tales como Carlos Abella, Sergio Minchiotti, Francisco Halbritter, Marcelo W. Miranda, Esteban Raczynski, Sergio Hulaczuk y tantos más.

Si bien Pista 18 llegó a tener distribución en quioscos a nivel nacional bajo la conducción de su principal editor, Juan J. Castro, la crisis económica de fines de Siglo XX determinó su desaparición y el desbande del equipo editorial: Algunos siguieron en la “huella de papel” fundando la revista Lima Víctor y otros nos embarcamos en una azarosa y muchas veces frustrante exploración del ciberespacio.

El ciberespacio… ¿la última frontera?

En el cuarto de siglo transcurrido desde entonces, he explorado distintas alternativas de ese nuevo universo tecnológico: Inicialmente fue con sitios convencionales (Aeromilitaria Argentina y Archivo Pucará), blogs propios y ajenos (Vuelo Rasante, Pista 18 y Gaceta Aeronáutica) y, finalmente,  las muchas veces agotadoras redes sociales (Facebook, Twitter, Instagram y Pinterest).

En los 42 años que llevo participando en esta actividad también tuve oportunidad colaborar con publicaciones nacionales y extranjeras tales como Alas de América y el Mundo (Argentina), JP4 Mensile di Aeronáutica (Italia), Air Forces Monthly (Reino Unido), Defence & Foreign Affairs (USA), Le Fana de l’Aviation (Francia) y el Boletín de la Fuerza Aérea Uruguaya.

También me parece digno destacar varias iniciativas distintivas e innovadoras, tales como mi monografía del DINFIA Guaraní & IA-50 G-II publicado por Australis, el “reviposter” del IA-58 Pucará que publicó la Revista Alas, la entrevista al comandante de los USAF Thunderbirds, la crónica del último vuelo del teniente Giménez, mi pertinaz búsqueda del IA-58 Pucará A-517, las crónicas del #SpotterViajero o los aportes que he hecho a la cobertura sistemática de FIDAE, la Aeromilitaria Argentina o las fiestas patrias chilenas.

Spotter así en la tierra como en los cielos…

Si bien comencé a llevarla sistemáticamente recién a partir de 1986, mi “bitácora de vuelos” registra no menos de 350 tramos y más de 700 horas en el aire, promediando 20 horas y 10 segmentos por año a bordo de 37 tipos de aeronaves con 29 operadores diferentes… ¡¡y afortunadamente sin ningún accidente o incidente serio!!

Los records más destacables se los llevan los años 1994 (único sin vuelos desde 1986) y 2001 (cuando pasé el equivalente a “seis días en el aire”), el Airbus A320 (en el cual he volado más de 165 horas), LAN Airlines (con quien acumulé casi 260 horas antes de su transformación en LATAM) y la ruta Ezeiza-Pudahuel (más de 134 horas).

Esa bitácora conserva recuerdos de vuelos excepcionales, al menos para mí: Traslados militares en un Sud Aviation Caravelle argentino (El Palomar-Pajas Blancas, 1974) y un Avro 748 brasileño (C-91 2507, Montevideo-Aeroparque, 1986), una operación de reabastecimiento en vuelo en KC-130H Hércules (TC-70, 1986), un vuelo de ensayo en el prototipo IA-50B G-II (TX-01, Córdoba, 1982), mi primer vuelo en helicóptero (Hughes 369, Villa Reynolds, 1977) y mi vuelo de bautismo en la EAM (Beech Mentor E-074, Córdoba, 1980).

También tuve la suerte de participar en “media flights” del EMB-120 Brasilia (PT-ZBB, Don Torcuato, 1986) y el C-17A Globemaster III (89-0190, FIDAE, 2010) y hacer vueltas de pista en un legendario MH-1521C Broussard (PG-332, Dolores, 1986) o en un ultraliviano Pioneer Twin Star (LV-U-163, Ingeniero Maschwitz, 1989)… ¡pero todavía me falta volar en planeador y autogiro!

Finalmente, destaco haber podido conocer varias aerolíneas ya fenecidas, tales como Austral, CATA, LAPA/ARG/AIRG, VASP, TAM, Transbrasil, Varig, LAN y LACSA, y realizar varios tramos en aeronaves icónicas, tales como el Boeing 747SP (United Airlines, 1993), el Boeing 787 (Aeroméxico, Air France, LAN y LATAM, 2012-2019) y el Airbus A340 (Aerolíneas Argentinas y LAN, 2001-2006).

Pero «no todo lo que brilla es oro»…

Si bien, hasta aquí, esta autobiografía propone una visión romántica de mi trayectoria como cronista y fotógrafo de la aviación mundial, la realidad es que el camino no ha sido del todo fácil ni tan exitoso como aparenta…

Para empezar, esta “vocación aeronáutica” ha estado permanente e irremediablemente divorciada de mi “profesión”: Todas estas actividades fueron financiadas no por los ingresos que generé en ella… ¡sino por las remuneraciones que obtuve en mis 30 años de carrera en informática!

Al igual que muchos otros colegas, mi actividad no siempre fue bien comprendida por la industria o las autoridades, lo que me llevó a tener más de un “problemita” (léase detención, interrogatorio y liberación bajo las más variadas amenazas) con policías aeronáuticos, agentes de inteligencia militar o guardias de seguridad… ¡¡principalmente en mi propio país!!

Si analizo mi trayectoria con espíritu crítico, también debo admitir que no sobresalgo en ninguna faceta en particular: No soy el mejor cronista, editor o fotógrafo de nuestra actividad… aunque espero que la historia rescate algunas de las “cositas” interesantes, creativas o innovadoras que sí hice.

Aún así, estoy seguro que volvería a abrazar esta fascinante actividad si naciera de vuelta… ¡aunque trataría de ser un poco menos peleador y camorrero, más constante en mis emprendimientos y más paciente ante las eventuales faltas de progreso de los proyectos en los que estuve embarcado!


Bibliografía consultada: Pavlovcic + Magnusson + Raczynski: “Catálogo completo de aeronaves civiles argentinas registradas” (Argentina, 2016). Otras referencias consultadas en Internet: US Navy Blue Angels (oficial) y Wikipedia.

3 comentarios sobre “Sesenta años <b>“jodiendo con los avioncitos”</b>…

  1. Por fin conocí la cara del misterioso (para mí) Carlos Arturo Ay. Aún guardo en mi biblioteca ejemplares de los humildes Boletin GIA, que llamaron mi atención porque por primera vez veía que alguien escribía acerca de la aeronáutica de Chile. En esos tiempos, el país trasandino era un enigma y toda la población les tenía encono a los chilenos. A Dios gracias, esos tiempos pasaron. En algo sobresalís Carlos: SOS EL MAS CONSTANTE. Felicitaciones! Espero algún día estrechar tu mano!

Deja un comentario sobre esta nota

Descubre más desde Gaceta Aeronautica

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo