
Los conflictos gremiales a repetición, que afectan de modo imprevisible los servicios aéreos son una constante del transporte aéreo argentino. El tema viene de lejos, pero se puede decir que hoy los trabajadores, cuando les conviene, no dudan de tomar como rehenes a los pasajeros indefensos.
La historia tiene raíces muy antiguas. La primera vez que un sindicato argentino (FAPA) hizo cancelar vuelos como parte de un conflicto fue el 1° de enero de 1950 y afectó a las empresas Pan American, Panair do Brasil y Panagra. La situación se mantuvo hasta el 11 de enero, fecha en la que se llegó a un acuerdo con un aumento salarial de 110 pesos, retroactivo al 1º de octubre, más otros beneficios. Adicionalmente se dispuso retener el primer mes de aumento retroactivo, que se destinaría a la Fundación de Ayuda Social María Eva Duarte de Perón, a través de la FAPA. El 17 de abril de 1950 “los trabajadores de las empresas de aviación comercial” entregaron personalmente a Eva Perón una donación de 835.572,80 pesos.
El primer conflicto que afectó a los vuelos de Aerolíneas Argentinas ocurrió en enero de 1957. Podría decirse que estos dos hechos fundadores ya marcaron la tendencia a cortar los servicios en el entorno de año nuevo.

Para acotar el tema tenemos que aceptar que los conflictos interminables fueron propiedad exclusiva de Aerolíneas Argentinas. En las empresas privadas también hubo enfrentamientos, a veces graves, pero siempre apareció una solución más o menos rápida. En el Estado está claro que no hay límites y, además de las clásicas reivindicaciones por salario y condiciones laborales, aparece una defensa de la plantilla, que según diversos observadores está sobredimensionada, y una cuestión de política aérea que no siempre está clara.

Las huelgas en Aerolíneas —a pesar de que interrumpían los servicios y, a veces, eran muy violentas— fueron bastante toleradas por la población en general, que siempre tuvo a la empresa estatal en su corazón y que, sin profundizar demasiado, apoyó el discurso nacionalista de los gremios. La empresa era una parte de la soberanía nacional. Bernardo Neustadt probablemente fue el primero en discutirlo pública y abiertamente, alrededor de 1990.
Pero cuando Aerolíneas pasó a manos de Iberia las cosas empezaron a cambiar. Lo más notable fue que la empresa dejó de ser pública, lo que abrió las puertas a que los sindicatos discutieran de otra manera la política empresaria y, fundamentalmente, que empezaran a criticar cosas como la seguridad, hasta entonces un valor indiscutible.

Pero el gran tema, a partir de mediados de los años noventa, fue el problema que tuvieron que enfrentar los pasajeros que no podían volar. Es cierto que los sindicatos muchas veces pidieron perdón por interrumpir los vuelos, pero eso pronto no bastó, y se fue formando un enfrentamiento distinto, que ya no era sindicatos con empresa, sino pasajeros con trabajadores, algo muy distinto.

Es cierto que en el país el paro es una costumbre establecida, pero el paro de una empresa industrial, en el fondo, no afecta al cliente final de la misma y es un ataque más directo hacia la patronal, mientras que en una empresa de servicios, y más en el caso en que ejerce un monopolio en mayor o menor medida, el paro se vuelve inmediatamente contra los pasajeros, y eso se nota en seguida.

También es cierto que en algunas oportunidades hubo movimientos que no incluyeron cancelación de los vuelos, la mayoría de los cuales estuvo vinculado con limitaciones en el servicio de comidas servidas a bordo.

Justo es reconocerlo, también hubo intentos de tener una comunicación directa con los pasajeros, a veces a través de folletos volantes que se repartieron en los aeropuertos o directamente en los vuelos (o después de ellos). En algunos casos los comandantes usaron el sistema de sonido de los aeronaves, algo que fue muy criticado por la empresa. La primera vez que se vieron en público remeras con la leyenda “Salvemos a Aerolíneas Argentinas” fue en ocasión de un reparto de comunicados, en 1993.

Hoy las cosas no son como fueron hace unos años. El amor de los argentinos por Aerolíneas Argentinas no es tan intenso, han aparecido atractivas low cost y, sobre todo, la empresa estatal los ha dejado de a pie más de una vez, sin previo aviso y en una demostración de mal trato que los pasajeros cada vez toman con menos naturalidad. El derecho de huelga se reconoce, pero el abuso es otra cosa, y allí está la cuestión.
En la última campaña electoral Aerolíneas no fue una profesión de fe unánime, ya que algún candidato dijo claramente que la cerraría y que era un “nido de vagos”. Este tipo de declaraciones, en otros tiempos, eran impensables en una campaña (ver El futuro de Aerolíneas Argentinas).