
A cualquier lector desprevenido le podría llamar la atención ver en el número de marzo de 1972 de la revista Aeroespacio un aviso promocionando el reactor de pasajeros soviético Yak-40. Un razonamiento rápido le hubiera dicho que ni la URSS tenía razones para pensar en colocar ese avión en nuestro país, ni la Argentina estaba dispuesta a comprarlo. Pero las apariencias engañan, y todo puede explicarse.
Los antecedentes del caso empiezan con el gobierno del general Onganía, que se pronunció abiertamente en contra del comunismo, habló de “fronteras ideológicas” y, en 1967, dictó una ley de defensa contra el comunismo, al que consideraba uno de los principales problemas del país.
Simultáneamente se produjeron incidentes que enfriaron totalmente las relaciones diplomáticas entre la Argentina y la URSS, que fueron desde la actuación de pesqueros soviéticos en aguas patagónicas hasta el intento de secuestro de un diplomático soviético por un grupo de derecha encabezado por un oficial en actividad de la Policía Federal. La culminación de estos desencuentros fue la detención y expulsión de diplomáticos soviéticos por desarrollar “actividades incompatibles con sus funciones”. Imposible pensar en hacer negocios en ese ambiente.
El enfrentamiento de Onganía con el comunismo no impidió el secuestro de Aramburu ni el Cordobazo, por lo que los militares decidieron destituirlo, nombrando presidente al general Roberto Marcelo Levingston, probablemente el personaje más desconocido por la población que ocupó ese cargo en toda la historia argentina. Su gestión no mejoró las relaciones con la Unión Soviética, ni fue brillante para nadie, por lo que, finalmente, el general Lanusse, verdadero hombre fuerte del Ejército, decidió destituirlo y asumir la presidencia de la República.
Lanusse declaró el fin de las fronteras ideológicas y, con una actitud pragmática, en junio de 1971, se firmó en Moscú un convenio comercial con la Unión Soviética que hubiera sido impensable años atrás.
En este entorno parece más explicable el aviso que comentamos, pero hay más. La balanza comercial argentino-soviética era favorable a nuestro país en una proporción del orden de quince a uno, por lo que era lógico que los europeos buscaran equilibrarla de alguna manera, y así fue que descubrieron un nicho sin precedentes, los aviones.
El Yak-40 era un trimotor a reacción, diseñado para las rutas de menor densidad de Aeroflot, con capacidad para hasta 34 pasajeros, apto para operar en pistas semipreparadas. Aunque había sido pensado para reemplazar a los aviones rusos Il-12, Il-14, Li-2 (el DC-3 ruso) y An-2, también era ideal para reemplazar al canadiense Twin Otter.
Y en la Argentina había una empresa que operaba con Twin Otter, que en ese momento estaba buscando reemplazarlos por algo más grande: Aerochaco.
Todo cerraba para que el negocio se hiciera, y hubo gestiones con la provincia, pero la Fuerza Aérea nunca autorizó la operación de ese avión en la Argentina, argumentando que era una máquina ajena a la tecnología y a los sistemas operativos para los que estaban preparados los medios e infraestructura del país y que el costo de familiarización y adaptación sería tal que desequilibraría una operación aparentemente favorable.
Pero el planteo del arma excedía el tema técnico, e ingresaba en lo político, porque sostenía que las condiciones soviéticas (pago de las máquinas en trueque por productos chaqueños), eran tan liberales que significaban la intención de hacer lazos comerciales susceptibles de ser utilizados más tarde en el marco de las influencias internacionales. También remarcó la dependencia que habría en materia de suministro de repuestos y mantenimiento, que podría constituir limitaciones futuras para la soberanía nacional, si se modificaba la política internacional argentina del momento.
La decisión fue destinar a la empresa chaqueña algunos Avro 748 que Aerolíneas Argentinas estaba desprogramando en ese momento, pero los Avro no llegarían nunca, y finalmente Aerochaco compró dos Fairchild-Hiller FH-227 en 1978.
Bibliografía: VACS, ALDO CÉSAR, Los socios discretos, Buenos Aires. Sudamericana. 1984.