Destruyamos la fuente de trabajo

Gustavo Andrés Deutsch y Carlos Menem en el acto de presentación del Boeing 757 Anillaco de LAPA (foto: Pablo Luciano Potenze).

El 6 de agosto de 1997 fue un día de fiesta para LAPA, porque presentó su segundo Boeing 757, en Aeroparque, con la presencia del presidente Menem como invitado principal, por lo que hubo una congregación de periodistas mucho más importante que la habitual, que sólo concentra a la prensa aeronáutica y de turismo.

La empresa sabía hacer este tipo de encuentros, a los que traía prensa del interior en sus vuelos de la mañana y retornaba por la tarde, algo habitual en el medio.

En ese momento LAPA no tenía ningún conflicto claro definido con los sindicatos. Es cierto que no se llevaban bien, pero no había nada puntual.

Hicieron uso de la palabra Deutsch, el presidente de la empresa, que defendió la idea de haber bautizado el avión con el nombre de Anillaco, el pueblo natal del presidente, a lo que éste respondió con una pieza de circunstancia. Después descorcharon champagne y rociaron la máquina, se sirvió un refrigerio y ocurrió todo lo normal. Menem llegó y se fue en su flamante helicóptero Sikorsky S-70B.

El helicóptero presidencial en el acto de LAPA (foto: Pablo Luciano Potenze).

Obviamente, en una reunión de este tipo hay gente que quiere ir al baño. Como el encuentro se hizo en el hangar de la empresa, se usaron los baños del lugar, no muy grandes, pero adecuados. Cuál no sería mi sorpresa, y me imagino que la de todos los visitantes, cuando encontramos en la puerta interior del sanitario, pegado con abundante cinta de embalar, una hoja, en la que los técnicos de LAPA, afiliados a APTA, anunciaban haber decidido usar brazaletes de luto por considerar que había muerto la seguridad.

El volante de APTA pegado en la puerta del baño del hangar de LAPA el día en que fue visitado por el Presidente de la Nación.

En ese momento los vuelos se realizaban normalmente y no había noticias sobre ningún conflicto real, por lo que este anuncio, en ese lugar, era un claro golpe que buscaba degradar a la empresa frente a la prensa nacional concentrada allí.

Además, no se vio a ningún técnico con brazalete de luto, ni allí ni en la plataforma principal. Por supuesto, me robé el volante pensando en que algún día llegaría el momento de publicarlo.

La idea subyacente de lo que ocurrió en este acto tiene que ver con el formato de lucha que tienen los sindicatos aeronáuticos, que nacieron como gremios estatales y tienen esa cultura, una de cuyas realidades es que las empresas públicas son indestructibles porque, aunque pierdan a su clientela, nunca van a ser cerradas. Esto permite todo tipo de virulencia y huelgas salvajes, porque en el fondo todos saben que nunca pasa nada, nunca hay despidos serios y las empresas, aunque dejen de funcionar durante semanas, nunca quiebran.

Pero en las empresas privadas la situación es distinta, y los colectivos aeronáuticos, que empezaron —con poco entusiasmo— a representar trabajadores de este tipo de sociedades en 1957, nunca lo comprendieron.

Para dramatizar este perfil de lucha siempre se recurre al tema de la seguridad operacional, una forma de tratar de aterrorizar a los pasajeros sin mayor fundamento.


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