El lujo postmoderno

Anuncio de Alitalia publicado en El Mensajero el 5 de noviembre de 2010 (imagen: archivo Pablo Luciano Potenze).

Viajar siempre fue incómodo, pero las empresas de transporte trataron de aliviar este problema de mil maneras. Al principio fueron cosas tan elementales como la construcción de refugios a la vera de las rutas, que se llamaron postas o ventas, que luego derivaron en hoteles, luego vinieron mejoras de todo tipo en los vehículos y los caminos.

La revolución industrial, que abrió las puertas al transporte masivo, también cambió el concepto de comodidad de los viajes, porque los ferrocarriles primero, y los buques después, empezaron a desarrollar nuevos conceptos de confort. Así llegamos a mediados del siglo XIX, cuando aparecen los primeros grandes transatlánticos, que claramente buscaron ofrecer una primera clase de lujo a sus acaudalados pasajeros. El gran salón de fiestas que vimos en la película Titanic, es un buen ejemplo de ese concepto de travesía cara para clientes exclusivos. En el mundo ferroviario se utilizó un concepto parecido, un poco más limitado por la falta de espacio.

El Graf Zeppelin, una verdadera nave de lujo, volando sobre la Plaza de Mayo de Buenos Aires. Como dice el tango, “se paraban pa mirarlo”. Hoy nadie mira cuando pasa un avión por allí (foto: archivo Pablo Luciano Potenze).

Por supuesto, siempre hubo clases más baratas y menos cómodas.

La llegada de aeronaves de gran porte para viajes largos recreó la idea de un transporte de lujo para un público especial. Primero fueron los dirigibles, donde el lujo fue un factor importante, y siguieron los grandes hidroaviones, No había espacio para salones de baile, pero el Graf Zeppelin tuvo salones y camarotes de cierta magnitud y el Boeing 314 llegó a tener un “comedor” digno de tal nombre.

Lo que no podía darse en el aire se daba en tierra. El desarrollo de las rutas “imperiales” inglesas y las rutas del pacífico de Pan American incluyó la construcción de hoteles lujosos en sitios absurdos como islas y oasis, todo en nombre de dar un servicio de lujo a pasajeros que realmente pagaban caro.

Después de la segunda Guerra Mundial el paradigma se modificó, porque el medio se hizo más popular y masivo, pero siguió habiendo primeras clases y salones, para los ricos. El Jumbo, en su versión original, tenía reservada la cubierta superior para este destino.

Pero algo volvió a transformarse con la revolución informática. Las máquinas de oficina empezaron a ser transportables, y quienes en otros tiempos habían sido aquellos ejecutivos que para María Elena Walsh iban “del sillón al avión, del avión al salón…” (ver Los Ejecutivos – Juguemos en el Mundo) pasaron a ser esclavos del trabajo, igual que los obreros de la revolución industrial.

Y los aviones cambiaron para un nuevo paradigma. El aviso de hoy nos muestra una publicidad de Alitalia publicada en El Mensajero el 5 de noviembre de 2010, donde trata de mostrar que sus aviones son lo más parecido que pueda imaginarse a una oficina.


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