
Los aviones son caros y difíciles de comprar. Por eso, los que buscan fomentar la aviación, regalan aviones a los que quieren o pueden volar. En la Argentina, primero fueron los particulares que contribuyeron a la formación de la Escuela de Aviación Militar, y luego los militares, a partir de 1920, quienes fomentaron la formación y el desarrollo de los aeroclubes donándoles máquinas.
En 1924 se creó un Departamento de Aviación Civil, y el 4 de mayo de 1927 nació, por decreto, la Dirección de Aeronáutica Civil, dependiente del Ministerio de Guerra, como autoridad aeronáutica Civil, que en 1931 pasó a depender del Ministerio de Interior, cambiando poco después su nombre por el de Dirección General de Aviación Civil (DGAC).
Este organismo dio subsidios y donó aviones a diversos aeroclubes según las disponibilidades de los presupuestos ministeriales, pero la situación cambió en 1934, con la puesta en vigor por la Ley de Presupuesto (11.821) del “Fondo permanente para el fomento de la aviación civil y subvención de líneas aéreas comerciales” con una asignación concreta a partir de una recaudación impositiva determinada, lo que dio más dinero y previsibilidad al sistema, que funcionó durante décadas.
En i938 la DGAC tenía 32 aeronaves propias, la mayoría Fleets asignados a aeroclubes, y los aeroclubes veinticuatro, comprados con algún tipo de apoyo oficial. El sistema funcionaba.

En 1943 el control de la aviación civil volvió al Ejército, creándose la Fuerza Aérea, que heredó todo, en 1945. El mayor aporte de aeronaves al sector civil se hizo durante los primeros años del gobierno de Perón, cuando se compraron centenares de Pipers, Cessnas, Luscombes, Magisters y otros modelos de instrucción y turismo.
Caído Perón cayeron las donaciones pero, como la Fuerza Aérea mantenía su posición y su doctrina, siguió el apoyo a los aeroclubes, algo que atenuaba por momentos la eterna rivalidad entre civiles y militares.
Hasta que llegó la última donación, que fue en 1980. Para que fuera posible, coexistieron un presupuesto razonable con una industria argentina, que producía en el país aeronaves adecuadas para este menester. Las entregas se fueron haciendo a lo largo del año, pero el acto formal para todo el proceso, que fue bautizado como Plan Forjando Alas fue el 31 de julio de ese año, en el aeródromo de San Justo, entonces sede del Aero Club Argentino, en un acto presidido por el comandante en jefe del arma, brigadier general Omar Domingo Graffigna, acompañado por muchos jefes del área y autoridades de la aviación deportiva, encabezados por Mario V. De Salvo, presidente de CADEA.
En total el plan entregó 94 aviones de entrenamiento, diez aviones para remolque de planeadores, veinticinco planeadores, 140 radios VHF, 80 transponders, 120 paracaídas, veinte radiocascos, veinte abridores automáticos de paracaídas y 200 órdenes para la reparación de aeronaves. Nunca más habría un aporte igual.

Además de los clubes, el gran beneficiario del plan fue la industria aeronáutica nacional, ya que la mayoría de los aviones involucrados, si no todos, salieron de fábricas argentinas. El más numeroso fue el Piper Tomahawk, fabricado por Chincul, un entrenador decididamente avanzado en ese momento, con ala de perfil supercrítico y tren de aterrizaje triciclo, algo resistido en algunos clubes por su modernidad. Como avión de turismo se impuso el Piper Archer, de la misma fábrica, y como remolcador de planeadores el Aero Boero 180, fabricado por los Talleres Boero en Córdoba.
Piper (Chincul) publicó en los diarios ese día un aviso comercial común en el que destacó sus productos, agregando que eran de fabricación nacional y que disponía de soporte al cliente en el país, con una pequeña mención a la política industrial en curso.

CADEA, que en ese entonces nucleaba a los aeroclubes, los clubes de vuelo a vela, paracaidismo y aeromodelismo, también publicó un conceptuoso aviso en los diarios en el que destacaba el apoyo recibido, que “obliga a las 500 instituciones que conforman el aerodeporte argentino, a continuar hermanadas solidariamente con la FUERZA AEREA ARGENTINA”.

Después vino la Guerra de Malvinas, se acabaron los presupuestos, y en los años noventa el ministro Cavallo eliminó el Fondo permanente para el fomento de la aviación civil, con lo que el apoyo a la aviación deportiva de la Fuerza Aérea se hizo imposible. Los aeroclubes lo comprendieron y apoyaron la creación de la ANAC, que después de múltiples vueltas, nació en 2007.
Eran años de estrecheces, y el nuevo organismo no podía donar material en la cantidad en que lo había hecho la Fuerza Aérea, pero hay que reconocer que desde su creación ha entregado algunos equipos de carga de combustible, y un puñado de aviones Petrel, dentro de una contratación que no se cumplió y terminó mal.

Siempre me pregunté por qué los aerodeportes no son atendidos por el ministerio de deportes, pero eso es otra historia.