
SAS, la aerolínea escandinava, fue un operador histórico en los cielos argentinos. Sus Douglas DC-4 llegaron a nuestro país en enero de 1947 y, a pesar de que su destino final, Copenhague, no parecía muy atractivo, merced a una siempre dinámica oferta de conexiones se mantuvo constantemente vigente.

Sus aviones se modernizaron cuando fue necesario, y así conocimos Douglas DC-6B, DC-7C, DC-8 y DC-10. Nunca actuó de modo rupturista, nunca hizo ofertas locas. Siempre fue una empresa estable, por lo menos a los ojos del pasajero argentino.
A principios de los años ochenta, cuando la desregulación daba sus primeros pasos en el mundo, los vuelos a la Argentina dejaron de interesarle, pero tampoco hizo nada hasta que encontró un buen pretexto para retirarse, que fue la guerra de Malvinas, en 1982.
Después de producido el desembarco argentino, el 28 de mayo, nuestro país denunció sus convenios bilaterales de transporte aéreo con Gran Bretaña, Holanda, Alemania y Francia basándose en las medidas económicas adoptadas por la Comunidad Europea, que se alineó con los ingleses. Esto significó la supresión de los vuelos a Londres (en realidad interrumpidos desde el mismo 2 de abril), París, Frankfurt y Nueva Zelandia por parte de Aerolíneas y las empresas de los países involucrados. No hubo ninguna acción diplomática referida a Escandinavia, pero SAS, unilateralmente, aprovechó el conflicto para dejar una ruta que no le interesaba.
Así fue que cuando, a partir de noviembre, se reanudaron los vuelos a Francia y Alemania, no hubo ninguna noticia del regreso de SAS. Simplemente la ruta murió.
Pero un día un argentino viajó a Europa para venderle un tranvía a SAS, y se lo vendió. Fue Rodolfo Terragno, en 1988, que propuso a los escandinavos que se hicieran cargo del 40% de Aerolíneas Argentinas. Desconfiaron bastante, pero entraron en el juego.
Y como prueba de buena voluntad, reiniciaron los servicios a Buenos Aires. En realidad, prolongaron dos vuelos semanales de San Pablo a la Argentina.

El acuerdo fracasó a fines de 1988, como era previsible, y la Argentina nuevamente dejó de interesarle a SAS. Pero había que salir de un modo más o menos elegante.
Y lo cierto es que muy elegante no fue, porque para los pocos pasajeros que realmente querían viajar a Escandinavia hacer transbordo en Brasil era incómodo, y los que querían ir a cualquier otro lugar de Europa les significaba un transbordo adicional, pero la asociación con Aerolíneas Argentinas resultaba simpática.
El aviso que mostramos hoy fue publicado en los diarios de Buenos Aires del 8 de febrero de 1989. Como en tantos casos similares, trata de demostrar exactamente lo contrario de lo que realmente estaba pasando, y muestra el cierre de la operación como un alarde de eficiencia.