
Se supone que hubo un tiempo en el que volar era una cosa para ricos y famosos. Es cierto, pero no es toda la verdad. Por un lado, porque la aviación de los primeros tiempos fue pensada para transportar correo y funcionarios públicos, que no eran ni ricos ni famosos y por el otro, porque siempre hubo circunstancias en las que el vuelo era la mejor alternativa, o la única, aunque fuera cara. Un buen ejemplo fue el servicio de Aeroposta Argentina, que unía Buenos Aires con Río Gallegos en menos de veinticuatro horas, con dos servicios semanales, compitiendo con buques que demoraban diez días en hacer el mismo trayecto, con dos frecuencias mensuales.
Sin duda el avión no era popular en esos tiempos, pero tampoco era exclusivamente aristocrático. Lo que es seguro es que los pasajeros se jactaban de viajar en avión, y trataban por todos los medios sociales disponibles de que sus amigos se enteraran de este acontecimiento.
¿Qué mejor que una foto para documentar y probar el viaje? No eran tiempos de selfies, así que era necesario contar con un fotógrafo profesional, y así nació la profesión de fotógrafo de aeropuerto, hermano de los ya establecidos fotógrafos del puerto.

Su trabajo era sencillo: debía estar en el momento en que llegaban o salían los pasajeros, tomar las fotos y, lo más complicado, procesarlas con los métodos de aquellos tiempos, para poder entregarlas en el momento. Generalmente tenían un cuarto oscuro en la propia aeroestación.
La costumbre, con diversas variantes, se mantuvo hasta mediados de los años setenta, cuando la aparición de las mangas, las medidas de seguridad y la caída del interés de los clientes terminaron con el oficio.
La mayor parte de estos trabajos eran para uso familiar, pero también había personajes —de todo tipo, empresarios, políticos artistas— cuyas fotos terminaban publicadas por la prensa.
Las aerolíneas muy pronto descubrieron esta costumbre, que en principio para ellas era neutra, y buscaron un modo de convertirla en algo favorable para su publicidad, Si la foto de un personaje subiendo a un avión salía en el diario, era necesario que esa foto promocionara a la compañía y, para lograr ese resultado, comenzaron a modificar los esquemas de los aviones y diseñar aditamentos publicitarios para la ocasión.

Los aviones, hasta ese momento, estaban pensados para ser vistos desde relativamente lejos, como un conjunto en el que el nombre de la empresa se destacaba, pintado encima de la línea de ventanillas. Pero si la foto era de una persona el planteo cambiaba totalmente: era necesario que el nombre o el símbolo de la compañía acompañaran como fondo a la imagen humana, y así fue que se empezaron a poner títulos alrededor de las puertas, a veces en posiciones forzadas, pero siempre ideales para salir en la foto.

A veces esto no bastaba, y era necesario reforzar la promoción, y así se hicieron frecuentes los carteles que se colocaban junto a la escalerilla para salir en la foto y hasta se estudió bien el esquema de los escalones, en cuyas alzadas había carteles o símbolos de las empresas.
Con el paso del tiempo llegaron las mangas, cada vez fue más difícil ver de cerca a los aviones, los aeropuertos construyeron salas de conferencias para estos menesteres y este modo de propaganda desapareció. Se mantiene en los vuelos papales, sobre todo de Alitalia, que todavía conservan ese diseño, quizás porque la llegada de los papas a cualquier país es un acto importantísimo y, por lo general, el desembarco no se hace por mangas sino por escalerillas.

Imagen de portada:
Mirtha Legrand, Beatriz Guido y Leopoldo Torre Nilsson posando frente a un avión de Panair do Brasil, en Ezeiza. El avión es un Constellation y la aerolínea, colocando un, aparentemente inocente, cartel, logró que la foto de las estrellas se convirtiera en un aviso.
Fue publicada en la revista El Hogar del 17 de mayo de 1957 (colección Pablo Luciano Potenze).