
En las galerías de arte es dificilísimo conseguir cuadros o esculturas de ambiente aeronáutico o que muestren aviones, mientras que es muy fácil conseguir material con connotaciones marineras.
La representación artística de medios de transporte es una historia que viene de lejos. Los fenicios, que fueron los primeros navegantes “profesionales” del Mediterráneo nos dejaron diversas expresiones que muestran sus buques, con suficiente detalle como para que hoy sepamos cómo eran. Las civilizaciones posteriores, griegos, romanos, cristianos, también han representado sus buques y sus carros en cada época.

El Renacimiento, una época de oro para la navegación, dejó cuadros navales y portuarios con gran calidad de detalle, aportándonos además una serie de refinamientos, como la perspectiva geométrica. En la Capilla Sixtina Miguel Ángel tuvo un lugar para la barca de Caronte y Fra Angelico, un artista famoso por sus Madonnas y retratos de santos dedicó a San Nicolás de Bari una tabla ambientada en un puerto, en la que se ven varios buques de la época.

Y lo que sigue, si se busca con cuidado, es la normalización del tema marino en el arte occidental, como protagonista principal de una obra o como parte de una composición cualquiera.

Por supuesto, cada artista y cada momento tuvieron sus improntas, hubo impresionismo, modernismo, hiperrealismo, cubismo y muchos otros. Nadie dudó acerca de si el mar, los buques y los puertos eran temas a representar en el arte.

Un último capítulo de las pinturas marinas es el de los monstruos. Las antiguas representaciones del mar, que encontramos sobre todo en los mapas medievales, no vacilan en inventar todo tipo de quimeras, de diversas anatomías, pero predominantemente con algo de serpiente y algo de pez. El mar era de por sí una ambiente peligroso, y el arte era un modo de materializar esta idea.

En la Argentina hay un ejemplo sobresaliente de arte y buques, que es Benito Quinquela Martín, un pintor de la Boca que hizo infinidad de imágenes portuarias y navales, casi siempre con presencia de la figura humana.

Antes, del otro lado del río, el uruguayo Manuel Larravide también nos dio excelentes escenas marinas.

Los ferrocarriles
Los primeros sistemas ferroviarios prácticos aparecieron alrededor de 1825. Pocos artistas se preocuparon por esta temática; hubo que llegar al impresionista Claude Monet, que en 1877 pintó una serie de doce telas de la estación Saint Lazare, en Paris, muchas de las cuales fueron realizadas en el mismo punto, a diferentes horas.

Monet hizo un trabajo muy importante con la luz y se valió de un recurso importantísimo que era intrínseco de los trenes de aquella época, el humo de las locomotoras. Los artistas que vinieron después también lo utilizaron de diversas maneras.
Pero fueron pocos. En esa época las artes gráficas y la publicidad habían progresado grandemente, y es así que la representación de lo ferroviario se encaminó a través de la publicidad, más realista, de las empresas antes que por los cuadros de los artistas tradicionales.

Una cuestión adicional, muy complicada, que tiene la representación ferroviaria es que una formación completa no entra en un cuadro de proporciones normales, por lo que hay que optar. Lo más común es mostrar la locomotora y los primeros coches, pero hay casos en los que se muestran partes en diversas perspectivas.

Los interiores ferroviarios, que tenían menos posibilidades artísticas, aparecen en este período, impulsados por las necesidades publicitarias.

Con los automóviles y sus derivados, pasó algo parecido, pocas obra “de galería” y buenos ejemplos publicitarios.


Y qué hacemos con los aviones
No hay obras de arte antiguas con aviones, ni renacentistas ni impresionistas, sencillamente porque los primeros aviones fueron conocidos a principios del siglo XX. Era un momento de ebullición en el arte, con la aparición de todo tipo de ideas modernas, y las aeronaves, en aquella época, eran un símbolo absoluto de la modernidad. Por ello era de esperar que el tema encontrara un lugar en el arte de aquel momento.
Así fue que las máquinas voladoras fueron representadas bajo diversas miradas y con diversas técnicas. A veces como protagonista principal, con bastante realismo.

O como construcciones abstractas en las que la figura del avión está sugerida o distorsionada.

Y otros que incluyen al avión como parte de construcciones complejas.

Y, como colofón de esta época podemos citar a Salvador Dalí, que nos dio su versión de las bombas atómicas en una obra denominada Atómica melancólica, de 1945. En la que incluye una silueta de avión, que es una parte necesaria de su idea.

Y nuevamente es la publicidad la que nos dará la mayor parte de las imágenes, porque a partir del fin de la Primera Guerra Mundial comenzó a venderse un servicio totalmente nuevo que de alguna manera tenía que llegar al público.

El arte puro, en sus infinitas variantes, trató de interpretar a la aviación, pocas veces como protagonista absoluto y más como parte de una composición relacionada o no con ella.
Probablemente los ingleses desarrollaron, durante el período de entreguerras, el estilo más fuerte, que habría de tener un legado importante después de 1945.

Después de 1945 los británicos desarrollaron un tipo de imágenes muy consistentes, sobretodo en acuarelas, que representaron a todos sus productos, que en esos años estaban a la vanguardia de muchas tecnologías. Más allá de la concepción artística, hay que reconocer que los autores tenían un ojo puesto en el mercado de esas máquinas, que pensaban vender en la Mancomunidad de Naciones (Commonwealth), lo que da algunos detalles de ambientación interesantes.

Otra variante fue la norteamericana, más orientada hacia las aerolíneas, que además de los aviones mostró a los pasajeros, en un esquema que tenía puntos de contacto con la publicidad de autos de ese momento. De alguna manera, hay un retrato de la sociedad norteamericana en estas ilustraciones.

Pero ya desde antes de la guerra se estaba desarrollando otra vertiente artística que buscó representar a los aviones y a todo lo que los rodeaba con realismo fotográfico, lo que permitía contar las historias de otra manera.

Este tipo de obras fue muy bien recibido en el ambiente aeronáutico, que ama la precisión en materia de aeronaves, pero no logró echar raíces en el mundo artístico, que no terminaba de convencerse de que un avión podía ser el protagonista absoluto de una obra de arte.
Las páginas centrales de la revista Aeroespacio, con obras de Exequiel Martínez fueron el lugar más conocido entre nosotros donde se divulgó este tipo de arte, que tuvo demanda en el ambiente militar desde el que se hicieron muchos pedidos a Martínez, Alan O’Mil y Carlos Adrián García. Los comitentes eran tanto organismos militares (Comandos de Aviación Naval y de Ejército), particulares y empresas como Helitecno.
Los artistas de esta escuela no se limitaron a reproducir aviones con todo lujo de detalles, porque se extendieron al entorno, y la característica de estas obras pasó a ser tal avión en tal lugar, o en tales circunstancias, algo que permitió, a su manera, relatar, por ejemplo, combates aéreos.
La Guerra de Malvinas fue la circunstancia perfecta para que este estilo prosperara. Exequiel Martínez hizo una exposición en el Palais de Glace, el Comando de Aviación de Ejército hizo otra con obras de García en el Círculo Militar y, más recientemente, hubo otra exposición de este autor en el Círculo Naval.
Pero el principal mecenas fue Aerolíneas Argentinas que, desde mediados de la administración de Iberia encargó a García la representación de toda su flota histórica, tarea que demandó varios años y culminó en una exposición de las obras en la sede de la empresa en Perú 2, que abrió sus puertas en junio de 2002 y luego fue repetida en Bariloche, Córdoba y Mendoza. En total fueron unas quince obras, pero con el tiempo se agregaron algunas más a la colección, que fue a ornamentar la oficinas de la empresa en la torre Bouchard y ahora en Aeroparque.

¿Y la pintura de galerías y marchands? Sigue habiendo muy poco, pero los aviones a veces se cuelan. Es el caso de Avión hidrante, de María Ángela Rivero, una obra nacida hace dos años de la intención de la autora de reflejar los incendios que hubo en la provincia de Córdoba, donde las aeronaves fueron protagonistas de un hecho que afectó seriamente a la población.

Por último me referiré a Antonio Berni, uno de los grandes de la pintura argentina, y su última obra conocida —e inconclusa—, realizada en 1981, en la que se ve un Jumbo volando en una noche de luna nublada sobre una playa en la que reposa una mujer desnuda.
Sabemos, por declaraciones de la modelo, que el autor hizo grandes cambios durante el desarrollo del cuadro, que originalmente era un paisaje diurno. El resultado es una obra rara, difícil o imposible de interpretar por los críticos, sin un nombre seguro (algunos lo llaman Mujer sobre la playa, otros Vuelo de la muerte), pero que no duda en poner un avión en una obra de arte.
