Los remates de hacienda

Los remates de hacienda son una institución argentina desde hace mucho tiempo. Con los años han variado sus formas, usos y costumbres, pero son una de las bases del sector agropecuario.

El sector ganadero, por otra parte, siempre fue uno de los más poderosos del país. Estaba dispuesto a gastar para tener lo mejor, y muchas veces, lo tenía. En la década de 1960 se generalizaron algunos íconos como el Ford Falcon, la F-100, la Chevrolet Brava y otros automotores que garantizaban poder moverse en la limitada red vial que tenía entonces el país e, incluso, en el medio del campo.

Los remates se realizaban en los lugares donde estaban las cabañas en las que se criaban los animales, y los compradores debían llegar allí de alguna manera. Los vendedores trataban de facilitar los traslados, pero no siempre era fácil. A veces hasta fletaban micros o trenes especiales. Los caminos no eran buenos, llamar por teléfono era muy difícil y había otras limitaciones que hoy nos plantean la pregunta de cómo se podía vivir así. Se podía, porque esos problemas eran datos de la realidad.

Los tres avisos que acompañan esta nota fueron publicados en La Nación durante agosto de 1966. En todos los casos hay instrucciones para llegar, pero lo notable es que también se informa que hay pistas de aterrizaje, lo que es un indicio de que los estancieros, además de “la chata”, muchas veces tenían la avioneta.

No eran nada parecido a los transportes ejecutivos actuales. Monomotores Piper Cessna, Beechcraft, Ranquel o Luscombe y algún bimotor que podía ser un Cessna 310. Lo suficiente para llevar uno o dos pasajeros. Muchos de ellos se fabricaban en el país, igual que los autos. La base de la mayoría de estas aeronaves cuando estaban en Buenos Aires, era el aeropuerto de Don Torcuato, que había sido pensado para brindar un hangaraje razonable a esta flota, que no era pequeña. Curiosamente, ese aeropuerto fue un emprendimiento privado en un sector en el que el Estado no encontró el modo de participar.

Lo concreto y tangible, es que el campo argentino usó el avión particular como herramienta habitual de transporte a partir de fines de los años cuarenta. Muy poco se ha investigado sobre esto.

Pero quien vuela en su avión privado seguramente también lo hace en avión de línea, y en ese sector son interesantes los dos avisos de ALA y Austral publicados también en La Nación en agosto de 1966, en un suplemento dedicado a la exposición rural. Es un esfuerzo muy claro para lograr el favor de ese público que, a diferencia de la generalidad de la población, ya entendía lo que significaba viajar en avión.

No hay ninguna interpretación posible, la modernidad es el avión).
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Toda una frase: “los negocios se hacen en avión”.

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