Tenochtitlán aerocomercial

Rumbo a la «Perla del Pacífico» en Dreamliners, Fat Alberts y Jungle Jets de Aeromexico

La invitación a una boda en las paradisíacas playas de Mazatlán (Sinaloa, México) fue la excusa perfecta para inicializar una nueva entrada en esta sección en la que relatamos las experiencias de un pasajero ordinario en vuelos aerocomerciales. El atractivo del reporte residía en que, por un lado, esta sería mi primera experiencia con Aeromexico, la principal transportadora de la nación azteca, y me permitiría evaluar distintos aspectos de sus operaciones nacionales e internacionales y los estándares de servicio en varios modelos diferentes de aviones. Por el otro, tendría oportunidad de incrementar mi bitácora de vuelos en el mítico Boeing Dreamliner para validar su propuesta de valor en tramos de larga distancia más allá de lo registrado en mi primer vuelo en ese modelo hace casi tres años (véase Mi primer Dreamliner… “no incluye baterías”).

A diferencia de otros itinerarios en los que concreté la compra de pasajes por la plataforma web de la aerolínea correspondiente, esta vez preferí utilizar los servicios de la agencia de viajes de nuestro banco para asegurar la integridad y calidad de un paquete «aéreos + hoteles» y aprovechar la posibilidad de pagar los servicios con puntos de su programa de fidelidad («dólares premio») y tarjeta de crédito sin interés, en hasta 12 cuotas y en moneda local. La elección recayó en una oferta de la transportadora mexicana porque, a igualdad de servicios y tramos, su solución unificada resultaba un 6% más económica que una mixta integrada por vuelos de Aeromexico y LAN Airlines. Contratado con tres meses y medio de anticipación, el costo total de cada boleto aéreo quedó en US $ 1.617 incluyendo impuestos, tasas de embarque y fee de servicio de la agencia.

Así las cosas, mi primer contacto con la aerolínea azteca se produjo recién en vísperas del primero de los cuatros vuelos contratados. Y si bien dicen que no hay que fiarse de las primeras impresiones, ésta terminó anticipando la que sería una muy buena percepción general de los servicios que terminamos utilizando. Cuatro días antes del primer vuelo, contacté a la aerolínea por Internet y uno de sus ejecutivos de ventas, José Soto, resolvió en un chat de menos de 20′ la reserva de comida sin lactosa para mi esposa, aclarando que ésta se entregaría sólo «para el vuelo más largo de Santiago a México y regreso» ya que «en los vuelos de México a Mazatlán solo son [servidos] pequeños snacks que no contienen lácteos».

¿Sobredosis de TIC (tecnologías de información y comunicaciones)?

Algo que me tomó por sorpresa, aún a pesar de 500 «horas de vuelo pasajero», fue que Aeromexico opera un activo sistema de venta de upgrades a clase Premier que promociona la entrega de «franquicia de equipaje Premier, mayor espacio y comodidad en los asientos, variedad de alimentos y bebidas, documentación en mostradores Premier, prioridad en el abordaje y descenso del vuelo, atención personalizada y acumulación de kilómetros sobre la tarifa original pagada». Esta actividad es un tanto invasiva ya que parece ser iniciada por distintos agentes de ventas o mediante meros mailings automatizados que, en mi caso, proponían venderme esos upgrades en unos US $ 440 para el tramo de ida y US $ 380 para el de vuelta… ¡el que irónicamente afirmaban me llevaría de regreso a mi Buenos Aires querido (véase la imagen debajo)!

También valiéndose de la tecnología informática, la aerolínea envió tres recordatorios de vuelo con un día de anticipación de cada tramo o segmento. Además, en el sitio web de la empresa pude realizar los check-ins de tres de los cuatro tramos. Este resultó ser un proceso ligeramente tortuoso porque tuve algunas dificultades para hacerle entender a la aplicación que no tenía ninguna intención de comprar asientos preferentes en clase turista. Por falta de oportunidad y acceso a Internet, el último pre-chequeo tuve que realizarlo en el propio aeropuerto Benito Juárez en un proceso que, por el contrario, fue expedito y simple. La atención en los mostradores de despacho de equipaje fue también rápida y eficiente en todas las escalas del itinerario. Los pre-embarques y las bienvenidas a bordo de los vuelos fueron absolutamente normales y libres de inconvenientes.

Una vez instalados en la cabina de pasajeros, me llamó la atención la asertiva rutina de comunicaciones de la aerolínea mexicana. No sólo se informaron rigurosamente los nombres de la tripulación completa (capitán, primeros oficiales y jefe/a de cabina) y los datos del vuelo (tiempo estimado y altura de crucero), sino que también enunciaron una precisa regulación para el uso de aparatos electrónicos. Aeromexico permite el uso equipos digitales durante todo el vuelo siempre que se active su «modo avión» y no se emitan señales de WiFi, Bluetooth o telefonía celular. Los equipos de dimensiones mayores a las de una tableta digital y la utilización de audífonos con equipos de audio propios se permiten solamente mientras la aeronave se encuentra sobre los 10.000 pies de altitud; lo que resulta enteramente adecuado a la hora de asegurar la calidad de las comunicaciones durante eventuales procesos de evacuación en casos de emergencia. A juicio de este humilde cronista, esta es la mejor política de uso de aparatos electrónicos vista hasta ahora.

Flight log
Bitácora de los vuelos de este reporte, totalizando casi 18 «horas de vuelo pasajero» (medidas entre la suelta de frenos y el aterrizaje). Los datos faltantes son atribuibles a la mera distracción del autor y no a una brecha en el completo protocolo comunicacional de Aeromexico (fuente: Carlos Ay).

Me extrañó verificar que las facilidades de entretenimiento a bordo eran muy distintas en los tres modelos empleados en este itinerario. El extremo más «espartano» estuvo representado en el Embraer 190 del tramo México-Mazatlán, que carecía de cualquier tipo de pantalla o display. El Boeing 737-700 del tramo inverso ocupaba un sitial intermedio, ya que poseía pantallas desplegables bajo los portaequipajes pero solo se usaron para proyectar el histriónico vídeo de seguridad de la compañía. A diferencia de otras compañías, en este vídeo participan actores y actrices humanos y se destaca por el sentido del humor que se manifiesta en distintos pasajes, tales como los referidos a la falta de oxígeno en cabina (incluyendo una escena de amor entre adolescentes) o a la necesidad de quitarse los zapatos en caso de tener que evacuar la aeronave (mostrando a una pasajera sorprendida por el anuncio dado que lleva botas altas acordonadas).

Entretenimiento en la era de los Dreamliners

La alternativa más sofisticada fue la de los Boeing 787-8s de los dos tramos más extensos. Todos los asientos contaban con pantallas táctiles individuales con acceso a un programa de música, vídeo e información y menúes en español, inglés, portugués, francés, alemán, japonés y chino. El programa me pareció menos sofisticado que el de LAN Airlines, pero de todos modos incluía 29 películas clásicas, 11 familiares, 12 estrenos recientes (incluyendo «El agente de CIPOL» y «Marte: Operación Rescate»); 24 episodios de series dramáticas, 6 de estilo de vida, 54 de comedia, dos de destinos SkyTeam («Benefits» y «Care») y dos de deportes; un corto publicitario del «AMX Canal» de 31′ de duración y 28 discos de música clásica, 29 de jazz, 27 de rythm & blues, 30 de top pop (incluyendo «I cry when I laugh» de Jess Glynn, una de mis favoritas), 30 en español, 26 de clásicos «Going Back» (Bread, Dire Straits y Doobie Brothers), 27 de música suave «Easy Listening», 34 «Best Albums» (Michael Bubblé), tres «AM Specials» y tres sets de vídeos musicales de 30′ de duración cada uno. La sección «AeroKids», por su parte, proponía 18 series y 11 películas específicamente orientadas a los menores de 14 años.

La oferta de material para ver durante el vuelo se completaba con una buena cantidad de información de marketing y promociones de la aerolínea y el tradicional mapa interactivo que daba cuenta del progreso del vuelo en distintas proporciones y traducido al español, inglés y portugués. La pantalla también proponía una aplicación de conversación (chat) entre asientos y conectividad con dispositivos iPod, que reconoció a mi iPhone 5S pero sólo me permitió alimentar su batería. Evidentemente alineado con la política de equipos electrónicos enunciada más arriba, el sistema estuvo disponible desde el embarque hasta el desembarque, lo que sin dudas ayudó a mitigar ansiedades durante los rodajes en tierra. El único flanco débil de este sistema IFE (In-Flight Entertainment, o entretenimiento en vuelo) eran la pésima calidad de los audífonos. Si van a viajar en esta compañía, por las dudas llévense sus propios audífonos y recen para que tengan conectores estéreo compatibles con los de Aeromexico.

Los «amenity kits» y comidas a bordo no sobresalieron del estándar de la industria, pero tenían algunos toques elegantes. Al embarcar en tramos largos, por ejemplo, cada pasajero tenía en su asiento almohada y frazada y una botellita de agua mineral (sólo en el regreso a Chile). Una vez alcanzada la altitud de crucero, las auxiliares de cabina de los Dreamliners también repartieron estuches plásticos con cepillo y pasta de dientes y máscaras para cubrir los ojos de los viajeros. La oferta de comidas se anunció también al inicio de ambos vuelos, haciendo presente que tendríamos cena tras alcanzar el nivel de crucero, snacks y bebidas al final de la cabina durante todo el vuelo y desayuno antes de aterrizar. En ambos tramos, la cena consistió en un plato de comida caliente (pollo o pasta), ensalada, pan y manteca, postre, café o té y una gama de bebidas alcohólicas y no alcohólicas (con repetición). De los desayunos sólo vale la pena destacar que el vuelo de regreso incluía una variante de huevos revueltos y frijoles negros al más puro estilo mexicano. Lo que sí debo destacar es que el compromiso de José Soto se cumplió al pie de la letra ya que mi esposa efectivamente recibió desayunos y cenas sin lactosa en los tramos largos y a que en los vuelos entre México a Mazatlán solo se sirvieron maníes y bebidas.

Con todo, encontré algunos puntos bajo la media general. Si bien los asientos de clase económica en los Dreamliners son bastante elegantes y livianos, sólo se pueden reclinar a no más de unos 15 grados, lo que complica el descanso nocturno cuando el vuelo va relativamente completo. La separación entre asientos resultaba adecuada para un individuo de 1,74 m de estatura como yo y el espacio bajo los asientos es adecuado para estirar las piernas; siempre y cuando el pasajero no pretenda guardar allí equipajes de mano más voluminosos que un estuche pequeño… y un detalle menor, pero no por ello menos molesto, es que algunas luces de lectura del Dreamliner N961AM estaban mal orientadas y arrojaban su poderosa luz led en mi nuca (asiento 15A) o en el apoyabrazos derecho (18C); en vez en la mesa rebatible correspondiente.

Los vuelos propiamente dichos fueron relativamente rutinarios, sin demoras ni turbulencias significativas; más allá del hecho que los tramos entre Santiago y México DF fueron nocturnos, mayoritariamente sobre el Océano Pacífico (6.000 de 6.800 km) y casi sobrevolando las Islas Galápagos (Ecuador). Con excepción del último vuelo, que iba relativamente completo, los demás servicios registraron niveles de ocupación que nos permitieron reubicarnos después de los cierres de puerta para tener mayor comodidad y espacio a nuestro alrededor o bien para conseguir vistas más ventajosas por las ventanillas. En el vuelo final, también pudimos comprobar que la tripulación de cabina puede controlar centralizadamente el efecto polarizado de las ventanillas; con lo cual atenuaron el nivel de iluminación hasta iniciar la aproximación final al aeropuerto Arturo Merino Benítez.

No puedo dejar de dedicar un párrafo aparte a los insidiosos servicios de seguridad del aeropuerto de la capital mexicana. A nuestra llegada en el vuelo de ida a México (cuatro de la madrugada según la hora local y siete de la mañana en nuestros relojes biológicos) demoraron más de una hora para realizar un control supuestamente minucioso del equipaje de nuestro vuelo, esto dado que proveníamos de Sudamérica. Y en el acceso al pre-embarque del regreso a Santiago, cuatro funcionarios de seguridad privada invirtieron más de 30′ en revisar nuestro equipaje de mano (donde acarreábamos tableta, teléfonos celulares, cámaras fotográficas y un video-juego para nuestro hijo menor) y descubrir que portábamos una severa amenaza para la seguridad del vuelo: ¡Una plancha para preparar tortillas mexicanas! En ambos casos, la aerolínea supo actuar preventiva o re-activamente para aliviar la demora o superar el incidente de la artesanía local; aunque esto le resta puntaje a una experiencia turística que, de otros modos, clasificaré de excelente.

Registro spotter

Más allá de la experiencia de servicio, este itinerario fue una excelente oportunidad de agregar dos nuevas ciudades a mi lista de ubicaciones donde he practicado el hobby con relativa facilidad. El aeropuerto Benito Juárez de la Ciudad de México (OACI: MMMX, IATA: MEX) es una aero-estación fascinante pero que desalienta bastante al observador que no conoce sus vericuetos. Por un lado, está rodeado por una urbe reconocidamente peligrosa que no invita a pasear por sus alrededores en búsqueda de observatorios adecuados. Por el otro, la ya citada seguridad aeroportuaria y el crecimiento de sus instalaciones limitan la observación y toma de fotografías tanto desde el perímetro exterior como desde el interior de sus terminales. La Terminal 2 por la cual tuvimos oportunidad de transitar, por ejemplo, tiene sólo un ventanal desde el cual se pueden apreciar movimientos entre ese edificio y la aproximación a las cabeceras 05.

El aeropuerto General Rafael Buelna de Mazatlán (OACI: MMMZ, IATA: MZT), por el contrario, es un poco más «spotter-friendly» ya que se trata de una aero-estación provincial de menores dimensiones y que, gracias a una aparente re-modelación reciente, cuenta con ventanales amplios que facilitan la observación y retrato fotográfico de residentes, visitantes y tráficos regulares. La terminal aérea es amplia, está bien iluminada y parece estar sobredimensionada para el nivel de tráfico que alcanzamos a apreciar en nuestra visita. Pero resulta de todos modos atractiva para observar una docena de aeronaves ejecutivas o deportivas más los tráficos regulares de las aerolíneas nacionales Aeromexico, Aéreo Calafia, Interjet, Aeromar, Volaris, Viva Aerobus, TAR Aerolíneas y Magni charters y las extranjeras Sun Country, Delta, West Jet, Alaskan Airlines y American Airlines.

Ambas urbes también proponen diversas oportunidades pictóricas para fotógrafos equipados con zooms o lentes telefoto de buena potencia y definición. En Mazatlán, por ejemplo, se pueden observar movimientos de helicópteros que se desplazan desde/hacia o bien transitan la zona costera de este balneario bien conocido por residentes del Centro Norte mexicano, los EE.UU. y Canadá. También se pueden apreciar aproximaciones largas a la pista 08 del aeropuerto local y tránsitos a gran altura que vuelan entre el Centro Sur y el Noroeste de México o el Sudoeste de los EE.UU. México DF, por su parte, tiene incrustado su principal aeropuerto en el corazón de la ciudad, motivo por el cual los barrios ubicados bajo el eje de las pistas 05-23 o sus rutas de aproximación también brindan incontables oportunidades de observar aeronaves comerciales y gubernamentales que operan desde o hacia ese lugar, como así también algunos helicópteros privados que emplean los helipuertos disponibles en distintos puntos de esa caótica pero fascinante urbe latinoamericana.

En resumen… ¡una experiencia padrísima!


Fuentes consultadas en Internet: Aéreo CalafiaAviaciónCR, El UniversalFlightRadar24.com, Google MapsMomentos de Aviación (blog de ), Scramble, TAR AerolíneasTuribus y Wikipedia. Reconocimientos: Maximo Ay, Gabriela Garcia y Andy Marden colaboraron en la elaboración de este reporte.


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