
La compra de Air Europa por parte del grupo IAG, más allá de lo que significa en el juego de los grandes, plantea una realidad indisimulable. Aerolíneas/Austral se quedó sola en el concierto de las empresas con aspiraciones de la región, y su pronóstico es difícil.
Aerolíneas Argentinas, alguna vez, estuvo en la pelea por ser la mayor empresa de América Latina. Eran otros tiempos, en los que los países pujaban por mostrar su bandera en los aeropuertos del mundo sin fijarse demasiado en el costo de eso. Pero lentamente el mundo fue cambiando y aquellas aerolíneas de bandera se fueron convirtiendo en otra cosa, sin que por ello los pasajeros hayan perdido la posibilidad de volar ni sus países se hayan degradado. No fue un plan perverso, fue la evolución.
Las aerolíneas exitosas de hoy son sociedades de capitales internacionales que se preocupan por tener más beneficios transportando más pasajeros a más destinos, sin inquietarse por el problema de la nacionalidad. Los gobiernos, que hace rato tomaron la decisión de no sostener emprendimientos que puede llevar adelante la iniciativa privada, hoy centran su preocupación en lograr una mejor competencia, con libertad de acceso para todos y sin prebendas.
La concentración
En una fecha tan lejana como los años ochenta comenzó a hablarse del paradigma de la concentración, la asociación de empresas de distintos países para crear un sistema de aerolíneas que pusiera todo el mundo a disposición del pasajero en una sola oferta comercial. El resumen de esto fue la famosa profecía de Ian Carlzon, CEO de SAS que sostuvo que en el futuro sólo habría tres o cuatro grandes aerolíneas globales. En este rumbo, en 1987, quiso comprar parte de Aerolíneas Argentinas, pero no tuvo éxito.

La historia es conocida. Empresas que fueron archirrivales se asociaron para entrar en esta lógica, al tiempo que la ingeniería financiera les daba herramientas para poder hacerlo. Fue un proceso largo y difícil, pero lo cierto es que el vaticinio de Carlzon, aunque con más jugadores, se está cumpliendo.
La tendencia está clara: en los próximos años las asociaciones de aerolíneas dominarán el mercado, que será único y global. Todas, más rápido o más lentamente, convencidas o no, se están apurando por montarse en esta tendencia que ya es irreversible. La reciente compra de Air Europa por el grupo IAG es una muestra más, pero es una muestra que va a golpear, inevitablemente, el funcionamiento de los cielos argentinos.
Si miramos alrededor, nos encontramos que prácticamente todos los operadores de cierta envergadura que tienen presencia en el país hoy forman parte de algún grupo internacional, o están gestionando aceleradamente su inclusión. Aerolíneas/Austral no es el caso, y en esta soledad la acompañan Boliviana de Aviación y, quizás, Flybondi. El resto, de un modo u otro, tiene alguna posición internacional. Nosotros estamos solos.

Y con tendencia al achicamiento, porque la participación de la empresa estatal se está reduciendo en todos sus mercados y, además, no se han tomado medidas para enfrentar la inminente baja de los A-340. ¿Se suspenderán los vuelos a Roma, como se suspendieron los de Barcelona? Nadie lo sabe, pero seguramente se perderá presencia en esa ruta.
Hoy es imposible competir en soledad. Pertenecer a una alianza no alcanza, hay que tener asociaciones más estrechas, pero para tenerlas hay que estar en condiciones de ofrecer un mínimo de coherencia, algo que la empresa estatal argentina no tiene. Tres CEOs en cuatro años es un record difícil de igualar.
Mientras tanto, un mercado de 45.000.000 de habitantes, de razonable ingreso, distribuidos en una geografía que exige aviones para moverse, está disponible para la conquista de otras empresas, con otra filosofía, otros costos y otras ofertas, que incluyen en el mundo, no sólo el mundo físico, sino también el mundo de las ideas de este siglo.
Aerolíneas/Austral se muere. Tiene una de esas enfermedades mentales que le impiden alimentarse y evolucionar y se niega a aceptar el tratamiento. No tiene reservas, su interior es un conflicto permanente y muchos de los que tendrían que cuidarla (los contribuyentes) están muy cansados de ella.

Es difícil plantear que hay que venderla o cerrarla, pero habría que hacerlo antes de que sea demasiado tarde. Estas agonías son crueles y no sirven para nada. El ejemplo de Varig —que no es igual pero vale— es una referencia.