
En el imaginario de todos los pasajeros varones de la aviación siempre hay, o hubo, una historia con las azafatas de sus vuelos. También hay muchas historias que no son imaginarias y han dado lugar a entredichos diversos. En 1967 Trudy Baker y Rachel Jones, dos stewardess norteamericanas, escribieron un libro llamado Coffee, tea or me?, cuyo título define bastante bien la problemática. Tuvo varias ediciones y versiones posteriores.
Las azafatas no son lo que los pasajeros se imaginan. Es un trabajo infernal, como todos los trabajos de ninguna parte. Algo puede inferirse del personaje de Catherine Zeta Jones en la película de Spielberg La Terminal (The Terminal) de 2004 y, de otro modo, en la reciente serie Pan Am de 2011.
Pero el mito funciona, y Austral y ALA lo alimentaron varias veces.
Por diversas razones, algunas de ellas históricas y gremiales, las cabinas de los servicios de cabotaje de Aerolíneas Argentinas siempre tuvieron personal masculino y femenino. En Austral hubo exclusivamente mujeres. Por los mismos motivos, en la empresa estatal había gente de todas las edades, y las mujeres de Austral eran, en promedio, más jóvenes. No recuerdo haberme dirigido jamás a una azafata de Austral diciéndole “señora”, pero sí salía naturalmente decirlo con varias de Aerolíneas Argentinas.

Con estos antecedentes, en 1970, ALA y Austral decidieron impulsar el imaginario de los pasajeros —ratonearlo, se diría ahora— con una campaña que incluyó tres avisos en los que se trató de mostrar, muy suavemente, que sus “chicas” —se usó esa palabra— eran lindas y divertidas. En ese momento, gran parte, si no la mayoría, de los pasajeros de estas empresas eran hombres de negocios que, por ello, viajaban solos, sin censura a la vista.
La idea de la agencia Moreno Mac Donell tenía buenos fundamentos. Además era un momento para atacar fuerte, porque Aerolíneas Argentinas estaba poniendo en servicio el Boeing 737.
Hoy a ninguna empresa se le ocurriría hacer publicidad diciendo que rechazan postulantes por ser zurdas, por ser “antiguas”, o por no saber que el cha cha cha pasó de moda. Tampoco la sociedad vería con buenos ojos una campaña en la que se mostraran las piernas de las empleadas, destacando su belleza (usando la palabra “idóneas”), y de paso sus minifaldas.
Sencillamente porque se le vendrían encima las organizaciones de derechos humanos, las feministas y muchos otros sectores de opinión. Eventualmente, además, tendrían que enfrentar leyes contra la discriminación.
Esta campaña, que fue la última que el grupo hizo como dos empresas separadas antes de la fusión en Austral Líneas Aéreas, incluyó muchos temas. Otro ejemplo puede verse en ALA y Austral: El rey de la ruta.
