
Prólogo
Transcurrido un año de la operación NEO, nuestro redactor José Luis Lezg, ha tenido numerosas conversaciones con varios de los participantes en la Operación NEO. Esta operación que el pasado mes de agosto de 2021 realizó el Ejército del Aire español, consistió en la evacuación del infierno afgano de personal civil que había colaborado con nuestras Fuerzas Armadas durante los últimos veinte años.
De todas estas charlas y cafés ha construido un apasionante relato con el que nos adentra en lo que podía sentir la muchedumbre agolpada a las puertas del aeropuerto de Kabul, despegar con nuestro A400M en medio de una fuerte tensión por el alto nivel de riesgo, unido al escaso descanso que podían permitirse las tripulaciones. Todo ello para conseguir evacuar al mayor número de refugiados posible, con la esperanza de procurarles un futuro mejor.
Con este relato rendimos homenaje al personal del Ejército del Aire, que de forma sacrificada y callada cumplen día a día con su misión. En especial al personal del Ala 31 y del Escuadrón de Apoyo al Despliegue Aéreo que han participado en la Operación NEO, evacuando refugiados del infierno afgano. Supieron hacer llegar a los refugiados seguridad, sosiego y confianza, abriéndoles los brazos y transmitiéndoles que estaban allí para ayudarles y llevarles a una nueva vida.
Esos hombres buenos
Era en caluroso día de verano, me encontraba en la piscina con mis gemelos de cinco años, mi mujer embarazada de ocho meses nos esperaba en casa preocupada por lo que estaba ocurriendo en Afganistán.
Los acontecimientos de los últimos días me hicieron pensar que la operación se realizaría antes de lo previsto. Todo apuntaba a que seríamos nosotros, el Ala 31, los elegidos para esta evacuación. Toda la unidad se empleó a fondo para que la misión se desarrollara con la máxima seguridad posible, dentro de lo peligrosa y volátil que era la situación.
Tras el traspaso del control del país de los americanos al gobierno central afgano la situación se había ido deteriorando mucho antes de lo imaginable y los talibanes fueron tomando provincias con mucha rapidez. Empezaban a llegar noticias de gente que estaban degollando en Kandahar. En Herat estaban sacando a personas de sus casas e internándolas en improvisados mini campos de concentración y los talibanes se estaban acercando rápidamente a Kabul.
Era una triste situación, por unas u otras circunstancias muchos de los nuestros se habían dejado la vida en Afganistán y habíamos pasado allí meses y años de nuestras vidas. Ninguno nos arrepentimos de ello ya que hicimos nuestro trabajo, vivimos experiencias y sacamos valiosas lecciones.
La gente se empezaba a amontonar en las cercanías del aeropuerto de Kabul, los talibanes se estaban acercando al aeropuerto y las compañías aéreas civiles ya habían dejado de operar. Sabíamos que habría que sacar de Afganistán al cuerpo diplomático y al personal civil que durante estos veinte años había colaborado con nuestras fuerzas armadas.
Se fueron gestionando el mantenimiento de los aviones, los repuestos necesarios, los permisos, escalas y posibles alojamientos para el destacamento. En el Ala la actividad era frenética, se respiraba inquietud y todo eran preparativos.
Llevo quince años en el Ala 31 y mis botas tienen arena de Iraq, Afganistán y del Sahel. He volado mi querido Hércules y ahora en mi Unidad estamos inmersos en la asunción de nuevas capacidades con nuestro nuevo A400.
El riesgo de que al llegar encontrárarnos artillería, alguien con un manpad, un lanzagranadas o algo parecido nos atacara lo teníamos asumido, ya que lo afrontamos en muchas otras misiones cuando volamos a algún sitio complicado.
Mi esposa estaba muy nerviosa y mi madre, que apenas podía dormir, se escondía para dar rienda suelta a sus sollozos. Sabían que aquello se había convertido en un infierno, y a duras penas pude tranquilizarlas.
El lunes dieciséis de agosto pudimos ver en los informativos imágenes sobrecogedoras, en el aeropuerto de Kabul la gente desesperada ante el rápido avance talibán había invadido la pista. Se agolpaban con la esperanza de poder meterse en uno de los vuelos de evacuación que estaban saliendo. Había gente encaramada en un C17 de la USAF mientras rodaba por la pista para despegar, incluso pudimos ver por televisión cómo caían personas sobre la pista con el C17 ya en el aire.
Lo más intenso para mí, y estoy seguro que de forma análoga para el resto de tripulaciones y para el resto del destacamento, era imaginarnos a nosotros mismos en esa situación dentro de unos días. Entrando en un aeropuerto en el que no hubiese ningún tipo de control de masas, que se empezasen a meter en el avión y que pudiesen atacarnos. O que se creara una situación en la que el equipo del EADA que llevábamos a bordo hubiera tenido que abrir fuego y que se volviera insostenible, algo que no era tan descabellado que pudiera llegar a ocurrir. Esta situación nos mantenía con el corazón en un puño, sobre todo porque sabíamos que nuestras familias estaban al tanto de las noticias que daban los informativos.
Comienza la operación
Se había fijado el jueves diecinueve como inicio de la operación, pero los acontecimientos de los últimos días obligaron a adelantar la fecha al día dieciocho y formé parte de la primera tripulación. A mis treinta y ocho años supe que este era el momento de poner al servicio de España todo lo aprendido y todo lo entrenado día a día en mi Unidad.
Llegó el día y tuve sentimientos encontrados. Deseaba ir a esta misión porque era mi deber y me llena de orgullo desempeñarlo, pero dejaba a mi familia que tanto me necesitaba.
Despegábamos desde nuestra Base de Zaragoza cerca de la media noche rumbo a Kabul. Dentro del avión viajaban un equipo de operaciones especiales del Ejército de Tierra y nuestros compañeros del EADA (Escuadrón de Apoyo al Despliegue Aéreo), el Comandante Ureta y sus valientes. Además del equipo que iba a desplegarse en el aeropuerto tres componentes del EADA iban a ser la escolta de cada avión, formando parte de la tripulación.
No teníamos ninguna certeza de cómo íbamos a encontrar aquello, ni si en Afganistán había algún tipo de control aéreo, ni las condiciones de la pista ni tampoco el nivel de amenaza.
En el aeropuerto de Kabul llevaba el control aéreo una empresa civil multinacional pero tras ser atacada la torre de control por francotiradores dejaron de prestar este servicio. El equipo del EADA que podía habernos prestado apoyo de seguridad y como controladores aéreos de haber estado en tierra lo llevábamos en nuestro avión.
Estábamos preparados para tener que aterrizar sin ninguna ayuda, y llegado el caso íbamos a hacer una pasada a baja cota a modo de reconocimiento de la pista para seguidamente tomar tierra si veíamos todo en orden. Sabíamos que las fuerzas armadas de Estados Unidos habían estado llevando a muchas tropas para conseguir blindar el aeropuerto de Kabul.
Al llegar a Kabul pusimos la frecuencia del aeropuerto y tuvimos la suerte de que habían destacado a un Marine en una pequeña tienda de campaña y con una radio hacía las veces de CCT.
En los primeros vuelos pudimos comprobar que los americanos habían proporcionado seguridad a la pista de aterrizaje, y las puertas de acceso estaban vigiladas por multitud de blindados formando una muralla de vehículos puerta con puerta, a lo lejos podían verse algunos Humvee´s patrullando el perímetro.
Kabul
Los GEOS de la Policía Nacional estaban en Kabul desde el principio ya que eran los que daban seguridad a la embajada, con nosotros viajaron algunos más. Junto con nuestros compañeros del EADA y el equipo de operaciones especiales del Ejército de Tierra formaban parte de los filtros de seguridad para pasar a la gente al interior del aeropuerto. Lo primero que hicieron fue establecer un código de colores: aquellos que vieran una bandera de España o escuchasen la palabra “Spain” tenían que sacar un trapo amarillo o rojo, entonces al verlos se les metía para adentro. Esto solo fue así los primeros días ya que había gente que se había dado cuenta de esta forma de entrar.
Una vez dentro tras el primer cribado clasificarlos por medio de pulseras con un código de colores verdes, amarillas y rojas dependiendo el nivel de amenaza que podían suponer.
Se comprobaba en las listas que los refugiados estuvieran identificados; seguidamente pasaban otro filtro antes de entrar en el manifiesto de pasajeros y por último, antes de poner un pie en la rampa del avión, se volvían a verificar las identidades.
Nuestros compañeros del EADA se buscaron el alojamiento que buenamente pudieron y establecieron turnos para cubrir las puertas de entrada. Cuando llevaban dos días vieron que tenían opción de salir del aeropuerto e ir en busca de personal para evacuar.
Nos pidieron que les lleváramos vehículos para ellos mismos adentrarse en Kabul y conseguir traer al aeropuerto a gente que no había podido llegar por sus medios. A esta gente se le había dicho que permanecieran en sus casas a la espera de instrucciones, con la tensión que podía suponer el ver como se están desarrollando los acontecimientos y aguardar en casa escondidos.
A los cuatro días llevamos dos vehículos 4×4 y nuestros valientes, dejando a un lado el notable peligro que suponía dejar la relativa seguridad del aeropuerto, se internaban una y otra vez en Kabul para ir trayendo a gente salvándola de un futuro muy incierto.
Al aterrizar en Kabul aparcábamos el avión. Entonces iban preparando a la gente en una fila que llegaba hasta la rampa. El flujo de pasajeros estaba muy bien organizado a pesar del incesante movimiento de aviones C17 y A400. A los costados del avión se apostaban armados dos miembros del EADA para dar protección al avión y escoltando la cola de personas otros dos. Una vez dentro del avión otro componente del EADA estaba fijo al pie de las escaleras que suben a la cabina y permanecía allí durante todo el vuelo de traslado para dar seguridad a la tripulación y que pudiéramos centrarnos en nuestro trabajo.
Las ventanas de oportunidad para entrar en el aeropuerto fueron al principio de media hora y pronto ya nos asignaron una hora.
Cuando estábamos en Kabul dentro del avión teníamos previstas dos situaciones, invasión y ataque con cohetes. En caso de invasión de la plataforma lo previsto era intentar despegar a toda costa incluso por la calle de rodaje paralela a la pista.
Si sufriéramos un ataque con cohetes y estábamos con el avión vacio y parado lo mejor era irnos al bunker o zona controlada, ya que hubiera resultado imposible despegar en menos de media hora. En caso de que nos lanzaran cohetes teniendo el avión en marcha y con gente debíamos intentar despegar lo más rápido posible.
De los tres aviones uno estaba medicalizado por lo que pudiera suceder. Tuvimos que llevar a gente que llevaba muchos días por los alrededores del aeropuerto en penosas condiciones bajo un sol de justicia, sin comer y sin ningún tipo de atención médica. Bordeando el aeropuerto había una acequia con aguas fecales y había gente que llevaba muchas horas dentro del agua, para estar lo más cerca posible de las puertas.
El trato con los refugiados era limitado ya que no hablaban inglés, hablaban farsi y además el dialecto de su zona. En el aeropuerto había traductores que ya les habían informado de las condiciones y las normas para el vuelo. La verdad es que no teníamos mucho de lo que hablar con ellos, era gente que estaba en una situación tan deplorable que hacía difícil una sintonía. Intentábamos tener algún gesto con los niños y les sacamos alguna leve sonrisa con alguna chuche y alguna gracia y entonces la mamá o quien estuviera a su cargo sonreía un poco.
El día veintiséis de agosto se produjeron dos atentados en el aeropuerto con resultado de ciento ochenta y tres fallecidos, entre ellos trece soldados americanos y hubo más de ciento cincuenta heridos.
Nosotros hacíamos dos vuelos al día, despegábamos por la noche de Dubái y entrabamos en Kabul justo al amanecer. Al final de la operación también se hizo otro vuelo de día, se entraba en Kabul sobre las cuatro y media de la tarde, para despegar como una hora después.
Fue en este vuelo diurno, cuando estando con los motores en marcha, ya habíamos metido a la gente en el avión y se estaban cerrando las puertas para empezar a rodar. Entonces vimos el humo de la primera explosión en una de las puertas cuando ya estábamos prácticamente despegando. Y después, una vez en el aire, pudimos ver el humo de una segunda explosión en una zona cercana al aeropuerto donde solía juntarse gente del ámbito internacional.
Tuvimos unos días muy intensos con largas jornadas de trabajo de hasta quince horas. Nos reuníamos en el hotel en Dubái como tres o cuatro horas antes del despegue. El vuelo de Dubái a Kabul era de tres horas o tres horas quince en función del viento, una hora allí y otras tres horas de vuelta. Eso hacen once horas a las que había que sumar otras cuatro, con el post vuelo, dejar preparado el avión y volver al hotel.
En cada viaje con el A400 sacábamos unos ciento cincuenta refugiados por aparato porque el avión civil que los recogía en Dubái para llevarlos a Torrejón podía llevar sobre trescientos, y todos los refugiados debían pasar de un avión a otro. El factor limitante de la gente que podíamos sacar de Kabul no era la capacidad de nuestro avión, sino la del avión contratado para llevarse a la gente. Así fue que nuestros compañeros del EADA tenían preparada en plataforma para cada vuelo solo a la que podíamos evacuar.
Las autoridades de Emiratos nunca autorizaron a bajar a los afganos de los aviones para meterlos en una terminal hasta que llegase el avión civil que los iba a transportar a Torrejón. Las personas que habíamos evacuado se quedaban en nuestro avión hasta que eran embarcados en el otro, a efectos legales los afganos no pisaban territorio de Emiratos.
A nosotros esto nos simplificaba el trabajo pero nos añadía el problema de que podíamos aterrizar en Dubái con nuestro avión sin que el otro hubiera llegado. Entonces todos nos teníamos que quedar a la espera dentro del avión y en ocasiones hubo que estar esperando varias horas. Tener a ciento cincuenta afganos controlados dentro del avión era una situación ciertamente comprometida.
Días intensos
Intentábamos volar días alternos pero en muchas ocasiones había tripulaciones que tenían que volar dos días seguidos acabando muy cansados. Y ya en los últimos días, con la ilusión de poder sacar al mayor número de personas posible, algunos de nosotros tuvimos que volar tres noches seguidas. Al final ya nos habíamos acostumbrado un poco a la dinámica de volar de noche y a conseguir descansar en cada momento que nos era posible.
El avión a pesar de su juventud se ha portado de maravilla, los tres aviones han estado continuamente dando saltos de Dubái a Kabul. Todos hemos quedado gratamente sorprendidos por su comportamiento durante la operación y ha requerido un mantenimiento mínimo.
Los aviones es lo más vistoso y las tripulaciones hemos tenido nuestra parcela de riesgo e incertidumbre, pero se ha hablado muy poco del trabajo que hicieron nuestros compañeros del EADA y de lo que ellos sobre el terreno han puesto en esta misión.
En toda mi carrera nunca había vivido una experiencia similar. En los vuelos sobre Afganistán teníamos cierto nivel de riesgo pero de forma muy constante. En los vuelos en África sucedía lo mismo; la complejidad era que en vuelos dentro del teatro de operaciones de Malí había zonas con bastante amenaza en las que se habían producido ataques contra aviones en vuelo y también estando aparcados en bases del norte de Malí aparatos de otras nacionalidades habían sido atacados con cohetes.
Siempre habíamos ido a destacamentos que ya llevaban tiempo en funcionamiento con un cierto rodaje. Pero nunca habíamos afrontado una operación como esta tan a contrarreloj, organizada sobre la marcha, con tanta incertidumbre de no saber lo que está sucediendo a cada momento y sin saber realmente el nivel de amenaza a la que tendríamos que enfrentarnos. Esta misión ha sido la mayor operación de evacuación que ha realizado el Ejército del Aire.
Las tripulaciones asumimos nuestra parcela de riesgo, hemos respondido y hemos hecho un buen trabajo. Pero la gente que verdaderamente le ha echado coraje han sido los miembros del EADA, los metimos en el avión, los soltamos allí durante dos semanas para una misión muy exigente y arriesgada y cuando los recogimos pesaban prácticamente la mitad que cuando los habíamos dejado. Habían estado allí sin comer ni dormir adecuadamente y con un altísimo nivel de alerta.
Ha sido una operación a la que, al importante nivel de riesgo, hay que añadirle el factor humano. Para nada considero que seamos héroes, porque no lo somos.
Inevitablemente en lo más interno de nosotros mismos nos quedamos con la sensación de que podíamos haber evacuado a más gente, a pesar de que sacamos a más de dos mil personas. Ha sido una misión en la que hiciéramos lo que hiciéramos no iba a ser suficiente. En el vuelo de vuelta, a pesar de que hemos sacado a mucha gente del infierno afgano, tan solo tenía en mi mente imágenes de los hombres, mujeres y niños que allí dejamos.
Para mí los auténticos héroes son nuestros compañeros del EADA. Nosotros hicimos nuestro trabajo asumiendo riesgo y peligro, pero no comparable al que han vivido ellos. Tan solo hemos sido un puñado de hombres y mujeres honrados cumpliendo con nuestro deber al servicio de España.
Nota del autor:
En esta misión, realizada con tanta premura y escasa planificación, ha puesto de manifiesto la formidable preparación que reciben en sus unidades, tanto tripulaciones como mecánicos y personal de tierra .Todos juntos trabajando como uno solo han evitado un peor final de una misión de veinte años que ha conllevado muchos sacrificios, en la que han dejado parte de sus vidas. Y en la que muchos de los nuestros lamentablemente no han podido volver a casa.
Sin ninguna duda nuestros aviadores han vivido una experiencia que permanecerá para siempre en sus mentes.
Muchas gracias a todos ellos.