Braniff (II): Toda la política aerocomercial norteamericana en un diminuto pie de página

Magnificado para una mejor visualización en la web, el pie de página diminuto a una columna, que fue publicado en el diario Democracia (imagen: archivo Pablo Luciano Potenze).
Magnificado para una mejor visualización en la web, el pie de página diminuto a una columna, que fue publicado en el diario Democracia (imagen: archivo Pablo Luciano Potenze).

Las líneas aéreas norteamericanas que llegaron a la Argentina, a partir de 1929, fueron Pan American por el Atlántico y su subsidiaria Panagra por el Pacífico. Los Estados Unidos, por aquel entonces, daban contratos postales a una sola empresa por ruta, y los concursos los había ganado Pan American.

Eran buenos contratos para las empresas. Les aseguraban exclusividad y, originalmente, les asignaban un pago de dos dólares por milla volada, a cambio del transporte de correspondencia. Había que hacer grandes inversiones en infraestructura en tierras lejanas, pero el pago era bueno y, adicionalmente, les daba la posibilidad de tener otros ingresos con el transporte de pasajeros y carga.

A cambio de esto, las empresas que hacían servicios internacionales tenían prohibido hacer vuelos domésticos, y podían operar en muy pocos aeropuertos norteamericanos. Desde el punto de vista del correo, acostumbrado a los trasbordos desde un siglo atrás, esto no era un problema, pero para los pasajeros internacionales era una complicación. Esta imposición se mantuvo para Pan American hasta la desregulación de 1978, y fue uno de los problemas más graves que tuvo la empresa en toda su historia.

Pero los beneficios del monopolio del transporte aéreo internacional con bandera norteamericana eran grandes, y Pan American fue un imperio mundial.

Sin embargo, en todos los regímenes fuertes y estrictos hay filtraciones, y el sistema aeronáutico norteamericano también las tuvo. Estos casos suelen tener dos perfiles, el de los grandes que salen a pelear con todas las armas (para Pan American fueron TWA y American Overseas Airlines) y el de los chiquitos, que pasan desapercibidos hasta que uno descubre que ya están instalados. En este caso fueron Delta Airlines, que era una empresa de fumigación que empezó a hacer transporte en pequeña escala y Braniff, una empresa de transporte de pasajeros que se desarrolló sin interferir con las cuatro grandes (American, Eastern, Transcontinental & Western y United), y fue beneficiada por una decisión política de crearle alguna competencia a Pan American después del fin de la guerra. Así llegó hasta Buenos Aires, en 1950.

Pero la llegada de Braniff a la Argentina —en un momento en que era común la aparición de nuevos operadores— no fue igual a la de las demás, primero porque rompió con lo que para el imaginario local era un monopolio natural, y segundo, y quizás más importante porque, en una época en que no existían las computadoras y las comunicaciones eran primitivas, dio a los pasajeros la posibilidad de llegar a su destino final en Estados Unidos utilizando una única empresa que atendía los trasbordos como cosa propia y no dependía de convenios interlineales.

El posicionamiento de Braniff en la Argentina fue un esfuerzo publicitario importante, pero luego del impacto inicial se mantuvo con avisos medianos y pequeños, muchos muy parecidos al que mostramos hoy, un pie de página diminuto a una columna, que fue publicado en el diario Democracia el 9 de agosto de 1950. Dice lo que puede decir un aviso de una línea aérea, pero tiene una frase que ofrece algo especial: “única línea que opera hasta, hacia y dentro de los EE,UU.”. Pan American no podía ofrecer algo así, no porque no quisiera, sino porque la política aérea norteamericana se lo impedía.


 

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