
Los buques, durante siglos, fueron la solución posible para los problemas de transporte de largo radio. Conocieron muchas variantes, pero el modelo generalizado en el momento en que surgieron los aviones consistía en un vapor mixto para carga y pasajeros. La primera se transportaba a granel o en bultos independientes, porque no existían los contenedores ni nada por el estilo, y el pasaje estaba dividido en tres clases, la primera, que buscaba ser tan suntuosa como un hotel de lujo, la segunda, que no tenía mucho público o no existía, porque las clases medias no viajaban, y la tercera, para emigrantes, que ocupaban salas comunes para varones o mujeres, con muy pocas comodidades. La duración de los viajes se medía en semanas y, en consecuencia, el transportista alimentaba a los pasajeros durante la travesía y brindaba otros servicios según las clases, incluso el de policía.
A partir de los años treinta del siglo pasado los aviones se animaron a plantear itinerarios largos, para lo que debieron construirse máquinas más confortables y desarrollar una red de escalas que eran, salvando las distancias, algo parecido a las salas VIP actuales, porque brindaban a los pasajeros comodidades que no se podían dar a bordo. Los primeros pasajeros aéreos fueron unos pocos funcionarios y hombres de negocios, que priorizaban la velocidad sin medir precio ni confort. El gran volumen transportado, por muchos años, fue el correo. Los pasajes eran caros.
Las rutas aéreas estaban definidas por la geopolítica de las grandes potencias, y los que volaban eran siendo funcionarios y comerciantes. El turismo intercontinental por aire era mínimo.
Las cosas cambiaron con el fin de la Segunda Guerra Mundial, porque la oferta de pasajes aéreos se multiplicó de golpe y los vuelos, en aviones más rápidos, se hicieron más llevaderos. Lentamente fueron apareciendo nuevos grupos de pasajeros, siendo el más destacado el de los turistas acomodados. Los buques, entretanto, tuvieron un papel destacado en las infinitas migraciones de la postguerra.

A partir de entonces comenzó un vuelco, lento pero persistente, de pasajeros que se dejaron seducir por la velocidad de los viajes aéreos que permitían hacer un tour de semanas a destinos lejanos, incluyendo el tiempo de viaje, algo que en buque requería meses. El viaje marítimo se convirtió en una vacación dentro de la vacación, pero sólo al alcance de quienes tuvieran mucho tiempo libre para viajar, un grupo cada vez más reducido. En 1957 se estima que cruzaron el Atlántico Norte más personas en avión que en buque.

Los armadores lo entendieron, y los buques fueron adaptándose a ese público, al tiempo que perdían capacidad para el transporte popular. Las tres clases desaparecieron, y las naves se hicieron mixtas, con un reducido pasaje de primera y mucha carga.
Al tiempo que los aviones se hacían cada vez más rápidos, los viajes de superficie se convirtieron en una sucesión ininterrumpida de atracciones y festejos. Eran atractivos, pero había que tener tiempo libre para hacer estos viajes.

La última apuesta fue al precio. Los pasajes marítimos (por lo general subsidiados), trataron de ponerse a la altura de los aéreos, pero, aunque la propuesta era seductora, la batalla estaba perdida. La era de los grandes paquebotes había terminado y el avión monopolizó el mercado intercontinental.
Muchos años después los viajes marítimos renacieron, pero con una filosofía completamente distinta, a partir de la popularización de los cruceros, que navegan, pero normalmente no van a ninguna parte, porque centran su atractivo en el derroche de lujo y atracciones para sus pasajeros, importando poco el origen y el destino.