
A fines de los años ochenta, cuando la primera fiebre de las fusiones europeas frente a la desregulación estaba en su auge, Iberia, que había quedado afuera, diseñó un plan de expansión por fuera de la comunidad europea, mediante la participación o absorción de empresas americanas. Dentro de este plan, la operación más importante fue la Argentina, que implicó el control de Aerolíneas Argentinas y Austral.
El plan de Iberia en la Argentina partía de la base de invertir poco y nada (de hecho ni siquiera pagó la compra de las compañías al precio prometido en la licitación), y afianzarse en un mercado cautivo sin competir. Con la incorporación de Aerolíneas Argentinas y Austral la empresa estatal española se hizo del 95% de la oferta total de vuelos domésticos en el país, y de toda la oferta internacional de bandera, obteniendo una clara posición dominante en varios sectores internacionales, empezando, por supuesto, por los servicios entre Buenos Aires y España.
Ya en aquellos tiempos (1990) esto hubiera sido objetado en cualquier país con tribunales de competencia autónomos, pero no fue el caso. Los argentinos necesitaban mostrar la intención de reformar su estado elefantiásico, y los españoles debían evitar a toda costa la caída de Iberia, que estaba pasando por serios aprietos económicos. Era algo que iba contra la historia, pero parecía que se daban las condiciones para ir contra la historia en nombre del progreso. Curiosa situación.
Con un mercado cautivo no era necesario hacer inversiones de ninguna naturaleza, con lo que había alcanzaba, y que los pasajeros aguantaran porque no tenían alternativa. Lo concreto es que hubo una degradación progresiva de los servicios.
Al principio el gobierno argentino toleró todo, pero en algún momento, durante 1992, es posible que haya comenzado a asustarse con la baja calidad de los servicios de la empresa española en el país, y pensado que un poco de competencia no vendría mal; quizás fueron otros motivos, pero la realidad es que a fines de 1992 se tomó la decisión de permitir que LAPA, una empresa argentina de capitales argentinos, ingresara en el mercado doméstico.
Iberia trató por todos los medios de impedir la entrada de éste y otros competidores que vendrían pronto, pero no pudo detenerlos, y así fue que en el otoño de 1993 LAPA comenzó a volar en las rutas más concurridas del país con viejos Boeing 737/200 iguales a los de Aerolíneas Argentinas, pero con una tarifa alrededor de un 30/40% menor. El servicio de a bordo era mínimo, pero se servía una copa de champagne.

Los españoles no creyeron que LAPA tuviera éxito, se rieron de sus sistemas primitivos de reservas, y predijeron que cuando creciera un poco iba a necesitar una estructura que no tenía y en consecuencia iba a subir los precios. Por esto no hubo reacción en un primer momento, y LAPA empezó ganando rápido el 10% del mercado. Cuando Aerolíneas Argentinas vio esto respondió con algunas bandas negativas y planes especiales de descuentos, muchas veces limitados a los horarios en que volaba LAPA. A mediados de 1994 el pasajero argentino tenía opciones de tarifas domésticas como nunca en la historia. En un intento dramático por reposicionarse Aerolíneas Argentinas resucitó la frase “su compañía”, a la que LAPA contestó autobautizándose como “la línea aérea que hizo bajar los precios”.
Iberia no estaba dispuesta a competir, porque no sabía hacerlo, y por eso la concepción básica de su plan de negocios era el monopolio. La aparición de LAPA trastornaba un poco las cosas, pero no las ideas.
Por eso, ante la aparición de un competidor en su mercado (y el anuncio de otro, porque Dinar estaba pidiendo permisos), prefirió crear un nuevo mercado en el que estuviera sola antes que pelear el que ya tenía y estaba siendo penetrado. Así fue que a mediados de 1994, Aerolíneas Argentinas y Austral anunciaron el lanzamiento de la clase business en sus vuelos de cabotaje, con asientos más amplios, mejor catering y salas especiales de preembarque. Esto significó (¡por fin!) una inversión importante, porque hubo que modificar las aeronaves, hacer obras civiles en los aeropuertos y un esfuerzo publicitario considerable. La respuesta del público no fue entusiasta, y la nueva clase fue utilizada fundamentalmente por pasajeros extranjeros que continuaban en el país su vuelo internacional iniciado en business, y otros que aprovechaban los puntos de sus planes de millaje para cambiar de clase. Al mismo tiempo que ocurría esto, LAPA lanzaba su máxima promoción, pasajes a Córdoba por 49 pesos.
El aviso que mostramos aquí fue publicado insistentemente como pie de página en diarios y revistas durante 1996. Trataba de mostrar la diferencia entre las clases, y tenía dos variantes, Aerolíneas Argentinas y Austral, pero la agencia Cortina/Vergara no consideró necesario usar imágnes de distintos pasajeros en las dos versiones. El de Aerolíneas fue publicado en Alas de julio de 1996 y el de Austral en Dirigencia, de abril del mismo año.