La guerra ha terminado… Ahora vienen los cielos abiertos

En anuancion publicado en La Prensa en Agosto de 1945 (colección Pablo Luciano Potenze).

Alemania capituló el 8 de mayo de 1945. El 6 de agosto, los Estados Unidos lanzaron la primera bomba atómica usada en un conflicto bélico sobre la ciudad de Hiroshima. El 9 de agosto explotó la segunda, sobre Nagasaki, y el 14 el gobierno japonés tomó la decisión de rendirse, aunque, por diversos motivos, la rendición formal se postergó hasta el 2 de septiembre.

En ese contexto histórico, el domingo 12 de agosto de 1945, se publicó en La Prensa de Buenos Aires un aviso de una página completa de Panagra y Pan American, las líneas aéreas norteamericanas que volaban a la Argentina desde 1929 y no habían suspendido sus servicios durante la guerra. Allí se informaba sobre el esfuerzo realizado por la empresa para mantener e, incluso, aumentar sus servicios aerocomerciales, en un momento en el que habían desaparecido de nuestros cielos casi todas las líneas internacionales.

Pero lo que anunciaba ese aviso era otra cosa. Había llegado la hora de la verdad sobre un tema que se estaba discutiendo desde hacía años y que no había podido ser resuelto en la Conferencia de Chicago, un año atrás: ¿Quién sería el dueño de los cielos?

Los norteamericanos tenían casi todas las fichas (empresas, industria, personal y su condición de ganadores de la guerra), pero no habían podido imponerse diplomáticamente, y las libertades del aire definidas en Chicago no pasaban de ser una declaración de buenas intenciones. Había que convencer al mundo de que la solución era que todos los servicios aéreos los prestaran las empresas norteamericanas, que en ese momento eran las únicas que podían hacerlo.

Por eso aquí se anuncia la llegada del “feliz día en que, sin restricciones de ninguna especie, pueda ir ‘adonde quiera y como quiera’ en la suprema comodidad de nuestras veloces naves aéreas”. Es muy claro.

Lo que no estaba en los planes de Pan American era el peronismo. La Argentina decidió en ese momento ejercer su poder aéreo, y no sólo discutió con los norteamericanos el tema de los servicios internacionales, sino que directamente prohibió a Panagra continuar volando en sus servicios domésticos. Las negociaciones fueron muy duras, y las relaciones aeronáuticas entre ambos países, a partir de este entredicho, no fueron buenas durante décadas.


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