
Al principio, en los años treinta, las cosas eran claras. Las enfermeras que oficiaban de personal de cabina de los aviones estaban allí para atender eventuales emergencias médicas o psicológicas durante el vuelo. Era una nueva profesión aeronáutica que, como todas, evolucionó hasta que, en algún momento, se pensó que también tenían que ser atractivas, lo que dio lugar a una larga serie de historias picantes, imposibles de probar.
Después de la Segunda Guerra Mundial las tripulaciones de cabina se hicieron reglamentariamente obligatorias, y todas las empresas debieron atender este tema. El personal que ocupó estos cargos, por su contacto directo con los pasajeros durante los vuelos, se convirtió en una suerte de “cara de cada empresa” que, de un modo u otro, eligió la cara que quería tener. Muchos pensaron en las chicas sexys, jóvenes y solteras, otros prefirieron las tripulaciones mixtas, en las que hubo que definir si había alguna jerarquía emanada del sexo, como el caso de Aerolíneas Argentinas, donde la autoridad de la cabina, hasta bien entrados los años ochenta, estuvo en manos masculinas. Los hombres ingresaban como comisarios, y las mujeres como auxiliares, y ellas no podían aspirar al comisariato. En Austral, en cambio, todo el personal de cabina era femenino, y este criterio estuvo presente en muchas empresas privadas que vinieron después.
Pero Aerolíneas nunca mostró a sus tripulantes como chicas sexy, sus uniformes siempre fueron discretos, y sus actitudes (publicitarias) nuca pasaron de lindas sonrisas.

Austral jugó más con la sensualidad de sus tripulantes, lo que se notó, a partir de la llegada de los BAC, en 1967, en sus minifaldas, de las que todos los pasajeros hablaban.

En el resto del mundo se vivían escenarios similares. Pan American nunca tuvo uniformes provocativos, pero al mismo tiempo tenía exigencias físicas muy duras para sus azafatas.

La fantasía de las TCP con los pasajeros estaba siempre presente. Las empresas les exigían ser solteras y las elegían claramente por el físico (les pedían altura y peso determinados y diversas variantes de la expresión “buena presencia”. La venganza de las mujeres fue casarse y tener hijos, algo que las empresas no podían impedir aunque lo intentaron. Tampoco podían evitar que pasaran los años y, así, el modelo de chica sexy fue imposible de sostener en el tiempo.
Algunas empresas buscaron otros modos de seducir a los pasajeros. Cubana, promediando los años cincuenta, retiró las filas delanteras de algunos de sus aviones para lograr espacio para desarrollar lo que se llamó el Tropicana Express, un show de bailarinas cubanas organizado por el cabaret homónimo de La Habana.

Una empresa que se preocupó muchos por los uniformes fue Braniff, que cuando lanzó sus aviones pintados de “colores triunfales”, en 1965, contrató al famoso modisto Emilio Pucci para diseñar un vestuario que recibió el nombre de “Air Strip”, en el que las mujeres cambiaban varias veces de ropa durante el vuelo. Pero la idea fracasó, porque el plan era que subieran al avión con varios atuendos puestos, uno encima del otro, y fueran sacándose prendas durante el vuelo. Era insoportable para ellas, y finalmente fue abandonado.

Podríamos citar muchas otras aerolíneas que buscaron pone en primer plano la sensualidad de sus azafatas, y que así lograron, o no lograron, atraer pasajeros. Nuestra última mención es para una casa de comidas rápidas norteamericana, Hooters, fundada en 1983, que resultó exitosa a partir de sus camareras, vestidas con musculosas y hot pants. Tuvo expansión internacional, y llegó a tener una sucursal en el barrio porteño de la Recoleta.

La idea fue copiar la fórmula para los aviones, y así nació HootersAir, una aerolínea que empezó a volar en 2003 y operó en rutas de Estados Unidos y Bahamas. Su flota estuvo formada por Boeing 737/200 y 300 y un Boeing 757/200. En total tuvo siete aeronaves.

Sus vuelos estuvieron operados por Pace Airlines, y es evidente que los dueños de Hooters Air nunca supieron para qué querían la aerolínea, más allá de tener carteles voladores que promocionaran los restaurantes. La idea era que las chicas de Hooters atendieran a los pasajeros, pero la normativa exigía que las TCP estuvieran certificadas por la FAA, por lo que a la tripulación normal de los aviones se agregaron dos chicas con uniforme del restaurante que nadie supo bien qué hacían allí.
Como era de esperar, duró poco, porque dejó de operar en 2006.
Finalmente, hay un libro, supuestamente escrito por Trudy Baker y Rachel Jones, presumiblemente ex azafatas de Eastern, que se llama Coffee, Tea or Me?, publicado en 1967, en el que cuentan sus historias. Tuvo bastante éxito, llegó a las diez ediciones y hasta se hizo una película basada en el texto (ver video), pero la sorpresa la dio Donald Bain, un escritor que en sus memorias, publicadas en 2002, reveló que él había escrito el texto mientras trabajaba para American Airlines y había contratado a las azafatas para que lo firmaran.