
El 29 de noviembre de 1962, cuando ingleses y franceses firmaron el tratado que dio luz verde a la financiación del Concorde, Air France supo que en algún momento volaría con aviones supersónicos y que debería estar preparada para un lanzamiento sin precedentes en la historia de la aviación. Ese momento llegó catorce años después.
La empresa venía de haber puesto en servicio el Caravelle en 1959, un avión realmente novedoso, pero no se había esforzado mucho en su puesta en valor. El esquema fue, con pequeñas diferencias, el mismo de los Viscount y Constellation de hélices. Algo similar pasó con el Boeing 707 que llegó poco después.

Curiosamente, el elemento que más apareció en la publicidad del Caravelle fueron sus ventanillas, que tenían un diseño triangular que las convertía en un componente distintivo del avión.

Las cosas empezaron a cambiar en 1964, cuando la empresa empezó a utilizar otro tipo de imágenes, más difusas, para su publicidad, comenzando por la estilización de un avión realizada por Roger Excoffon que se utilizó para la tapa de los pasajes.

Pero cuando llegó el Jumbo a la flota de Air France, en 1970, se mantuvo el viejo esquema del tiempo de los pistoneros, con las mínimas adaptaciones inevitables por el tamaño del avión. Fue lo que hicieron la mayoría de los usuarios primigenios de la máquina, empezando por Pan American, y el resultado no fue bueno, porque fue intrascendente.

En pocas palabras, la empresa transcurrió los primeros años de la era del jet sin comprender que, en materia de presentación de sus aeronaves, estaba frente a algo distinto de lo que habían sido los aviones de hélice. Cuando se anunció el Concorde el criterio fue el mismo, porque los primeros aviones, a pesar de que no se parecían en nada a los Constellation, fueron pintados como si fueran Constellation, con una barra azul marcando la línea de las ventanillas y la misma figura en el empenaje.

Era un buen esquema, y prueba de ello era su duración y la realidad incontestable de que la mayoría de las aerolíneas del mundo, en ese momento, estaban usando cosas similares, pero era claramente antiguo y conservador, lo menos apropiado para presentar una revolución de la magnitud que proponía el Concorde.
Pero la empresa finalmente comprendió que un avión tan distinto y tan simbólico para Francia requería un diseño totalmente nuevo y lo logró, con un trabajo minimalista al extremo en el que todo el cuerpo del avión estuvo pintado de blanco brillante, que aseguraba un buen contraste para distinguir su revolucionaria forma en casi cualquier entorno, la bandera francesas (indispensable) estilizada en el empenaje y el nombre de la empresa. Nada más. La crevette se salvó, pero ocupó un espacio mínimo y también fue estilizada con los colores de Francia.

La presentación final de esta imagen fue el aviso que circuló por todo el mundo anunciando el inicio de los vuelos supersónicos, una pieza impecable, que valorizó la novedad del avión en toda su magnitud.

La campaña publicitaria del Concorde, a partir de su lanzamiento, siempre resaltó las formas revolucionarias del avión, y buscó ángulos extremos para visualizarlas.

En el tema que la publicidad no pudo destacar fue la comodidad interior del avión, porque el fuselaje del Concorde, para reducir todo lo posible la resistencia al avance, era muy estrecho (2,63 metros), lo que permitía colocar asientos similares a los de la clase económica de los aviones normales. Es cierto que el servicio era pródigo en exquisiteces regadas con champagne francés, pero los pasajeros viajaban apretados, los portaequipajes superiores no permitían colocar un carry on, las ventanillas eran diminutas (10 x 16 cm) y había que agacharse para entrar, porque la puerta principal medía 1,67 m de alto.

Pero más allá de esto, la imagen o el sentimiento del Concorde marcó el imaginario de Air France durante muchos años, aunque todos coincidieran en que volar ese avión no tenía sentido.

Un avión fuera de serie, tuve la suerte de verlo volar en Enero del 99 cuando llego a Usuahia