
El transporte aéreo no puede existir independientemente de la política.
Desapareció mucha gente en la Argentina durante los años setenta. Creo que todos lo sabíamos, porque era tema de conversación, en voz baja, en los lugares de trabajo, en las universidades y hasta en la calle, pero el gobierno siempre pretendió ocultarlo, y muchos prefirieron hacerse los desentendidos.
La presión de los familiares empezó tímida, pero con el tiempo se fue convirtiendo en un clamor que no se podía acallar, que logró interesar a diversos organismos internacionales. Así fue que, en septiembre de 1979, una misión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos visitó Buenos Aires y abrió sus puertas para que quienes tuvieran algo que denunciar lo hicieran. Hubo miles de denuncias.
Argentina fue campeón mundial de fútbol en 1978, algo que el gobierno de entonces trató de capitalizar porque era una de las pocas cosas que produjeron alegría a todos en aquellos años, y en 1979 la selección juvenil viajó a Tokio para disputar el torneo de esta categoría. En la final Argentina se consagró campeón, derrotando a la URSS por 3 a 1, y en este campeonato se consagró una nueva estrella del deporte, Diego Armando Maradona.
Las cosas para Austral Líneas Aéreas no fueron bien durante esos años. En 1977 hubo un accidente importante en Bariloche, y la política de Martínez de Hoz, cuyo dólar barato fomentaba el turismo internacional antes que el doméstico, achicaba su mercado en el país.
Más allá de lo que la empresa pudiera hacer, su futuro dependía de la política. Necesitaba tarifas retributivas, rutas internacionales y un horizonte financiero, pero la política aerocomercial en ese momento estaba diseñada para favorecer a Aerolíneas Argentinas, porque no se pagaban subsidios a la empresa privada, y la única ruta internacional que operaba en aquel tiempo, Montevideo, tenía la concesión vencida con fecha para el último vuelo: el 30 de septiembre de 1979. En este marco, Austral había ingresado en un proceso de endeudamiento del que nunca podría salir, que fue la antesala de su bancarrota.
El gobierno militar trató de minimizar el daño político que la presencia de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos produjo en el país. Lo hizo de un modo bastante pueril, orientado exclusivamente hacia la opinión pública interna. Se repartían adhesivos para pegar en los autos que decían “Los argentinos somos derechos y humanos”, se hizo una campaña en la prensa amiga (siempre hay prensa amiga de los gobiernos), y se incentivó a diversas empresas a publicar avisos y solicitadas defendiendo la posición oficial.
Dentro de esta campaña fue famosa la actitud de José María Muñoz, relator de Radio Rivadavia, que desde Tokio, después del triunfo final de Argentina (por la diferencia horaria ese partido terminó en las primeras horas de la mañana de Buenos Aires) incitó a la población a salir a la calle a mostrarles a los miembros de la Comisión que éste era un pueblo alegre, sin problemas, y que la gente que estaba haciendo cuadras de cola para pedir por sus seres queridos desaparecidos no eran más que agitadores. Así amanecimos en Buenos Aires el 7 de septiembre de 1979.
Austral llegó hasta las máximas instancias judiciales con su pedido para volar a Montevideo, pero fracasó. En realidad, necesitaba mucho más que una ruta, porque en el esquema político y económico del país la empresa era absolutamente inviable. Su futuro dependía de las decisiones del gobierno.
La Comisión Interamericana terminó oficialmente su labor el 20 de septiembre, reuniéndose con el presidente Videla. Ese día hubo más solicitadas en los diarios apoyando la política de derechos humanos del gobierno militar. Una de ellas fue la de Austral que reproducimos aquí.
En lo inmediato, no sirvió de nada, porque los servicios a Montevideo se suspendieron diez días después, pero cuando en 1980 Austral llegó a una situación de quiebra fue rescatada por el gobierno, que la nacionalizó aduciendo que debía mantener un servicio público, comprando las acciones a sus propietarios sin discutir prácticamente nada.