Aerolíneas espaciales

Viajar por el espacio es una ambición de la humanidad de todos los tiempos, como complemento o como paso superador de la ambición de volar por el aire. Muy pocos se preguntaron cómo podría funcionar comercialmente una empresa de este tipo, pero la industria del espectáculo, bien entrado el siglo XX, hizo algunas aproximaciones.

La primera función cinematográfica se realizó en Francia en 1895. La primera película de ambiente espacial fue El viaje a la luna, de Georges Meliès, basada en un libro de Julio Verne, que se estrenó en 1902.

La llegada del hombre a la luna según Georges Meliès.

Más cerca en el tiempo se hizo La mujer en la luna, de Fritz Lang, de 1928. La historia es un folletín de codicia, amor, celos, envidia y todas esas cosas, en un viaje a la luna que se hace para buscar oro, pero la realización es de un realismo impresionante, teniendo en cuenta los conocimientos de la época. El cohete tiene varias etapas, el lanzamiento se hace con una cuenta regresiva, se navega usando campos gravitacionales y muchos otros.

Publicidad de La mujer en la luna, donde se puede ver el cohete propuesto por la película para el viaje (imagen Wikipedia).

Muchas películas de ciencia ficción asociadas con la conquista del espacio vinieron después, buenas, malas y regulares. Hubo sagas como Flash Gordon y otras, en los que diversos supehéroes recorrían el espacio sin problemas, para que enfrentar a enemigos de otros planetas.

Las aerolíneas espaciales

En la novela de Julio Verne se analiza sin rodeos el tema económico de llegar a la luna, y la solución financiera de la cuestión surge de una suscripción pública mundial. La organización y la canalización del esfuerzo está en manos de un club de artilleros que propone una “superbala” para llegar al satélite. La película de Meliès, que probablemente haya sido la primera superproducción de la historia del cine, a pesar de ser muda y durar solamente catorce minutos no menciona el tema.

La mujer en la luna, que también tuvo un gran presupuesto, plantea la cuestión como el negocio de extraer oro en la luna, financiado por una organización que busca el rédito de la empresa, pero que nunca se presenta como un transportista espacial de tipo comercial.

Flash Gordon fue un free lancer, al igual que la mayoría de los superhéroes.

Walt Disney, uno de los mayores creadores de la industria del entretenimiento, inició su carrera en 1920 y en pocos años se convirtió en el líder indiscutido de la animación, con una cartera de personajes como Mickey y Donald, a los que sumó los primeros largometrajes animados que fueron Blancanieves, Dumbo, Fantasía y muchísimos más. En la década de 1950 expandió su negocio a lo que hoy llamamos parques temáticos y, en 1955 abrió Disneyland, en California, que incluía un sector denominado Tomorroland, en el cual se buscó tener una aproximación a un futuro que parecía posible en esa época.

Todavía no se había puesto en órbita el primer satélite artificial, pero los viajes espaciales y el viaje a la luna en particular parecían uno de los pasos que pronto daría la humanidad y esto se vio reflejado en el Moonliner, un show espacial que emulaba un viaje en una nave espacial que alcanzaba nuestro satélite natural, aunque no descendía en él.

El hito formal del show era una maqueta del supuesto cohete, que era bastante parecida a la ahusada bomba voladora alemana V2, con unas patas posteriores que ocupaban el espacio de las aletas del original. La novedad era que el ingenio estaba pintado con los colores de la línea aérea TWA, en ese momento comandada por Howard Hughes, otro gran productor cinematográfico que vio el impacto publicitario de presentar a su empresa como la primera que llegaría a la luna en un servicio comercial.

El Moonliner en Disneyland (imagen Charles R. Lympany).

Para el público la experiencia del viaje lunar tenía lugar en un edificio anexo, de arquitectura moderna y profusión de curvas que luego serían retomadas por TWA en su terminal del aeropuerto de Nueva York en 1962. El show en sí consistía en una sala cinematográfica acondicionada para que pareciera, dentro de lo posible, una astronave, en la que se realizaban proyecciones múltiples, una técnica avanzada para la época (la primera película en Cinerama de tres proyectores se estrenó en 1952). El viaje duraba diez minutos.

El Moonliner y el edificio donde realmente transcurría la experiencia lunar (imagen Disney).

Cuando Hughes dejó TWA, en 1960, el contrato con Disney no se renovó y el Moonliner perdió los colores de TWA un año después. En los años que siguieron llevó un esquema de Douglas Aircraft, que no era una línea aérea sino un fabricante de aeronaves, y así se mantuvo hasta 1967, cuando hubo una reforma total de Tomorrowland y el artefacto fue retirado y no se conservó, pero hubo por lo menos tres réplicas que tuvieron destinos comerciales y publicitarios diversos.

Antigua postal que con el Moonliner.

En una lista de aerolíneas haciendo vuelos extremos no podía faltar Pan American, que fue uno de los protagonistas de una de las películas de ciencia ficción más veneradas de la historia: 2001, odisea en el espacio, de Stanley Kubrick, otra superproducción, estrenada en 1966, cuando los vuelos espaciales ya eran algo normal y faltaban tres años para que el hombre llegara a la luna.

La historia ocurre en una estación orbital a la que se accede en un transbordador que está claramente identificado con los colores de Pan American, que en ese momento era claramente un gigante mundial.

El transbordador Orión III aproximándose a la estación espacial.

El vehículo, bautizado Clipper Orión III, es relativamente parecido a los taxis espaciales que empezaron a usarse en 1981 pero que estuvieron en los tableros de diseño muchos años antes. En la película se muestra el interior de una cabina de pilotaje similar a la de los aviones actuales y se puede seguir la ejecución de maniobras de vuelo desde ese punto de vista.

Maniobra de aproximación del transbordador a la estación. El cockpit tiene muchos puntos de contacto con los actuales Airbus.

El Clipper espacial, además, tenía una cabina de pasajeros, similar a la de los jets de la época, e incluso una TCP con un uniforme que recuerda detalles de los que diseñó Emilio Pucci en esos años para Braniff.

Cabina de pasajeros del Clipper Orión III, muy parecida a lo que ofrecían los aviones de la época. La estética, en general es la de los años sesenta y se pueden encontrar puntos de contacto con diversas realizaciones de líneas aéreas de la época.

Los viajes espaciales de verdad

Poco después de la invención del avión surgió el negocio de los vuelos de bautismo, a los que siguió la idea de los viajes comerciales por vía aérea, de la que participaron activamente los fabricantes de aeronaves, algo que al principio fue importante para el crecimiento de la idea, pero que en poco tiempo demostró que generaba más problemas que soluciones. En Estados Unidos, en 1934 ley Black-McKellar exigió a las aerolíneas que cortaran sus vínculos con los fabricantes de aviones y hubo iniciativas similares en el resto del mundo.

Con la astronáutica está pasando algo parecido, ya que los vuelos actuales se parecen bastante a vuelos de bautismo para tener una nueva experiencia, aunque hay matices.

Los primero vuelo espacial comercial indiscutido con un pasajero lo realizó la Corporación Espacial Estatal Roscosmos (RKA) en la nave rusa Soyuz TM-32 en 2001. El pasajero fue el magnate norteamericano Dennis Tito, que pagó veinte millones de dólares por viajar hasta la Estación Espacial Internacional, donde permaneció alrededor de una semana.

Lanzamiento de la Soyuz TM-32, constituida en el primer vehículo espacial que transportó un pasajero que pagó un pasaje, en 2001 (imagen russianspaceweb.com.

Entre  2002 y 2009 RKA transportó a siete personas de diversas nacionalidades que pagaron la misma tarifa que Tito por un viaje similar.

Con menos aspiraciones, en Estados Unidos se han formado tres sociedades con el objetivo de llevar viajeros al espacio. A diferencia de la experiencia rusa, proponen viajes suborbitales de algunos minutos y hay una fuerte discusión sobre a qué altura hay que llegar para que un vuelo sea considerado espacial, porque los norteamericanos consideran que el espacio comienza a los 90 kilómetros de altura, mientras que el resto del mundo habla de más de cien.

Blue Origin, una empresa de Jeff Bezos fundada en 2000, realizó su primer vuelo espacial con cuatro pasajeros en julio de 2021 utilizando el vehículo New Shepard 4, construido por la firma, que superó los cien kilómetros de altura. No hay información oficial, pero se estima que el costo del pasaje ronda los 450.000 dólares.

Lanzamiento de un cohete New Sheppard de Blue Origin (imagen Blue Origin).

Scaled Composites —la icónica empresa fundada por Burt Rutan en 1982, hoy propiedad de Northrop Grumman— también desarrolló vehículos espaciales, pero de despegue horizontal. El caso es distinto, porque tiene una sociedad con el grupo Virgin, de Richard Branson para la operación de sus vuelos. El entramado empresario es complicadísimo, pero claramente puede hablarse de un fabricante y un operador que son independientes, aunque ambos han incursionado en el otro campo.

El primer vuelo tripulado de Virgin Galactic, fue en diciembre de 2018 y, en junio de 2023, hizo su primer vuelo comercial espacial, que consistió en un viaje suborbital de aproximadamente seis minutos, que alcanzó una altura de 85 kilómetros con tres pasajeros, uno de los cuales fue Branson.

El Virgin Galactic Unity 22 (fuselaje central) posicionado en su avión madre White Knight (imagen Virgin Galactic).

SpaceX, de Elon Musk nació en 2002 para desarrollar ingenios espaciales recuperables y se convirtió en un contratista importanate del gobierno norteamericano, y de otros países, al tiempo que impulsó negocios propios como Satlink. Ha desarrollado la cápsula Crew Dragon, capaz de transportar pasajeros, que se ha utilizado en vuelos espaciales de la NASA. Está en condiciones de hacer viajes turísticos, pero la empresa no es muy clara al respecto.


 

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