El juego del viajero

Viajar, desde el fondo de los tiempos, tiene algo de aventura, algo de improviso y de misterio. La literatura lo supo desde el primer momento, y existe un inmenso género de relatos de viajes que comenzó con Homero y La Odisea y desde entonces no paró de enriquecerse, con relatos realistas y fantásticos.

También hay juegos de viajes, de los que quizás el más famoso sea el “juego de la oca”, en el que los participantes hacen un viaje imaginario avanzando de acuerdo con el número que hayan logrado con el dado, y enfrentan casillas de premio y de castigo. El primero que llega a la casilla 63, que es el final, gana.

El juego de la oca.

Hubo muchos juegos de mesa inspirados en este modelo, por lo general más complejos, entre nosotros, recuerdo “Rutas Nacionales” cuyo  tablero era un mapa de la Argentina con las rutas más transitadas del momento y los jugadores tenían la posibilidad de organizar su viaje, conociendo la geografía del país y “De Puerto en Puerto”, cuyo tablero era un mapa del mundo por el que los jugadores navegaban en buques mercantes realizando transacciones en los puertos según las posibilidades de las economías locales. En alguna medida, tenía una trama similar al famoso “Monopoly”, que aquí se llamó “El Estanciero”, pero más orientado al comercio que a la renta inmobiliaria.

Rutas Nacionales y De Puerto en Puerto fueron juegos de viajes tradicionales de la Argentina de los años cincuenta.

El juego que presentamos aquí es una adaptación de la oca, realizado por Landrú en 1993.

Más allá del juego en sí, es notable ver cómo han cambiado las costumbres, porque los comentarios que hay sobre el físico de las azafatas y las pasajeras hoy no son tolerables por la sociedad.

El Juego del Viajero (imagen Clarín, 4 de julio de 1993).

Pero al mismo tiempo están los accidentes que siguen siendo habituales y que penalizan todos los viajes: huelgas, turbulencias, limitaciones de los sistemas de entretenimiento, hurtos y equipajes perdidos.


 

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